La intemperie de un pequeño arquitecto

José Gregorio Vásquez

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El pequeño arquitecto del universo, de J. M. Briceño Guerrero, cuenta ya con una nueva y significativa edición que Fundarte, este año, ha hecho posible. Fue publicado en 1990; luego una pequeña edición lo volvió a traer al papel en 2011. Seis años después lo vemos aparecer. Jonuel Brigue lo reclamó para sí, pero las editoriales creyeron conveniente que fuera J. M. Briceño Guerrero su autor. Hoy uno u otro se desdibujan para decirnos, para dejarnos en el papel los sonidos de sus voces: el eco expresivo y singular que marcó una obra durante más de 60 años. Siempre anheló que cada cierto tiempo saliera de sus manos un nuevo escrito: una redición es de alguna manera un nuevo libro. Este momento depara para este libro otros lectores. Su deseo de un diálogo permanente se cumple otra vez. La necesidad imperiosa por decir, por abrazar a través de la palabra lo íntimo de sus lectores, lo hace posible esta nueva edición; así el escritor borra todo límite, desvanece la distancia, vuelve otra vez en el papel, nos invita de nuevo a sus páginas. No otro sino él ahí, en el sonido inseparable de las palabras. En estas páginas el autor trasiega con la vida de un pequeño arquitecto, uno capaz de organizar su mundo secreto y esencial: el mundo de la pequeña obra. Un pequeño arquitecto preparado para salir de su caverna y darle nombre a lo desconocido y volverlo así más cercano. Apto para llamar al tiempo y dibujarlo en su silencio con otros nombres. Uno capaz de transformar el instante en mediodía, de volver palabra la hora desigual, de hacerla carne en el verbo, de hacerla símbolo en el feroz universo de los invisibles. Una obra como esta pudiera ser el comienzo de una posible explicación de ese mundo esotérico que nos muestra lo velado de un pequeño universo de significaciones, de preguntas, de enigmas que motivaron a su personaje a esconderse, bajo otros nombres, otros cielos, otros secretos, otros dioses, no solo en estas páginas, sino ya en otras anteriores a esta: Dóulos Oukóon, Tiandáfila, Holadios, Amor y terror de las palabras, y luego en casi todas las demás. En estos libros el autor entró en las manos de un escritor capaz de conjugar varios de los mundos esenciales de la escritura: la ficción, la autobiografía, la historia, las otras lenguas, las otras tradiciones. La realidad en la ficción ya no era lo emblemático, lo era más la ficción en la realidad, quedándose en ella, transformándola. Aún más: su obra amparó un orbe simbólico, de señales evidentemente esotéricas, donde mitos, tradiciones, enseñanzas orales, sonidos de viejas costumbres, legendarios anatemas y secretos aún protegidos en el lenguaje, se encontraban para decir de una forma otra en estas páginas, y al decirla de esa manera, decir algo de lo velado que aún se preserva en el lenguaje. No olvidemos que Jonuel Brigue abrió su laberinto para darle voz a esas otras fuerzas y lenguajes inscritos en estos libros. No olvidemos que J. M. Briceño Guerrero transformó en palabras muchas de sus búsquedas y las dejó para que las dijera ese heterónimo de otra manera, para expresar lo vivido bajo el cielo de las prácticas esotéricas de otra forma. Se llamó Jonuel Brigue para contar a los dioses su pequeño universo. Con el tiempo, con las palabras, con los sonidos de esas palabras ambos se encuentran y se disuelven en las páginas ya escritas. Ambos van viajando en las paginas y se refugian en ellas para develar lo aprendido, lo oculto, lo superficial que el mismo lenguaje vuelve o lleva a otros significados. Ambos protegieron en las páginas rastros de otros rastros ya estudiados y encontrados en lo cercano, lo conjetural, lo profundamente lleno de viejos enigmas, símbolos todos de ciencias y conocimientos no comunes. Hicieron suyo el arte de la palabra para decir y para ocultar. Hicieron suyo un pequeño universo para que otros pudieran transitarlo. De ahí que su literatura no sea apreciada por la erudita academia ni valorada por la crítica o la feligresía literaria. Un pequeño arquitecto capaz de organizar el pequeño universo que le ha correspondido, que ha heredado. Ese universo significativo que puede contener todo en otras dimensiones del gran universo. El Aleph secreto de un escritor. El misterio escondido de un pensador. La magia sagrada de un buscador que nos presenta el lenguaje como camino para llegar a otros descubrimientos contenidos en el cosmos, medidos siempre, por limitación o pena, a través del lenguaje. Un escritor capaz de decirnos bajo el aparente vacío de ese lenguaje que somos partícipes de una enseñanza desconocida de la que a la vez, nada sabemos. El esoterismo nos permite descubrir algunas señales
para leer muchos de los símbolos encontrados no solo en el lenguaje de estas p

áginas. En este libro un hombre venido del llano entró en diálogo profundo con muchos de estos símbolos, algunos ya olvidados, otros escondidos, y traspasó con ellos a otras dimensiones de compresión que apenas podría abrazar: el comienzo de algunos posibles significados lo guiaron a otras comprensiones. Así se hizo consciente de su pequeño universo y de su mundo siempre gobernado por dioses con fuerzas superiores y en disputa entre ellos. La lectura de esta obra nos enfrenta con las múltiples lecturas que un texto puede regalarnos. En un primer acercamiento tenemos una historia de un ser particular que atraviesa lo común para volverse un lector-fotocopiador que revisa manuscritos y cumple con una tarea loable de ayuda a otros en estos menesteres. Venía de una aldea llanera. Se instaló en los Andes para cumplir con una misión. Es un texto de una autenticidad sinigual en la escritura de Jonuel Brigue. Un texto que expresa el deseo de hacer vívidas sus búsquedas en la escritura. Es un experimento fallido –dice el escritor de estos manuscritos que Jonuel Brigue o que J. M. Briceño Guerrero ha develado– por construir en el mundo un universo de ideas, un cosmos de comprensión capaz de albergarlo a él que vivía su condición humana en su desolada intemperie. Un hombre busca su propio lugar. El destino verdadero, no el impuesto por el tiempo, por los otros, sino aquel que por fuerzas ajenas y desconocidas viene a colmar lo vacío, el inocuo movimiento de otros astros que a veces trastoca el alma. No el trasgredido por la sociedad-mundo artificial y engañoso. Sino este, ahora llevado por la magia silenciosa de la palabra. En esta historia, un hombre quiere salir de ese drama cotidiano e intenta buscar en su salida hecha a través de la no-ficción, la utopía. Por ello no es más que un ejercicio audaz de la imaginación incapaz de producir algún cambio verdadero. Fingir, comportarse de una forma u otra. Romper con las convicciones puestas por otros. Degenerar en la voluntad ajena. «Hay que nacer sin identificarse con nada». Vivimos en un mundo y circunstancias plenamente ambiguos. Creamos con ello confusión del deseo de sobresalir de dicha condición, huyendo sin darnos cuenta de la «Fugacidad de todo esplendor». «El viento se bebe los poemas. A dónde irán. Hacia qué lugar me llevan.

Yo aquí condenado a la soledad de este silencio impuesto ». Un hombre capaz de desafiar así el olvido, puede perder contacto con un estado anterior que permitiría una comunicación mayor. En este intento se realiza gran parte del anhelo que el librero emprende. Intenta conectarse con ese mundo perdido, no olvidado, pero sí lejano de la memoria capaz de concentrarse en el Gran Universo. Una tentativa por encontrar el paraíso perdido. Esa idea que «da cuenta de un exilio del recuerdo vacío, de urgencia, de nostalgia indefinida». Esa y otras ideas que dan cuenta también del mundo que es alteridad. «Andamos pasando de un mundo a otro, de un estado a otro, sin que ello signifique impulso espiritual, salida pura hacia una consciencia mayor». Podemos pasar la vida entera entretenidos en este andar a ciegas por estados de consciencia ya apagados donde nada nos espera y nada nos permite nuestra búsqueda mayor y un estado puro de consciencia hacia el alma, dice el pequeño arquitecto de esta historia. No comprender y ser consciente de los estados superiores habla de la superficial ignorancia. La ignorancia no tiene nada que ver con estas búsquedas. «Saber de mi estar ahí es saber de mi estar ahí con otros». Estas páginas abren la puerta de un conocimiento luminoso y otro tenebroso. Ambos vienen de la noche y su inmensa oscuridad y se instalan en la pequeña historia que un pequeño arquitecto quiere construir

 


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