La originalidad existe a medias

Taller | Literario con Julio Borromé

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1. Que nada ha tenido lugar salvo la escritura en mi vida, sería una formulación inexacta en su pesimismo si tuviera que entender que escribir es el indicio perturbador de la existencia, la posibilidad de ser y comprenderme. Este lugar que habrá tenido lugar en la infancia y después de la negación del amor, la muerte o que hasta habrá tenido lugar después de que he naufragado en el poema, sin producir nada, no es una sombra de mi palabra. La certidumbre de este hecho es el espacio propio del deseo, la apuesta de la lucha por restablecer lo que he perdido y por duelo, he continuado como indagación transpersonal.

2. Si algún indicio favorece mi proceso de escritura es el haber puesto todo el empeño en destruirme, y construir un lugar donde pudiera estar a salvo de los otros y de mi mismo. La escritura no es un hecho fortuito, que de golpe erige el genio maligno de la subjetividad, su objeto, su transferencia y su medio de expresión. La escritura es lenta construcción de sentido fantasmático, reflexividad del uso indefinido de los «yoes», la apuesta a un juego de sospechas.

3. Quien escribe por mí ha hallado, sin mi consentimiento, una forma de hacer del poema, la evidencia de lo invisible.

4. La escritura sobreviene muy temprano o muy tarde. Me concedo la inutilidad de los recuerdos, lo lógicamente imposible sucede, y el sueño retrocede frente a la página.

5. La escritura tiene el propósito de querer encontrar un significado de la expresión mediante el juego de imágenes en sí mismo. El deseo en el que abreva el lector ideal, en lugar de la certidumbre, se repite hasta alcanzar los sentimientos que provoca el extravío del cuerpo: el engaño consciente de un acto fallido.

6. Si yo pudiera escribir el estatuto propio de tu deseo, expulsaría del paraíso la forma de tu mirada y pintaría en su lugar un fondo con los accidentes de tu figura.

7. La escritura determina la inmovilidad del signo y la movilidad de las pasiones.

8. La lectura filosófica exhibe por medio de la razón otra forma de hacer poesía.

9. La ficción enseña a mentir de tal manera que el lector sabe que lo engañan. Acepta el juego, bajo sospecha de ser el doble de su propia creación.

10. Concentrar la escritura sólo un instante en el cómodo flanco de esta reminiscencia que es la eternidad.

11. La literatura enseña a amar las corridas de toros y cómo penetrar algunos secretos. Enseña algo sobre la vida, el misterio de las formas y la descripción de una guerra. Hasta enseña cómo descubrir los lugares comunes donde el escritor hipoteca su capacidad para escribir literatura.

12. Los mecanismos internos de manipulación son colectivos, no individuales, y no emanan de poetas sino de computadoras. Ahora el demonio interior es un fabricante de almas virtuales y de soledades fluorescentes.

13. Cuando existe un deseo lo suficientemente vital como para mantener viva a la escritura, debe también existir una clave que indique la presencia de vida real de ese deseo.

14. La lectura está alejada del hábito y la obligación. Los libros llegan a tu vida con el asombro, el azar o producto de circunstancias muy personales. No hay que olvidarlo, con la instrumentalización de la lectura, volvemos a la cordialidad artificial del taller, a la imposición de rutas ajenas que empiezan a romper el contacto más afectivo, y como los asalariados de la literatura hacen trampa y trasmiten una técnica de saberes, asignan a cada uno un rango arbitrario, mecánico y alienado.

15. Me complace escribir un epígrafe, abolir su estremecimiento dejando que se disuelve en mi escritura, sin hacer nada por mantenerlo; y ello porque sólo puede significar una idea para la adquisición por alteridad de lo que es su realidad verdadera.

16. Me vino desde fuera, del contacto con los escritores que leo y releo. Al menos si uno se sitúa dentro de las influencias, descubre que la originalidad existe a medias y la inspiración se traspira en el plano metafísico de la angustia.

17. Si se vuelve a leer el poema que has escrito la noche anterior, te pierdes en tercera persona, te encuentras en la segunda, y la primera olvida de donde proviene esa voz, ese símbolo, dignidad de la música.

18. Escribí un libro en un monasterio, sin el auxilio de la Revelación. En aquellas noches lejanas aprendí a orar por nadie.

19. Yo siento la necesidad de restituir la imagen primera de mis recuerdos. Escribir nostalgia es otra forma de imaginar lo que nunca fuiste porque ese objeto del recuerdo no eres tú, y sin embargo, es nítido y luminoso el acontecimiento que te impulsa a crear un lugar donde tu doble te espera.

20. La escritura de poesía ulula oscuramente, lleva consigo lo próximo y lo lejano. Emana de esa inconsciente caja de resonancias que guardo y desconozco, el olor del mismo estremecimiento.

21. La escritura me lleva al aislamiento y yo siento venir el silencio. Pienso en el poema, íntimo trueno de la memoria.

22. Cito a mis autores preferidos y siempre me lo ponen todo al revés. Yo sigo sus voces de luminoso encuentro como una edad anterior que me habita y no se atreve a decirlo todo para que yo también hable por esta mano que sueña.

Julio Borromé |

(Valera, 1970). Poeta, ensayista y promotor cultural. Cursó estudios de Lengua y Literaturas Clásicas en la Universidad de Los Andes. Ha colaborado en diversas revistas literarias y periódicos. Ha publicado, entre otros, Tiempo de pájaros dormido, Camisa de plumas, Desnuda te ves más alta, Genealogía del bosque, y en ensayo Salmos al exilio (Premio Nacional de las Artes y las Letras), Escritos desde el monasterio y Crítica de la lectura instrumental.


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