La Navidad se presenta en varias formas

El buen augurio es la tendencia del caraqueño para el año venidero. Abrazar lo aconsejan como un buen obsequio

La ciudad está encantadora, como siempre –deje de pensar por un momento en la coyuntura–, aunque no tan fría como suele estar en estas épocas. Pero a Pacheco le da por ponerse intenso de repente.

Lo cierto es que la Navidad, Pascuas, fiestas decembrinas o como usted le llame, se colaron como quien no quiere la cosa, o en realidad como una necesidad. Una necesidad urgente, por ejemplo, de comer hallacas, “como las que hace mi mamá”, diría Serenata Guayanesa, o como las que hace doña Luisa, que se ubica casi llegando a Catedral, en el centro de Caracas, quien vive en Carapita y aunque es oriental, las hallacas que ofrece son caraqueñísimas, sin huevo y papa, que es como las comen en oriente.

Resulta una opción que compite con los establecimientos y restaurantes de la Candelaria, en donde el plato navideño se encuentra en 2.700 y 3.000 bolívares soberanos, con ensalada; mientras que doña Luisa las tiene en 800 soberanos, incluyendo un pancito de banquete.

Una necesidad, por ejemplo, de encontrar el estreno, las nuevas galas, costumbre casi inquebrantable en nuestro país. Para muestra un botón: las calles del centro y Sabana Grande se hallan abarrotadas con colas de gente para adquirir el estreno a precio justo.

Aunque lo que se menciona arriba es mas consumismo que otra cosa, valga que lo dirigimos hacia la excusa del reencuentro y del agasajo en familia.

De la manera que sea buscamos mantener viva la ciudad y la tan esperada Navidad, amén de sus tradiciones. En noviembre comenzamos a reclamar las luces por toda la capital, las ferias de adornos y las que nos ayudan a encontrar un detallito para el amigo secreto. Un detallito decembrino basta y sobra para juntarnos, hasta una plaza a donde va la gente sin conocerse y en donde recibe el cañonazo, o pasearse por las calles de la plaza El Venezolano con sus techos de luces, un espectáculo nocturno.

Hay quienes rememoran viejas tradiciones: el rito de la misa de aguinaldo, las parrandas de puerta en puerta, el feliz año de casa en casa, rito último que hasta ahora sé que se sostiene en la parroquia La Pastora. Así, mientras lo de otrora se ha embaulado, en las mesas no falta y no faltarán las lentejas para las doce cucharadas junto a las campanadas del fin de año, tradición por cierto italiana para llamar a la prosperidad; costumbre precedida por una española, la de las 12 uvas que cumplen la misma función y que probablemente sí faltarán esta vez en la mesa, a menos que se enrumbe para el Hotel Tamanaco Intercontinental, descorche y se vaya demasiado.

Un año que viene y otro que se va

Aquiles Nazoa decía, en un texto sobre la Navidad caraqueña, que “uno tiende a embellecer lo que ha tenido y ya no tiene. Tal vez la Caracas que yo evoco y que en muchos aspectos me parece más grata, más humana y simpática que la de mis hijos, no exista realmente en mis recuerdos sino en mi imaginación”.

Es justo lo que nos pasa con Caracas: todas y cada una de las evocaciones son una esperanza, que se traduce cuando nombramos Pacheco al frío, cuando religiosamente se enciende la Cruz del Ávila; cuando Los Próceres se llena de patinadores; cuando uno limpia las hojas, otro rellena y otro amarra las hallacas; cuando un nacimiento es viviente; cuando en Nochebuena llega el Niño Jesús, aunque el capitalismo de Santa Claus todavía nos ronde.

¡Salud!

Fiesta sin bebida no es fiesta, dicen; aunque las opciones están un pelín limitadas. Por eso hemos traído de nuevo a nuestra mesa la leche de burra, que resulta como un ponche crema pero casero (y quizás más rico). Usted hierve en agua las cáscaras de dos limones con una pizca de nuez moscada y 5 clavos de olor, los cuela y licúa con una taza de leche condensada y unas 8 yemas. Llévelo todo a fuego bajito, revolviendo hasta espesar con una cuchara de madera. Por último, al enfriarse, agregue un litro de cocuy y ¡salud!

El asombro está en lo hecho a mano

El goce navideño con música, actividades y ventas artesanales es para todo el mes en el Eje del Buen Vivir

“No sé qué es pero el producto artesanal, el hecho a mano, tiene algo especial”, comenta Yelismar Timaure, mostrando su nuevo collar tejido de Mezklote, marca que se ha dado a conocer desde hace ocho años y cuyas piezas se destacan por su belleza y calidad. Tantas manos creadoras, como las de Gladys Urbina, artesana y dueña de este emprendimiento, se han redibujado como profesionales del oficio y se han posicionado entre las opciones a la hora de comprar los regalos navideños.

Itinerantes, dueños de sus creaciones y originalidad, los artesanos son un símbolo de sudor en la frente, esfuerzo y pasión y créame, no conciben la vida sin crear. Además la mezcla entre innovación y tradición resulta una buena receta. Allí el por qué de lo especial.

Ahora, súmale el agrado de conocer a las personas que fabrican lo que llevas puesto, lo que te adorna o usas, sea lo que sea; es una experiencia de primera mano, sin intermediarios. Un acierto. Pasó con Gladys, la de los collares tejidos, y pasó con José Escalona en la feria del Eje del Buen Vivir en Los Caobos, en su tercer año de feria.

Sus manos de artesano, detallista y prolijo, un don para dibujarle la última estrellita al carrito de madera: “¡hecho en Venezuela!”, dice orgulloso. Eso también se siente al comprar una pieza hecha en casa.

Hace y vende papagayos, rompecabezas, juegos dedicados a la imaginación infantil, coloridos por demás, tientan a la remembranza y, ¿a quién no le gusta jugar perinola?

Sin embargo, José atina en algo: “el consumidor no tiene la culpa; fue lo que le enseñaron, a comprar cosas plásticas de mala calidad por mucho dinero. Es una mala cultura (si es caro es bueno y si es barato es malo). Nuestra artesanía es muy buena pero poco valorada. Mi llamado al venezolano y venezolana es a valorar lo nuestro, hecho en Venezuela, hecho a mano con cariño y esfuerzo. No compre plástico, compre artesanía”.

Estas ferias llenas de emprendedores, socioproductivos, artesanos, organizados y dadores de un comercio justo, han hecho su esplendor este diciembre en varios puntos de la capital, y estemos claros: se nos está haciendo un estilo de vida comprar artesanía, lo propio.

Un juguetero que asombra pese a su disfraz

Cautiva, cómo no. Pero no precisamente por su traje de Santa Claus. José Marcano es todo un personaje en el Paseo Anauco, donde se puede ver en su máquina de tallar madera, sentado y diestro desde hace 45 años.

La reja sostiene un letrero que se nombra El taller de Santa, y está dispuesto a alegrar el corazón de los pequeños con sus coloridas formas en madera. Los obsequia cuando son niños de bajos recursos los que pasan por su taller.

Juguetero a tiempo completo, le sobran las razones: “Todos los años hacía un juguete. Tallaba piedra o madera, pero era un proceso más lento. Tomé la determinación de dedicarme a esto por el goce personal que sentía. Los juguetes son para los niños. Es maravilloso regalar uno y ver cómo ese niño se despide de ti contento hasta que te pierde de vista”. Precisa la Navidad como una tradición fundamental para la unión y regalar amor.

FRANCIS COVA/CIUDAD CCS
FOTO LUIS BOBADILLA/JAVIER CAMPOS/AMÉRICO MORILLO/YRLEANA GÓMEZ

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