Letra Roja: El rollo que no cesa

Blas Perozo Naveda

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Aquí estoy sentado en el Rincón de los Músicos, en un café de la Venezuela de la anteguerra, esperando ver desaparecer todo lo que durante muchos años ha constituido el sentido de la vida, gentes y conversas que creí despectivamente y hasta risueñamente que nada significaban, más allá de la alienación por la sobrevivencia o la violencia. Triste paradoja al percatarme desde mi claraboya de escritor, que ahora, y de aquí en adelante –si y sólo si–, el mundo y la patria estaban liquidados, según las palabras de un eminente y muy bien enfluxado personaje, que hizo su entrada triunfal bajo los acordes del clarinete, la sapiencia y la titulocracia, toda evidenciada no sólo en los guindalejos sino, como es natural, en sus palabras, pues.

Dijo el Chivuito que ahora sí se jodió el gobiernito este, porque la escasez de los cobres en los cajeros y las colas de nosotros los terceras edades se deben a una sola cosa, y esta es la verdad por Dios y mi madre, santiguóse con expresión privada de mi abuela María Naveda Rodríguez.

Porque la tal Asamblea Nacional Constituyente, dijo, eliminó los puntos y es por eso que aquí ya no hay ni habrá salvación. Audio y otros calvos orejones que estábamos pacientemente sentaditos en nuestras silletas de jubilados y pensionados del Seguro Social, agradecidos los más a Chávez, esperando que el BOD, Banesco, el Mercantil, o el Banco de Venezuela se apiaden de nosotros y nos suban manque sea alguito, pusimos el grito en el cielo.

Porque, por más que fallones en nuestra formación de escuelita y liceo y hasta universidad, algunos, sabemos muy bien que cuando desaparecen los puntos, lo que viene es verga.

Porque imaginaos, amadísimos hermanos y hasta germanos, que después de desaparecer los puntos viene la desaparición de las comas, de los puntos y coma, de los puntos y seguido, de los puntos y aparte, de los corchetes y los paréntesis, de los acentos, de las minúsculas y las mayúsculas, de las esdrújulas y las sobreesdrújulas, de las agudas, de todas las normas que desde la maestra Ovidia en la escuela de San Pedro, allá en el centro de la Península, hasta Tito Balza Santaella, pasando por mi maestro Miguel Ordóñez en el grupo escolar Carlos Delgado Chalbaud, y Esther María Osses, de Aranda Klee en el liceo Jesús Enrique Lossada, y hasta mi maestra Lina Araujo Ortega, en el grupo escolar Rafael Urdaneta, no quedará más remedio que olvidarme para siempre de mi maestra de pre-primaria Carmen Adolia Romero en el Nicolás Curiel Cutiño, del Campo Shell donde papá era obrero.

Y eso sí que no, Señor sabiondo. La asamblea vino aquí más bien a poner los puntos sobre las íes.


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