La crónica periodística como género literario

Laura Antillano Un ensayo breve de Elías Canetti nos pone en consideración con relación al tema de la tarea del escritor. Escribe Canetti:...

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Laura Antillano

Un ensayo breve de Elías Canetti nos pone en consideración con relación al tema de la tarea del escritor. Escribe Canetti:

Un escritor sería, pues (….) alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos, aunque depositando más confianza a las palabras; que destrona éstas de sus sitiales para entronizarlas luego con mayor aplomo; que las palpa e interroga, que las acaricia, lija, pule y pinta, y que después de todas estas libertades íntimas es incluso capaz de ocultarse por respeto a ellas. Y si bien a veces puede parecer un malhechor para con las palabras, lo cierto es que comete sus fechorías por amor.

Traemos a colación este concepto del  escritor al pensar en la obra de Alfredo Armas Alfonzo, y nos referimos a su vinculación con el periodismo, porque definitivamente en este escritor las fronteras entre los géneros no existían.

La escritura de Armas Alfonzo es como un vasto río que integra cuentos, crónicas, entrevistas, evocaciones, reseñas, cartas, todos los modos de la prosa en una misma circunstancia de búsqueda y realización. Buscador de artistas y artesanos, curioso incansable, constantemente encontraba en el habla con el habitante, transeúnte inmediato, la materia prima de su trabajo, vertido por una cotidianidad elaborada a fuerza de viajar y sostener memorias, de asumir la lengua sencilla de un colectivo al que diacrónica y sincrónicamente se sentía no sólo parte sino voz.

Su relación con el periodismo como oficio se le convierte en la fuente de una concepción de la escritura absolutamente evidente en la felicidad del espacio compartido con sus colegas y en el proceso incansable de sus viajes de investigación, siempre acompañado de fotógrafos de gran talento como el chileno Mariano Díaz, el español Sebastián Garrido, y sus propios hijos, Ricardo y Carlo.

Tal y como escribía Jean Daniel de Albert Camus, en esta misma relación de literatura y periodismo,  pensamos que para Armas Alfonzo, el periodismo no era el exilio sino el reino, puesto que encontraba en éste su propio caldo de cultivo.

Por una parte alimentaba una profunda necesidad de «curiosear», cuanto asunto se aproximara a su vivencia  diaria, desde el paisaje a las contingencias de lo humano; por otra, tenía la certeza de que las palabras tienen la tarea de preservación de la memoria. La de todos, la humanidad y su entorno.

Volviendo a Canetti, su insistencia en la tarea del escritor tendría que ver en nuestro caso específico con el afán nacido de una necesidad muy arraigada de cercanía con los otros, o de un voltear a mirar al otro:

Los escritores deberían de mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres. Deberían poder metamorfosearse en cualquier ser, incluso el más ínfimo, el más ingenuo e impotente. Su deseo de vivir experiencias ajenas desde dentro no debería ser  determinado nunca por los objetivos que integran nuestra  vida normal u oficial.

El periodismo aproxima a esa posibilidad del acercarse a los otros, con frecuencia seres cuyas vidas están absolutamente  distantes en tiempo y espacio de nuestro entorno  inmediato, hay un «apropiarse» del otro desde la perspectiva misma de quien hace crónica del suceso.

Cuando Armas Alfonzo se retira del diario El Nacional, Mara Comerlatti le hace una entrevista en la cual el escritor declara: «ese hecho cálido, vivo, lleno de sorpresas, del periodismo de todos los días, fue una experiencia alucinante por el conocimiento de hechos, situaciones y gente dentro de su propio país».

En la misma entrevista manifiesta su renuncia al medio impreso e insiste en la necesidad de escribir, es decir, de abrir un espacio de libertad en el tiempo para la literaria. Sin embargo, su concepción  misma de la literatura tiene que ver íntimamente con su ejercicio periodismo.

Las motivaciones que genera su escritura están originadas en una necesidad de fundamentar las bases de una memoria  colectiva. La crónica es probablemente el género que más practicaría.

Es este un modo de discurso que ha levantado tantas polémicas como el ensayo, gozando ambos de una libertad en la percepción y estilo personal de quien los escoja como modo de decir o escribir.

La crónica permite a quien la escriba hacer una semblanza de su motivo y colocar en ella las huellas emocionales que prediquen sus pasiones, por tanto, se le ve con recelo dentro de los considerados géneros periodísticos.

La especificidad de la crónica como género híbrido plantea problemas tan desafiantes incluso para la teoría literaria, como la autonomía del arte o la especificidad de lo literario. Las crónicas pueden ser estudiadas como prácticas discursivas, como textos en tensión problematizando con su época, como puntos de articulación entre la escritura literaria y la periodística.  Descartar a las crónicas del campo literario por su condición de hibridez, de impureza genérica, equivale a seguir aplicando criterios finiseculares. (Rotker)

La consistencia de la crónica en la obra de Armas Alfonzo, utiliza el acontecimiento, lo reseñado, para establecer un vínculo con el pasado, insistiendo de este modo en el encadenamiento de las acciones y circunstancias con una génesis reiterativa. Este afán, que también se dimensiona del mismo modo en su cuentística, es una prueba constante de la preocupación del escritor por definir una memoria colectiva del venezolano.

Si nos remitimos para dar un ejemplo, a algunas de sus crónicas publicadas por el diario, semana a semana, encontraremos una cierta estructura que predica esa relación entre pasado y presente.

En una crónica titulada «Carmelitas vía autopista» el escritor se dedica a comentar las miserias de un medio de transporte nacido de la escasez y la necesidad, siempre con un tono de ironía en la cual la remitencia a la historia cumple su papel:

La crónica de la existencia del autobusete o autobuseta en los nuevos tiempos de la ciudad del lujo arquitectónico y el prodigio urbanístico, no ha de omitir detalles, como son los de la utilización para transporte colectivo, de máquinas destinadas originalmente a carga y cuyo espacio anterior ha sido readaptado siniestramente para albergar el tonelaje correspondiente a dieciocho o veinte pasajeros, impelidos unos a otros, sin posibilidad de movimiento ni ración de aire pulmonar como corresponde a la del circo romano; esto es que los ocupantes viajan todo el recorrido uno frente a otro, sin saber qué hacer con las manos ni dónde poner los ojos. Las ventanillas generalmente apenas si dejan un resquicio para el ingreso de alguna brisa aliviadora, cosa negada de antemano, porque calle y ciudad son ya ambientes tomados por el monóxido de carbono, la descomposición de la basura o esa volcánica erupción letal que desde el antaño monte oscuro de Mariches, territorio de indómitas tribus heroicas, envuelve a la fabulosa metrópoli en invernal nocturnidad. (Armas Alfonso)

Las referencias tanto al circo romano como a las indómitas tribus heroicas tienen el sentido de su significación a partir de la comparación contextual histórica.

En crónica publicada el 7 de octubre del 78, Armas Alfonzo hace una bella semblanza de Enrique Bernardo Núñez. Recuerda al escritor catorce años después de su muerte, so pretexto para hablarnos críticamente de Caracas:

A los catorce años de la muerte de Enrique Bernardo Núñez se tiene la sensación de que en la misma perspectiva en que se aleja su recuerdo y nos vamos olvidando hasta de cómo era, se acaban la Venezuela  y la Caracas que él hizo de su razón y razón de su amor.

Podríamos hablar de un pasado lejano y uno  cercano, el segundo sirve para evocar al primero, en todas sus crónicas. En esta se nos recuerda al escritor Enrique Bernardo Núñez cuando era cronista de Caracas, viviendo en los Chorros, pero ello remite al escritor inmediatamente a evocar la fundación de los pueblos, y con ello a José Rafael Pocaterra en 1899 en Valencia, a Francisco Fajardo, conquistador, y «La oración por todos» de Andrés Bello. Esta crónica insiste en la  violencia y el abandono de la ciudad (la que el autor presenciaba en 1978) y el recuerdo suave de la mirada de  E.B.N, quien «se ponía a mirar como la neblina de esa orografía opuesta entre el mar de los indios y el valle de los catuches descendía como lentos rebaños de ovejas hasta casi el alcance de su mano, junto a la rosa y el jazmín que él le entregó a ese suelo».

El contraste de ambos pasados es el elemento en juego para señalar los elementos de su crítica, y el contraste se mantiene como paralelo a lo largo de todo el texto desde distintas perspectivas, aún al cerrar evocando al escritor fallecido como alguien que se «pone a pensar que la bayoneta es instrumento de labranza y de la paz civil y en toda civilización verdadera».

En una crónica en la cual critica la burocracia de las oficinas públicas y a la cual titula: «Corazón abnegado», Armas Alfonzo recurre igualmente a las  comparaciones en contraste siempre a partir de una  referencia histórica literaria:

Y bueno, la necesidad tiene  cara de hereje. Para obtener aquella información indispensable necesitaba acudir a la oficina pública, la que según el membrete del oficio debía conocer el asunto. El ascensor bajaba y subía sin espacio para uno más y costaba Dios y su ayuda (…). Optamos por la escalera. Dante no vivió la experiencia de esta oscura galería maloliente a riesgo de dramatizar aún más, aquella su descripción del infierno.

Sus crónicas mantienen  la tensión y el tono del relato lo que lo acerca a la propuesta de Tom Wolfe de la década de los 60 con el llamado Nuevo Periodismo. Lo que no predica el alejamiento del precepto de veracidad que exige la práctica del periodismo como principio ético y que parece olvidado por muchos de los medios impresos.

Armas Alfonzo usa recursos de la literatura de ficción, teatraliza, combina registros de muy distinta índole, narra manteniendo tensión y suspenso, pero en función de revelarnos como lectores una verdad crítica, o una visión crítica de la realidad.

En una entrevista realizada por Alfredo Meza al periodista y novelista argentino Tomás Eloy Martínez acerca de este tema, Martínez dio una respuesta concreta:

El mejor periodismo nunca ha dejado de ser un género narrativo, porque siempre echa un cuento. Y pese a que hoy en día existen mecanismos estrictos de verificación, yo sigo pensando que tanto la crónica como el periodismo narrativo son géneros literarios con la ventaja de que ahora todo es verdad y nada es inventado. Tampoco creo que esto plantee una separación entre periodismo y literatura. Lo que hay es un replanteamiento de la relación. Me explico: las novelas son un género literario en el que la ficción y la invención son posibles. En cambio, la crónica y el periodismo narrativo son un género literario en el que sólo la verdad es posible.

Podríamos concluir que, partiendo de esta visión, las crónicas de Armas Alfonzo participan de una muy contemporánea concepción del hecho periodístico, en el que la verdad es «fortalecida» a partir de los recursos o las herramientas del relato como historia y crónica periodística.

La seducción que la historia como proceso tiene sobre el escritor se pone en evidencia en toda su obra, tanto la historia de los grandes acontecimientos épicos, como la historia de los hechos personales, aquellos que definen la vida de cada ser humano dentro y fuera del contexto público o colectivo. Su literatura en general tiene como línea motivacional la necesidad de relatar sucesos en correlación con un pasado que haga confluir lo colectivo y lo individual al unísono. Sus crónicas no escapan de tal circunstancia. Y ello señala, una vez más su pasión por el periodismo y su necesidad de hacer palabras la memoria, tejer las huellas de un territorio y rendir culto al acontecimiento de lo humano.

Quiero cerrar estas notas con el fragmento de una crónica que publicara Alfredo Armas Alfonzo a raíz de la muerte de su padre, Rafael Armas, con el único propósito de destacar el papel que asigna el escritor a la presencia del periódico, de la prensa impresa, en su tiempo y en la construcción de sí mismo como ser curioso, de puertas abiertas hacia un mundo que consideraba prácticamente inabarcable y por el que tenía un anhelo apasionado.

Vamos a hablar de un hombre que no fue periodista (…) y que con este oficio apenas si se le puede atribuir la condición de vendedor de periódicos y de revistas que le venían de Caracas en rollos de veinticinco, por vapor hasta Guanta o Puerto Píritu (…) veinticinco Religiones, veinticinco Universales, veinticinco Nuevos Diarios, cincuenta Caras y Caretas, cincuenta Elites, diez Billiken, unos cuantos Multicolor. Allí aprendimos la geografía de una Abisinia por los fascistas de Mussolini y lo que contenía en el matrimonio morganático del Rey  Jorge de Inglaterra. De allí extrajimos la poesía de Andrés Mata, aquella que suspiraba con una luna encima de los árboles del río (…) De esos recortes de periódicos y revistas, de esa riqueza impresa que la tijera seleccionaba para la confección de álbumes, que nos suplía el libro de la biblioteca de que siempre se careció, está llena la memoria de la infancia.(…) Allí, entre esa memoria, con perfil extraído del Greco, el  Mauricio Ravel de la Pavana para una infanta difunta, decimos el 37, cuando sus alargadas manos se aquietaron. Y Antonio Machado de sombrero alón, las manos sobre el bastón, en la noticia de ida el 39, y Lázaro Cárdenas, protector de los indios, elegido Presidente. El bombardeo de Shangai. La huida de Alfonzo XIII. La hazaña aérea de Ítalo Balbo que voló de Roma a Chicago con veinticuatro hidroaviones, dos de ellos desaparecidos en el viaje. El estrellato de Joe Louis. La fascinación de Jean Harlow. Por aquellas ventanas de papel nos asomábamos al turbulento siglo XX y fue así y no de otro modo que nos afirmamos en la convicción de que más allá del límite del barro a que nos aquerenciaba el Unare, más allá de estas cruces del cementerio, había otras gentes, otro tiempo del mundo, algo más que esperar anochecer sobre la iglesia de cuando los españoles.

 


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