La novela negra inconclusa de Rodolfo Walsh

Clodovaldo Hernández

Rodolfo Walsh pudo haber dedicado su talento de escritor a la ficción policial, esa corriente de la narrativa que relata crímenes y, a veces, identifica a los asesinos. Pero el destino quiso otra cosa: que él mismo fuese protagonista de una novela negra inconclusa.

La vida y, sobre todo, la muerte, de este literato y periodista argentino es un testimonio de la violencia política que sacudió al Cono Sur durante varias décadas, al amparo del orden geopolítico de la Guerra Fría, que se centraba en un fanático y asesino anticomunismo.

Walsh, que había nacido en la provincia de Río Negro, en 1927, se dedicó durante su juventud al cuento y la novela policial. Con una de ellas, incluso, obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires. También comenzó temprano en el periodismo, publicando materiales en diversas revistas.

En 1955, su historia personal comenzó a dar un pronunciado giro cuando un grupo de militares derrocó al presidente Juan Domingo Perón y estableció un gobierno transitorio.

Walsh había estado de acuerdo con el golpe porque consideraba que Perón había implantado un gobierno autoritario. Sin embargo, con el transcurrir de los meses se convenció de que los nuevos jefes no eran mucho mejores y que el pueblo tenía razón al cambiarle el nombre, del pomposo Revolución Libertadora al macabro “revolución fusiladora”.

Fue justamente a raíz de un fusilamiento masivo que nació su libro Operación Masacre, sostenido en el testimonio de sobrevivientes de una matanza ejecutada en un basurero.

Escrita en tono narrativo, esta obra se considera precursora de la tendencia que años más tarde implantaría Truman Capote con su novela de no ficción A sangre fría.

La experiencia en el periodismo de investigación implicó un contacto tan ríspido con la realidad que impulsó a Walsh, a finales de los años 50, hacia la militancia política de izquierda. Previamente había coqueteado incluso con la ultraderecha, según lo revelaría él mismo, al mencionar su cercanía juvenil con la Alianza Libertadora Nacionalista, a la que describió como la más acabada obra del nazismo en Argentina porque era a la vez antisemita y anticomunista.

En 1959 viajó a Cuba y participó en la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, al lado de Jorge Masetti, Rogelio García Lupo y Gabriel García Márquez. Ya para entonces era un cuadro de la izquierda, aunque sin renunciar a su gran pasión: el periodismo.

La forma como dirimió un conflicto entre militancia política y periodismo, lo obligó a dejar Prensa Latina. Ocurrió en 1961, cuando envió un reportaje a una revista de Buenos Aires en el que usó comunicaciones interceptadas en Cuba sobre campos de entrenamiento de la CIA en Guatemala para preparar la invasión de Playa Girón. Al parecer, el propio Walsh había descifrado los mensajes, pues era un estudioso de la criptografía, pero el Gobierno cubano le había pedido no utilizar esos datos para fines periodísticos. El argentino no pudo aguantar las ganas y la agencia de noticias fue intervenida.

Volvió a Argentina y pasó los siguientes años trabajando, pública o clandestinamente, en el periodismo combativo, vinculado a grandes organizaciones sindicales. También siguió publicando materiales literarios, incluyendo dos obras de teatro y una colección de narraciones. Igualmente participó en la adaptación al cine de Operación Masacre, una película que debió filmarse clandestinamente.

Para esa época, la militancia política lo estaba absorbiendo y radicalizando, al punto de que en 1973 ingresó a la organización subversiva Montoneros y comenzó a identificarse con nombres de guerra como “Profesor Neurus” y “Esteban”, entre otros.

No fue incondicional su relación con Montoneros, pues ya para 1974 se encontraba entre los críticos que veían al movimiento en proceso de divorciarse de las masas y dedicarse a las acciones foquistas. En esas controversias andaban cuando los militares le dieron un nuevo palo a la lámpara, en 1976, al derrocar a la presidenta María Estela Martínez de Perón y dar comienzo a la noche más oscura de la democracia argentina.

Walsh volvió entonces a tomar su arma principal en esa guerra: el periodismo. Fundó la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla), basada en la circulación de hojas volantes que pasaban de mano en mano. Los impresos instruían a sus usuarios a leerlos y pasarlos o, de ser posible, reproducirlos. “El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.

El año 76 le tenía reservados muchos dolores, el principal de ellos fue la muerte en combate de su hija María Victoria, quien también era montonera. Tenía 26 años y, al verse acorralada por el Ejército en un enfrentamiento, se suicidó luego de gritar: “No nos matan, elegimos morir”.

En marzo de 1977, escribió una Carta Abierta a los miembros de la Junta Militar que encabeza el general José Alfredo Martínez de la Hoz, con graves denuncias sobre asesinatos y desapariciones. Luego de eso, Walsh fue emboscado y secuestrado. Los testigos dijeron que intentó repeler el ataque con una pistola calibre 22, pero lo acribillaron con tiros de fusil. Otros dicen que, siguiendo el ejemplo de su heroica hija, se disparó en la sien. Gravemente herido o ya muerto -no ha podido determinarse- fue subido a un vehículo militar y más nunca se ha sabido nada de él. La novela negra de su vida sigue inconclusa. Ha corrido la misma suerte de decenas de miles de suramericanos que fueron borrados del mapa durante los años del Plan Cóndor, diseñado y avalado por la “ejemplar democracia” de Estados Unidos.

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Los premios de Rodolfo

.Como muchos otros mártires del movimiento revolucionario latinoamericano, Rodolfo Walsh resurgió en la memoria colectiva a raíz de la insurgencia en el escenario regional de grandes figuras como la del Comandante Hugo Chávez y la revitalización del progresismo argentino, con Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Uno de los puntales de su renovada memoria es el Premio de Periodismo Rodolfo Walsh, que otorga la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Plata en reconocimiento al “compromiso con la verdad, el testimonio ético, los valores y la militancia profundamente social”.

En 2011, este premio causó una ola de amargura en la maquinaria mediática hegemónica de América Latina, cuando le fue concedido a Chávez. Los que siempre quisieron pintar al líder bolivariano como un represor de la libertad de expresión consideraron el premio como una afrenta.

La decana, Florencia Saintout, expresó: “Para la Facultad es un orgullo premiar a un presidente como Chávez, que es defensor de la comunicación popular y un luchador por los que no tienen voz en los monopolios informativos”.

Pero no es el único premio que lleva el nombre de Walsh. En Asturias, en el contexto de la Semana Negra de Gijón, por iniciativa del mexicano Paco Ignacio Taibo II, fue creado uno, destinado a reconocer a los cultores de la otra gran pasión del argentino, la novela policial.

 


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