Amaranta Pérez: La soledad es una forma de realización

La prosa es la figura musical favorita de Amaranta Pérez, porque los venezolanos hablamos con musicalidad, decimos todo en cuatro versos

Espontánea, curiosa, vibrante, de fácil y contagiosa sonrisa, la cantante y compositora venezolana Amaranta a secas como le gusta que la llamen, colma los espacios con el candor que le da ser creyente de que la humanidad es buena por naturaleza, Le canta al amor, al desamor y a la vida con sus idas y venidas. Así, en rima, porque como ella misma dice, nosotros los caribes hablamos como cantando un verso.

Llega corriendo a la entrevista, se le hizo tarde, y mientras te echa el cuento de la odisea que es estacionar en el centro, te abraza como si te conociera de siempre y con esa familiaridad que dan muchos años de amistad te toma del brazo y te dice vamos por un café, y así comienzan a dibujarse los trazos de su temperamento.

Cuenta que siempre está acompañada de sus instrumentos musicales, al salir no sabía por cual decidirse, vio su chapero y se dijo me lo llevo, “tiene un gran valor para mí porque era de un tío. Los instrumentos musicales son como cargar mi cédula, esa es mi identidad, dicen todo, no tengo que explicar nada. No hay nada más tradicional, venezolano, que un chapero. Son mis instrumentos de expresión pero también mi resguardo”, afirma con entusiasmo.

Su nombre es un tributo de amor que hiciera su padre a su abuela, “mi bisabuela se llamaba Amaranta”, pero ella se identifica más con el otro significado, con el de la planta de amaranto, conocida también como la pira, el bledo, la planta Caracas, la planta Caribe, “muchas veces se me han acercado gente de diferentes pueblos de América a explicarme el significado y me apasiona mucho cuando ocurre esa identidad, porque es como un montecito que durante la conquista era y todavía es satanizado, porque tiene tanto poder que puede contra los transgénicos, en los campos no se deja agredir ni muere, es un alimento poderoso, el amaranto alimentaba a los Caribes y yo me siento Caribe. Es un regalo que mi papá me haya dado ese nombre”.

—Entonces tu nombre nada tiene que ver con el personaje de Cien Años de Soledad (Una risa pícara se le escapa).

—Me lo preguntan mucho, yo digo que a lo mejor el Gabo debió conocer a mi bisabuela. Yo amo a todos los personajes de Cien Años de Soledad, me parece que son una descripción de la sensualidad, el desparpajo, el misticismo, la superstición, el sincretismo y el colorido que representa a nuestra América.

—¿Cuándo te llegó el amor por la música?

Su mirada viaja a la ventanilla de un carro y se encuentra con la pequeña de cinco años que canta sin cesar, al fondo se escucha la flauta de Toñito Naranjo, su padre le dice: Amaranta bájale dos porque no me dejas escuchar mi música y la niña pela los ojos como dos platos y cae en cuenta que dejar de cantar no es posible.

—No tengo uso de razón desde cuando yo canto, sólo sé que en ese momento lo hice consciente, y al recordarlo siento ese mismo estallido en el corazón, con los aromas, con los sonidos de ese tiempo. Así narra el instante en el que la invadió la certeza plena de que cantar era lo que quería hacer.

—¿Te imaginas tu vida haciendo otra cosa?

—Yo fui criada con amor y eso me generó la autoestima suficiente como para hacer cualquier cosa con amor y querer hacerlo bien. ¿Cuál es la diferencia entre el talento y la vocación? –se pregunta– yo pienso que la vocación debe ser una sola y no puede ser otra que servir y hacerlo apasionadamente porque es útil a los demás. Para mí la vocación es el amor, y el talento es el lugar donde uno se siente más cómodo trabajando.

—¿Eres muy familiar?

—Soy muy social, amo tanto estar con la familia, como amo estar con gente, me encanta conocer gente.

—¿Y los hijos?

No tengo hijos, no me lo he planteado, me gusta mi vida como la llevo.

—¿Cómo manejas la presión social de esa postura?

—Me encanta hablar de eso. Yo me la paso en una viajadera, mañana estamos en un proyecto y pasado montando una tarima, y a veces me preguntan: cuándo te vas a quedar tranquila, cuándo vas a tener muchachos, como si la maternidad te atrapara. Yo creo que tener hijos es una forma de desarrollo, de estar en el mundo. Me considero maternal, amo a los niños y creo que pensar que no está dentro de mis planes es un acto rebelde para la gente que no lo entiende. –Continúa su explicación entre sorbo y sorbo de un marrón bien espumoso que deja ver la forma de una flor– siempre me dicen esa frase hecha: tienes que realizarte como mujer, y dentro de la lucha de género me gusta pensar por qué no nos desarrollamos todas y todos como personas, como seres humanos, y si estamos tan preocupadas porque la igualdad sea parte de nuestro desarrollo, también tenemos que deslastrarnos del género, porque ese apego también divide y los hijos son todos los hijos del mundo.

—También está la típica frase de te vas a quedar sola…

—(Sonríe mientras acomoda su cabello) Sí, esa también, cuidado con quedarte sola y amargada. Cuando me dicen eso recuerdo la gran cantidad de gente de que no anda sola, que no está felizmente acompañada, ni por lo hijos ni por las parejas, ni por los padres, no es eso lo que garantiza la felicidad.

(Se pone seria porque lo que viene lo amerita) —Siento que hay que hablar mucho sobre la soledad, esta puede ser una realización, pero en nuestro sistema de valores tiene que ver con el consumo directamente, lo que la convierte en un estigma. Nos han reducido al pequeño núcleo de dominio que es la familia, y a partir de ese núcleo otras pequeñas familias que son las laborales, las amistades que uno va queriendo cerrar como si solamente uno tuviera la personalidad y la empatía con los de uno, negándose a una diversidad, a un abanico extraordinario que no es solamente personal sino también geográfico, cómo nosotros vamos a comprender y avanzar con el resto si somos incapaces y además estamos aterrorizados de conocer esa diversidad, cómo vamos a ser capaces de entender la soledad. Es ese miedo que nos han inculcado, y al que yo quiero combatir, no sé si lo estaré haciendo bien, pero me apasiona, me emociona y me hace feliz.

Quisiera sentir que la soledad es una realización y no una tristeza”.

—Tú eres representante de la canción necesaria, háblanos de esa responsabilidad

—A mí me formó la canción con responsabilidad y esa canción es muy diversa, porque también la he disfrutado cuando se trata plenamente de un despecho o una rabia o de lo banal. Si vamos hablar de diversidad no podemos cerrarnos a otras formas porque en algún momento también son necesarias.

El arte tienen un poder para modelar el espíritu, las conciencias, el conocimiento, el intelecto, la capacidad de pensar, la música en sí lo tiene porque es una abstracción inaprensible que tiene una estructura, un patrón en el que uno va dibujando, no solamente ideas estéticas y de sensaciones, sino también de palabras que van a quedar en corazones, entonces hay que asumir esa palabra.

En todo caso, creo que más allá de la canción es necesario darnos cuenta que el arte ha sido el instrumento para la dominación en la historia de la humanidad, cada etapa ha tenido su estética, símbolo y signos acompañados de una cultura, en este sentido nosotros estamos en un atolladero incluso legal, porque nos hacemos llamar los trabajadores culturales, cuando realmente nosotros lo que somos es una expresión de una realidad cultural, bien sea porque no nos guste o porque nos fascine, no nos podemos endilgar el trabajo de transformar esa cultura, nosotros vamos a expresar, a vibrar en todas las posibilidades que nos ayuden a cambiar el discurso o a permanecer en ese discurso.

Inspiración y disciplina

“Si tuviera el 10% de la disciplina que tiene mi madre podría cambiar el mundo”, lo dice con travesura, pero su naturaleza ávida por conocer, descubrir, amar, vivir no va de la mano con tamaña virtud. “Mi inspiración, como no es disciplinada, es circunstancial, pero en ocasiones también es existencial, por eso es que a veces paso años pensando en una idea hasta que por fin logro plasmar algo que la conduzca. La copla es mi estructura para cantar, porque nosotros hablamos así en ocho sílabas, nuestra música está creada de esa manera, y en esencia nosotros hablamos con cierta musicalidad. Nuestra música venezolana es un portento siempre por descubrir, siempre por desarrollar, entonces trato de ajustar eso que estoy pensando a una copla.

Laurita Cecilia fue la primera que me explicó en el pentagrama cómo se movían las notas, la estructura de ritmo de tiempo, y luego empecé a experimentar la necesidad de formación técnica con el compromiso de hacerlo bien, porque si en el camino entendimos que algo nos encantó tanto y no nos estamos formando en eso, es como medio raro, es como que de verdad no es tanta pasión.

Tuve la oportunidad de formarme en otros espacios pero mi experiencia académica en el mundo coral me dio acceso al universo poético de mujeres y hombres que entregaron su vida, como Víctor Jara, Federico García Lorca. Artistas que entregaron tanta fortaleza desde la palabra y que fueron perseguidos, o de poetisas y músicos que tributaron a esas grandes almas.

—En compañía del café que aún no se termina nos tropezamos con el despecho, la rabia y el amor

—(El despecho es el destete, explica). Es el primer dolor que por fortuna sufrimos quienes tuvimos la oportunidad de recibir la lactancia materna, es el primer dolor de amor que no es físico, que no es traumático, diferente al dolor del parto, ese es otro dolor, es un dolor del espíritu, de apegos, por eso se llama así, y eso también es una enseñanza natural, que te está diciendo mira van a venir otras experiencias en las que vas a sentir esa misma cercanía, esa misma empatía, y tienen su nacimiento, su desarrollo y su ocaso. Todo tiene un momento de cénit por la tanto tiene que descansar, e incluso acabarse, creo que si nosotros trabajamos un poco esa manera de vincularnos, donde respetemos que se acaba, entonces la posibilidad de decirlo en la canción, en el trabajo, en lo cotidiano se impregna también de una libertad tal que inspiran profundamente. No quiere decir que yo me sienta fascinada con el dolor o que yo sea masoquista, sino que quiero comprender en los momentos de dolor como asimilarlo, para que eso sea parte de mi camino y no un sentimiento de frustración.

El amor hay que buscarlo, a veces sabes que vas para un barranco, pero te vas a negar la posibilidad de vivir una alegría maravillosa porque después va a venir el dolor, es decir vas agarrar el dolor de una vez, es muy loco. Tenemos todo por aprender.

Amaranta se siente feliz en su tránsito, afirma no tener grandes ambiciones, se ve cantando y cantando

—¿Has tenido muchos amores?

—Tuve amores que me han hecho entender que el talento me llama mucho la atención. He tenido grandes amores, he sido amada, he amado, he vivido el desamor muchas veces.

—¿Cómo se enfrenta el desamor?

—¡Creando! En ese sentimiento hay un morbo, a mí me encanta, porque no quiero tener la cobardía de amar, hay que enfrentar eso como lo merece, si una persona es amable bienvenido sea esa fascinación, incluso pasa que a veces tienes un idilio platónico de años y después dices, ¿esto era? Hay una parte que muere, cuando perece la necesidad de estar apegada a alguien hay una parte que está muriendo y qué bueno que sea permaneciendo en esta tierra, que no tenga que ser la tragedia de una separación definitiva. Qué lindo que podamos mirar y encontrarnos en la mirada de personas que un día pudimos tocar, abrazar, que pudimos llegar a un nivel de intimidad y luego respetemos aquella historia solemnemente

¿Te vas a negar la posibilidad de vivir una alegría maravillosa porque después va a venir el dolor?

—¿En qué andas?

En una transición creativa, de cómo seguir plasmando y cómo aceptar también las realidades que estamos transitando en lo personal, en lo comunitario, en el planeta. En estos días conversaba con un amado hermano e inventamos el término acordeón, la generación acordeón porque no somos ni de la era digital, ni somos completamente de la era analógica, vivimos en la transición, eso es un privilegio que nos da una amplitud de nuestro vínculo con lo material que yo agradezco y que estuvo además, acompañado de un proceso histórico, que nos despertó una autoestima y sentido de pertenencia, sentido de la gracia de ser un pueblo que tiene un historial de lucha no por una conquista sino por las libertades. Entonces siento que ahora estoy tratando de engranar qué significa ser de esta generación para asimilar lo que hasta ahora hemos recibido, y cómo lo vamos a brindar y eso es en lo artístico, en lo personal, en lo intelectual, en el silencio, en lo filial, porque uno ve también dentro de esa carga a quienes lo trajeron al mundo, y como exigir también a esas generaciones que sean parte de eso que viene.

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¿Qué estás leyendo?

Ahorita estoy en una fase muy hermosa inspirada por un novel venezolano que se llama José Negrón Valera, que lleva cuatro novelas, que es de nuestros talentos; quiero leer a mi gente que me acompaña, estoy leyendo a José Leonardo Riera que hizo un poemario hermosísimo; Libeslay Bermúdez que es una poetisa amorosa, profunda, de propuestas estéticas extraordinarias y todos acompañando este proceso.
Enamorándome de Simón Rodríguez, cada vez más de su obra tan avanzada que aún no ha podido ser superada, él tuvo un momento en el que demostró que se leyó todos los escritores europeos que le dio la gana y dijo está muy bien pero ahora vamos a lo nuestro, y yo quiero desarrollarme en esa etapa, entender por qué mi cosmogonía es lo que es y cuánto falta para arrancarla nuevamente de donde la he enterrado con saña.
Quiero ser parte de mi momento recurriendo a mis hermanas, a mis hermanos que están creando y que me dan insumos para seguir mi camino, como Hiranis Serrano, Giovannina Rodríguez, Nelson Chávez, Gino González, Daniela Saidman, esto es terrible porque como son tantas personas, siempre me voy a quedar bien corta.

ALBA JIMÉNEZ/CIUDAD CCS/BIEN RESUELTO
FOTO JESÚS VARGAS

 


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