La muerte bajó a buscarlo bajo tierra

Aquel joven estudiaba gastronomía y soñaba con tener su propio restaurante. Le arrebataron su futuro por un celular

Aquella señora huesuda, trajeada de negro, caminaba por todo el andén sin que los pies tocaran el piso o por lo menos no se les veía. Entró al vagón y se sentó en una de las butacas, pero tampoco se le apreciaba el rostro. Era como si aquel largo camisón deambulara solo, sin cuerpo. Un joven de unos 20 años de edad venía ensimismado en el asiento del frente revisando su Iphone6. La mujer sacó una libretica morada que tenía una calavera en la portada y anotó un nombre y le puso un asterisco al lado.

Cuando los funcionarios policiales y empleados de seguridad del subterráneo revisaban las cámaras de video lograron verle la cara a uno de los asesinos, un joven robusto, de piel morena y pelo rapado. Llamó la atención de los policías que en la grabación se detectó una libretica de apuntes abierta en uno de los asientos del metro, en la cual, al ampliarla, pudieron leer el nombre de una persona, que resultó ser el nombre del infortunado asesinado dentro del vagón, cuyo crimen estaban investigando.

Zumbido mortal

El joven entró al vagón, miró para todos lados y luego se sentó en una de las esquinas. Abrió el bolso, sacó un cuaderno y revisó algunas cosas. Posó la mirada en un punto perdido, como cuando uno piensa en todo y, al mismo tiempo, en nada, y luego comenzó a repasar lo que le habían enseñado aquel día en la escuela gastronómica, instituto superior en el que ya llevaba varios meses estudiando.

Su sueño era convertirse en cheff y tener algún día su propio restaurante aquí en el país o en el extranjero, ya que varios de sus amigos le estaban calentado la oreja para irse a Buenos Aires, Chile o Ecuador.

El teléfono vibró y el joven se sobresaltó. Aquella mujer de negro fue la única que percibió el sonido, pero ni se inmutó. Sacó su celular y comenzó a revisar quién le había mandado el mensaje.

Los pasajeros entraban y salían presurosos y se daban el lujo de seleccionar el asiento porque extrañamente aquella mañana no había mucha gente en la línea 1, sentido Palo Verde, y eso que ya era poco más de las once de la mañana y estaba cerca la hora pico.

El joven sonrió al leer algunos de los mensajes, respondió algo y guardó el celular. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que dos jóvenes no le quitaban la vista de encima. Con disimulo miró a lo largo en todo el vagón y notó que estaba semivacío. Un ligero temblor lo invadió. Intentó reponerse, pero sentía como una opresión en el pecho. Apretó el bolso con fuerza y se levantó con intenciones de bajarse en la próxima estación; los dos jóvenes hicieron lo mismo y se le pusieron al lado. Uno de ellos, de tez blanca y regordete, se subió la franela y le mostró la cacha de un arma. “No te va a pasar nada, sólo queremos el bolso. Quédate tranquilito o te vacío la pistola aquí mismo”, le dijo, al tiempo que intentaba despojarlo del morral. Comenzaron a forcejear hasta que el otro ladrón, un joven moreno, sacó un arma y le disparó.

Fue ruleteado por varios hospitales antes de ser ingresado finalmente en la Policlínica Metropolitana. Estuvo varias horas en terapia intensiva antes de morir. La bala lo bandeó y le afectó varios órganos vitales.

Dos semanas antes (un 14 de enero) habían asesinado a otro joven dentro del Metro de Caracas, sólo que en otra estación.

WILMER POLEO ZERPA/CIUDAD CCS

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