Lewis Carroll

Hoy se cumplen 120 años de la muerte del escritor Lewis Carroll, con quien habitamos un país de maravillas junto a Alicia. Oculto...

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Las risas festivas de sus siete hermanas se le aparecían por todos lados, recordándole el voyeur que fue cuando las espiaba por el ojo de la cerradura lleno de curiosidad infantil. Ellas eran imágenes de su interioridad, por eso quiso disfrutar a todas las niñas del mundo. Le atraían las de mirada seductora y coqueta, cuyos cuerpos se figuraban desnudos como pasionarias florecidas.

Gustaba fotografiarlas en ademanes sugestivos, con sus insinuantes hombros desnudos, en posturas sedentes o abandonadas sobre un holgado kliné. Detrás de la lente veía despuntar a la niña mujer que, eternamente lastimada, desea liberarse de aquellos que la obligan a ocultar su inocente cuerpo infantil.

Solía pasear tomado de aquellas manos ingenuas, por eso su afición a perfumar sus largos dedos con agua de rosas. Cuando se retrata entre las niñas se hace el centro de esos cuerpecitos menudos, y logra mucho placer acariciándolas con sus manos de color nevado, como pastel de cumpleaños; fiesta que a veces celebra sin motivo, el no cumpleaños —diría él— sólo para divertirse junto a ellas y poder besar, besar y besar esas mejillas acarameladas. Siempre esperaba el sí de las niñas.
Al verlas jugar a la ronda, alborozadas, sabe que ama esos cuerpos tibios y oye con nostalgia el canto de sus juegos, antaño prohibidos para él:

Here we go round the mulberry bush, the mulberry bush,
the mulberry bush. Here we go round the mulberry bush,
[so
early

in the morning.
This is the way we wash our clothes, the
[mulberry bush, the
mulberry bush,
Here we go round… mulberry, so early in the morning.
This is the way we iron our clothes, the mulberry [bush, the mulberry bush.

Here we go round… mulberry, so early in the [morning…

Vamos rodeando la mata de mora, la mata de mora, la mata de mora, vamos rodeando la mata de mora, temprano en la mañana.

Así lavamos nuestra ropa, la mata de mora, la mata [demora, vamos rodeando la mata de mora, temprano en la mañana.

Así planchamos nuestra ropa, la mata de mora, la [mata de mora, vamos rodeando la mata de mora,
[temprano en la mañana…

Permanecía horas enteras fantaseando sobre su caballitode madera, o abstraído en su riguroso laboratorio matemático, entre sinusoides, hipérbolas, parábolas, laberintos de browniano movimiento o teorías del nonsense: el imaginario cálculo del absurdo, las cosas sin sentido, la brillante lógica del «caos» infantil, los mundos imposibles. Era un matemático, pensador de realidades virtuales. Vivir rodeado de niñas al igual que el poeta griego Alcmán, era su pasión, y como él, gustaba cantarles.

Entre experimentos y con la positividad euclidiana de la que era capaz, supo que matemáticamente no podía detener el crecimiento de las niñas —al igual que sabía con toda certeza que la poesía, la música y las matemáticas se fundan en la imaginación—, por eso dibujaba y fotografiaba a sus amiguitas incansablemente, intentando fijarlas para siempre.

Cuando empezó a meditar con rigurosa lógica el mundo de los niños, supo que se traicionaba, sintió la muerte y se dio a crear un arma contra ella… Llegó a la conclusión de que aun cuando existiera una historia de las armas que el hombre ha opuesto a la muerte, la única arma conocida para enfrentarla es la libre fantasía. Con el escalpelo de su imaginación hizo en su País de maravillas una autopsia verbal al lenguaje «pulcro» de su tiempo y lo iluminó de equívocos, como hacen los niños. Cuestionó la hipócrita pacatería de la Inglaterra victoriana que engendraba con toda su opulencia, hombres-niños-neuróticos que gritaban —en el encierro de sus habitaciones o desde las grutas de las horrendas minas de carbón— sus deseos y sentimientos más auténticos; esa sociedad hacedora de los Jekill & Hyde; de Jack El Destripador y de los asesinos en serie. En sus libros, absurdos como un juego de «ajedrez onírico», fustigaba la racionalidad y las costumbres de un entorno moralmente falso; por eso sus personajes dicen lo que quieren, cuentan los secretos de la luna porque están alunados, son fantásticamente inocuos y nadie los toma en cuenta; y si se ven en peligro desaparecen o se esfuman como el sonriente Gato de Cheshire que se burla de la vida, de la locura del buen sentido, del autoritarismo lógico y de los predeterminados caminos humanos.

Cierto día, intentando atrapar la imagen —¿su imagen?— de la petite Alice Liddell, su pasión victoriana, desvió el camino y se adentró en interminables tules, rizos, pies descalzos o calzados con botines de sugestivo charol; miradas melosas sobre barquillas de chocolate, rasos encajes, sedas, muñecas de pálido color y dientes pequeñitos; diminutas medias de algodón, peinetas y cintillos floridos, guantecitos, caperuzas y pantaleticas de suaves tonos: todo para armar su propio teatro de marionetas.

Como Alicia bajaba, bajaba, siempre hacia abajo… como buscándose en sus profundidades.

¡Alicia soy yo!, exclamaría un día frente al espejo transmutante. Por eso ideó un País de maravillas y allí se fue a vivir con ella cuando el conejo de su alquimia le dijera: «Desciende a tus abismos y observa que tu amor a las niñas se refleja diferente… ahora asciende, asciende y no mires detrás de ti»…

CARLOS SOSA


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