Letra Invitada | El maestro honorario Diego Rísquez

Alí Ramón Rojas Olaya

Alí Ramón Rojas Olaya

Entre 1976 y 1988, el cine experimental en súper 8 de Venezuela tuvo un ciclo de gloria que se inició con el Festival Internacional de Cine de Vanguardia de Caracas en ese formato. Nos dábamos un gustazo en la Cinemateca Nacional al ver este cine irreverente. Mostrar una película venezolana en Cannes era un hecho habitual. Cineastas como Julio Neri, quien filmó las elecciones presidenciales de 1978 en Electofrenia; Carlos Castillo, quien lanzó una cámara desde lo alto de uno de los edificios de Parque Central en Intento de vuelo fallido (1982), o Rolando Peña, que creó el colectivo The Fundation for the Totality en Nueva York, eran los íconos en aquellos años. Pero el cine que logró trascender fue el de Diego Rísquez. El cine de este artista nacido en Juan Griego es un poema para ser leído bajo el agua. A propósito de Simón Bolívar y a propósito de la luz tropical filmó en 1979 Bolívar, sinfonía tropikal, celebrado por Alain Bergala en los Cahiers du Cinéma, apoyándose en los lienzos de Juan Lovera, Tito Salas, Arturo Michelena y Pedro Centeno Vallenilla. A propósito del hombre, filmó en 1984 Orinoko, nuevo mundo y en 1988 Amérika, terra incógnita (filmada en 16 milímetros, pero a la usanza del súper 8), célebre trilogía que tuve la oportunidad de ver en París en la década de los noventa. De la primera dice Pablo Gamba: “La alegoría risqueana de la conquista por las armas, por la fe y por la ciencia comienza como un falso documental antropológico en el que un chamán yanomami alucina la historia luego de inhalar yopo”. En esta terna de lienzos fílmicos, Rísquez crea atmósferas con su cámara súper 8 impregnada de pigmentos con los que pinta guacamayas, pliegues, realismo mágico, el verde exuberante de nuestra naturaleza y el azul del Karibe con tempo. A finales de los ochenta, el cine súper 8 de la imagen fotoquímica fue desplazado por la imagen electrónica del video. Diego Rísquez no se amilanó por esto y siguió filmando. Los personajes de sus filmes son disímiles.

Reinventa Castillete para pintar su Reverón. Con la vida de Felipe Pirela en El malquerido, Rísquez propone El entierro de los valores como si se tratase de El misterioso secuestro de las gafas negras.

En Francisco de Miranda, que para Rísquez era su fantasma, logra que antagónicos políticos del presente firmen el Acta de la Independencia de 1811 en un llamado al diálogo y a la tolerancia. En Manuela Sáenz: La Libertadora del Libertador, Rísquez asume su rol de artista del caballete y, emulando a Goya, viste y desviste a la maja generala. El 14 de diciembre de 2017, Diego Rísquez fue homenajeado, entre otros artistas y creadores, con el título de Maestro Honorario de la Universidad Nacional Experimental de las Artes. En un gesto de reciprocidad, y ante el aplauso del público presente, Diego esparció besos. El 13 de enero de 2018, este cineasta pintor cambió de paisaje para celebrar el Día del Artista Nacional con tanta gente valiosa que honró la patria de Bolívar con arte. ¡Bravo, maestro Rísquez, por pintar con la cámara y filmar con el pincel!


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