Letra Roja: El rollo que no cesa

Blas Perozo Naveda

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Soñé que después de la guerra del puputov y el submarino amarillo, en los alrededores de la plaza Francia y otros territorios humillados y secuestrados, unos Almagros salidos de las páginas del libro La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, traían en collera a los jefes eskuas, a púa y rolo, para presentarlos ante unos magistrados verdaderos, con sus golillas a lo Cervantes Saavedra, pulcras. En el sueño, aquellos magistrados eran tan verdaderos de verdad verdad, que lucían sus pelucas empolvadas, que parecían más bien unos jueces ingleses de los que he visto en las películas. Además, como dije e insisto, de las almidonadas golillas cervantinas. Esto último, sin duda, es debido al horror y terror inveterado que le tengo a estos jefecillos amenazantes, que aupaban y mandaban a la mismísima muerte a unos seres humanos enloquecidos, brutales y con los instintos homicidas activados al máximo, cortando árboles y matando y quemando seres humanos sin piedad. Muchos eran muchachos menores de edad, acompañados de su mismísima madre; uno de 17 años, que murió al explotarle el mortero que irresponsablemente manipulaba. Otros eran niños simplemente, carne de cañón, malaya sea. ¡Ay, los pobres de la tierra! Y de ahí, en mi sueño-pesadilla, viene mi horror y terror a estos fantasmas, pues nunca, nunca, nunquita imaginé la existencia de tanta maldad. Y muchos desean en consecuencia que sean juzgados por unos jueces impolutos, serios. Que apliquen la ley para que la inducción al odio, la manipulación, el aprovechamiento del hambre, la horfandad, la miseria, no pueda ser utilizada con fines políticos, criminales. Que el crimen pague. Que la elisión de la responsabilidad sea penada. También vi en el sueño que venía un tal Borges, con las cejas recortadas, un chivuito llamado Guevara y un vejucón fanfarrón que dice tener doble escape: el tal Almagro, que los traía, como dije, en collera; es decir amarrados por el cogote con unos cueros. Sádicamente los exponía a la lluvia peripatética. Esto hacia que el cuero se estirara, pero al exponerse al sol, apretaban los cueros el cogote de aquellos desalmados, ahora unos verdaderos desgraciados, que tosían y se asfixiaban. Ahí me desperté. Abrí el libro de Sender en la página 15 y leí: “cuando llegué a estas tierras del Perú, vi que las tropas estaban separadas en bandos, unos con Pizarro y otros con Almagro. Eso contaba Lope de Aguirre”. Tuve un sueño. Ahora despierta de un largo sueño.


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