La crónica y el ensayo: asociaciones y bifurcaciones mestizas

" El temor del ensayista respecto a una reflexión sobre su oficio fundido con la crónica"

[Intervención del escritor en el marco del 12° Encuentro de la literatura y el
audiovisual para niños y jóvenes, La Letra Voladora, en Valencia, el 26 de enero
de 2018]

El encargo, medie mi despropósito o no, que me hace comparecer ante este gentil auditorio,
está referido a las semejanzas y las diferencias entre los géneros de la crónica y el ensayo. Como no nos parece que ambas especies literarias sean el agua y el aceite, preferimos dialogar sobre simbiosis y bifurcaciones mestizas posibles. El tema es, si se quiere, comprometedor:

El temor del ensayista respecto a una reflexión sobre su oficio fundido con la crónica, se nos presenta susceptible de escaramuzas en una calle ciega.

Dejemos para la Academia una aproximación científica, formal y rigurosa a este tópico. Me resta, por supuesto, hablar del asunto desde el afortunado y juguetón territorio de unas cuantas lecturas
recientes y antiguas que se han sumado -y aún enriquecen- a mi experiencia creativa en este
ramo híbrido por demás placentero.

En el texto inicial del libro Al diablo con Picasso, esto es «El arte de escribir columnas», Paul Johnson enumera y argumenta cinco requisitos para ser un columnista -o cronista- de raza: el conocimiento conducente a una ciudadanía universal; la biblioteca mental y la lectura personal como apoyatura para parir las ideas; el instinto para tratar las noticias; la variedad temática en sintonía afectiva con la cotidianidad y no ser condescendiente ni populista con el lector -esto es ser
movido por la personalidad propia-. Tal perfil tiene como antecedentes o padres tutelares a los ensayistas Michel de Montaigne y Francis Bacon -«Y me gusta pensar que Montaigne y Bacon miran por encima de mi hombro (…) mientras redacto mi columna»-, además de continuadores notables como Ralph Waldo Emerson, G. K. Chesterton, Cyril Connoly, Raymond Aron, Albert Camus y Jean Paul Sartre. El simpático conservador que es Johnson aduce que crónica y ensayo están vinculados por la subjetividad, la brevedad, la pluralidad temática y el cariz reflexivo muy personal.

La buena vecindad de ambos géneros no sólo es histórica sino también discursiva.

En Boceto, primer eslabón de Juanita Poulin y otras crónicas de Rosa Elena Pérez Mendoza, se nos encima una vaguada muy emotiva que configura una poética de la crónica anclada en la fragilidad
maravillosa de la memoria: «Qué intento hacer con estos escritos, con estas cronologías historiadas, entonces, ¿revivir el pasado?, ¿reconstruir el ayer? Si todo texto está cifrado en la clave de la interpretación, y la interpretación es lo único que nos queda a nosotros, seres mortales, ¿será acaso la memoria el embrión de la realidad?». Suponemos, pues, la apropiación de una conciencia histórica como solución de continuidad a nuestra crisis de pueblo tratada más de medio
siglo atrás por Mario Briceño Iragorry.

El tratamiento de la anécdota y la crítica de costumbres que entraña toda crónica, no puede obviar la asimilación de la Historia y la conformación espiritual del colectivo -una preocupación del ensayo venezolano-, so pena de la banalización de los discursos tan enquistada en el cuerpo social venezolano de hoy. La mixtura y la afinidad manifiesta -poco apreciada y catada por el común y la éliteque involucra a ambos géneros literarios por igual, se vale de muchos instrumentos en apariencia disímiles como la sorna, la denuncia profética o una paisajística distópica envuelta en la ternura.

Si revisamos otro de los álbumes de crónicas de nuestra amiga y autora, Caracas, desvíos y extravíos (2010), lo podemos comprobar, disfrutar y contristar desde la empatía con la muchacha desgarbada y rebelde que es nuestra ciudad capital; solidarizándonos de verdad con nuestras mujeres de aquí y allá, el prójimo épico y cotidiano tan cercanos pero acorralados por la ruindad de los poderes fácticos; hasta el desmontaje discursivo de la bestia mediática que aún nos distrae, desparrama y envilece para evitar congregarnos en una comunidad mucho más combativa, sabia y constructiva. Oigamos a esta encantadora cronista con amorosa complicidad: «Caracas posee la insolencia del que porta una profunda herida perdida en los recónditos orígenes de su vapuleada historia personal». El paisaje urbano aterrado y esquizoide cede luego a un substrato esperanzador de la voz: «Esa fuente de amor condicional y reconocimiento del otro, esa conmiseración, esa blandura ante la indiferencia que tantas veces nos aqueja, es la que nos da
fuerza para trascender el caos».

Si revisamos El nuevo periodismo de Tom Wolfe, el ajiaco o cruzado emparenta la crónica periodística -o el gran reportaje- con la novela, esto es que los nuevos cronistas gringos de los años 60 y 70 provenían de una colmena frustrada de grandilocuencia novelística -[según este mismo
escritor y dandy de punta en blanco, tenemos que «No había sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel de aspirante-a-escritor o de simple cortesano de los grandes »-.

¿Herederos o sátiros de la novela de no ficción autoatribuida por Truman Capote en A sangre fría? Curiosamente, Wolfe desarrolla un ágil, esclarecedor y malhablado ensayo -cual si fuera una crónica- para presentar una antología de neo-periodistas o cronistas desfachatados como Norman Mailer, Terry Southern, Rex Reed, Barbara Goldsmith y el mismísimo compilador, entre otros. Los trabajos periodísticos de José Pulido en el diario El Nacional (incluyendo entrevistas como la que le concedió Julio Cortázar), fueron masticados, digeridos, escritos y publicados en una clave narrativa que brinca de la crónica a la ficción.

En Valencia, sin el tenor periodístico antes referido, tenemos dos estupendas muestras: Máquinas que cantan (el perro y la rana, 2005) de Slavko Zupcic -en el que la crónica se confunde con la cuentística, al extremo de parecernos Vicente Gerbasi y Luis Augusto Núñez de a ficción mentirijillas- y Fichas y remates (Predios, 1998) de Pedro Téllez -objeto literario fetichizado en el cual se funden la anécdota autobiográfica y el ensayismo de lo más cínico-. Resulta para los ensayistas una paradoja de lo más suculenta, constatar que las tipologías narrativas de ficción -novela y cuento- y de no-ficción -crónica y reportaje- entrañan una visión de mundo macro o micro que las atan al género ensayístico.

Si, según Téllez, la novela es una perra sentimental y el ensayo un camaleón, ¿la crónica sería entonces una lombriz de tierra o un gusano de seda? ¿El Perseguidor de Julio Cortázar es un cuento largo sobre Charly Parker o un reportaje en tiempo real sobre Johnny Carter?

Recientemente, bajo la curaduría del fabuloso ensayista Alejandro Bruzual -y de ñapa, uno de sus mejores amigos hoy-, nuestro Enrique Bernardo Núñez nos obsequió su maravillosa compilación de crónicas Viaje por el país de las máquinas (1954) Este título no es menor en la bibliografía directa del autor, sino que complementa y enriquece su portentosa empresa poligráfica presidida por las novelas Cubagua y La galera de Tiberio. Este libro de viajes se emparenta con los de Miranda y, por ejemplo, con Alegría y llanto de Europa (1947) de su coetáneo Neptalí Noguera Mora, en tanto muestras excepcionales del género.

La vinculación de la crónica periodística y el ensayo, tomando como pretexto dos incursiones o periplos a los Estados Unidos (1937-1938 y 1941-1942), le permitió a Núñez especular ensayística
e históricamente sobre Venezuela (la periferia] desde el Centro o Nuevo Imperio consolidado. Como se sabe, el polígrafo carabobeño -sin ser marxista- fue un crítico demoledor del neo-colonialismo y la subsecuente conformación de nuestra República Petrolera harto viciada bajo su
influjo pernicioso [para beneplácito y lucro transnacional).

La tipología del businessman comulga entre el azote político, la crítica sociológica a la alienación y el terrorismo estético:

«Los renegados hacen lo posible para asemejarse a sus patrones, para ser el tipo del businessman, a quien adoran y reverencian». El elogio auténtico y demócrata a Lincoln no desentona con El coordinador, la crónica sarcástica y rabiosa de su entrevista con Mr. Rockefeller: «Pero no obstante ese deseo de sinceridad nada o muy poco quiere oír de la riqueza petrolera en relación con el atraso del país, ni de las grandes ganancias de las compañías -transnacionales, agregado nuestro- (…), en contraste con nuestra precaria economía». No sólo apela al diálogo confrontado, paisajístico y político-social, sino en especial el atinente a lo cultural.

Por ejemplo, visitar en Baltimore la tumba de Edgar Allan Poe no sólo implicó ensayar sobre su obra a través del poema «El cuervo», sino también remitir a los lectores venezolanos una atenta reconsideración de la obra literaria de uno de sus más brillantes traductores, Juan Antonio Pérez
Bonalde: «Poe es para los venezolanos Pérez Bonalde (…) En un principio la poesía de Pérez Bonalde llega a causar casi disgusto.

Después se creería encontrar en ella algo así como un eco de nosotros mismos. Sin embargo, es necesario transformar el negro avechucho en pájaro luminoso ».

Recomendamos una extraordinaria crónica de Chicago que se cuela por vía de la reseña literaria al libro City of the big shoulders, del poeta Carl Sandburg: «De este modo Sandburg al describir a Chicago, describe también todas esas aglomeraciones humanas que llaman ciudades, las
más grandes y más pequeñas».

El poeta Luis Alberto Angulo, unos cuantos años después, nos la describe a su manera: «a mi izquierda está Chicago / extendiéndose como otro lago / sobre la planicie de Illinois». ¿Acaso esta ciudad de los vientos nos retrotrae a Valencia con su lago degradado y su
desolación por superar?

Cuando se bifurcan la crónica y el ensayo por razones de Estado inconfesables, cada género no sólo pierde sus encantos sino, peor aún, legitima su extravío ético al servicio de las más mortíferas causas. Por ejemplo, Los protocolos de los sabios de Sión, de Serguei Nilus es una referencia bibliográfica impía fundamentada en la falsificación y plagio del ensayo Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu en el Infierno, de Maurice Joly, para justificar lo injustificable: el genocidio del pueblo judío en la Segunda Guerra Mundial.

Por supuesto, hoy día la prensa y las redes sociales venezolanas abundan en artículos de opinión, chorizos literarios y crónicas de lamentable factura: meras cajas ruidosas que aterrorizan, distraen y banalizan los discursos políticos, literarios y académicos.

Paradójicamente, hemos presenciado la desaparición de muchos espacios de discusión mediática en estos tiempos revueltos. Por lo que nos roen las entrañas y los sesos por vía del empobrecimiento discursivo y la invisibilización de la crítica profética y auténtica.

Entonces qué puede importar, por lo pronto, diferenciar un texto de otro, si se nos pretende acorralar en una calle ciega. Paladearlos en el sancocho cruzao del lenguaje, juntos y no revueltos, nos parece muchísimo mejor.

JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

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