La ciudad de Fourier

Néstor Rivero

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Néstor Rivero

En el marco de una reforma de la sociedad que erradicaría las causas profundas de la desigualdad y la desdicha surgidas de la civilización del capital, Charles Fourier formula una visión de ciudad a partir de construcciones a las que denominó “Palacios de la Armonía, edificios de grande galerías, alas o falanges”.

Esta ciudad de “falansterios” se dividía en tres cinturones: el primero formado por barrios y grandes fábricas; otro en el centro de la ciudad, administrativo, y el tercero, las avenidas y barrios suburbanos. El corazón de su ciudad, y en el que refluía el nudo de su proyecto utopista, era el Palacio de la Armonía. Ricos y pobres, con sus niños, compartirían la colectiva existencia en suntuosos edificios que de nada carecerían. Hasta el centro de trabajo productivo se ubicaba en una de las alas. En otra, a nivel del entresuelo, los espacios para que se reuniesen, estudiasen, jugasen y crecieran los niños, separados de “los adolescentes y las edades donde se practica el amor”. La minuciosidad de su proyecto, rasgo de un genuino socialista utópico, resaltaba hasta el detalle la comodidad del porche para proteger del clima a los habitantes de su ciudad. Recordaba Fourier que al momento que llueve hasta el rey de Francia se moja, si desea subir o descender de su coche, y no obstante que cuenta con un séquito “de lacayos y cortesanos para sostener el paraguas del príncipe”. En adelante, dice, toda entrada de edificio contará con su porche y techo para resguardar de lluvias a los usuarios.

Y en una verdadera reforma urbana establece la ordenanza según la cual cada inmueble contará con jardines y patios de un tamaño al menos similar al espacio edificado. Y junto a una visión audaz y radical, respecto a la liberalización de sentimientos y la líbido, Fourier suprime de su ciudad el damero hipodámico que definió la ciudad occidental desde los días de Pericles. “Se desterrará el monótono reticulado”, dice, favoreciendo vías en ronda y serpenteadas.


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