«Lo político» y «la política» según Chantal Mouffe

[Chantal Mouffe, filósofa post-estructuralista y politóloga belga, desafía, con su tesis de la política agonista, el mito liberal del racionalismo universal. Apuesta sí,...

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[Chantal Mouffe, filósofa post-estructuralista y politóloga belga, desafía, con su tesis de la política agonista, el mito liberal del racionalismo universal. Apuesta sí, por un modelo democrático pluralista, en el que los conflictos no aspiren a ser resueltos por falsos consensos sino a través del reconocimiento del otro, ya no como enemigo, sino como adversario. De acuerdo con Mouffe el antagonismo revela la existencia de conflictos que son inerradicables y constitutivos del ejercicio político. De allí su propuesta de avanzar a una política pluralista o de lo múltiple, que es la afirmación de las contradicciones. Hoy, cuando apostamos en Venezuela por la consolidación de la revolución bolivariana a través de renovadas prácticas, proponemos la lectura de algunas ideas de la pensadora contemporánea. ]

«Lo político» se refiere a esa dimensión del antagonismo que puede adoptar diversas formas y puede surgir en diversas relaciones sociales. Es una dimensión que nunca podrá ser erradicada. Por otro lado, «la política» se refiere al conjunto de prácticas, discursos e instituciones que busca establecer un determinado orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que siempre son potencialmente conflictivas, ya que están afectadas por la dimensión de «lo político».

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Las cuestiones políticas propiamente dichas siempre involucran decisiones que requieren hacer una elección entre alternativas opuestas. Esto es algo que la tendencia dominante en el pensamiento liberal, que se caracteriza por un enfoque racionalista e individualista, no puede comprender. Es por esto que el liberalismo es incapaz de concebir de manera adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, con los conflictos que el pluralismo acarrea. Estos son conflictos para los cuales no podría existir nunca una solución racional, de ahí la dimensión de antagonismo que caracteriza a las sociedades humanas.

La interpretación típica del pluralismo es la siguiente: vivimos en un mundo en el cual efectivamente existen diversos valores y perspectivas, pero —debido a limitaciones empíricas— nunca vamos a lograr adoptarlos a todos; sin embargo, al unirlos, podrían constituir un conjunto armonioso y no conflictivo. He indicado que este tipo de perspectiva, que es dominante en la teoría política liberal, debe negar lo político en su dimensión antagónica a fin de prosperar. De hecho, uno de los principios centrales de este tipo de liberalismo es la creencia racionalista en la posibilidad de un consenso universal basado en la razón. No resulta sorprendente, por lo tanto, que lo político constituya el punto ciego del liberalismo. Al poner de relieve el momento inevitable de la decisión —en el sentido propio de tener que decidir dentro de un terreno indecidible— lo que revela el antagonismo es el límite mismo de todo consenso racional.

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La negación de «lo político» en su dimensión antagónica es lo que impide a la teoría liberal concebir la política de una manera adecuada. No es posible hacer que desaparezca la dimensión antagónica de lo político simplemente negándola, o deseando que desaparezca.

El pensamiento liberal también es ciego respecto de lo político debido a su individualismo, que le impide comprender la formación de identidades colectivas. Pero lo político está relacionado desde el principio con las formas colectivas de identificación ya que en este campo siempre estamos tratando con la formación de un «nosotros» en oposición a un «ellos».

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[El liberalismo] No puede reconocer que sólo puede haber una identidad cuando es construida como diferencia, y que toda objetividad social se construye mediante actos de poder.

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Cuando admitimos la dimensión de «lo político», comenzamos a darnos cuenta de que uno de los principales desafíos para la política democrática liberal pluralista consiste en tratar de apaciguar el antagonismo potencial que existe en las relaciones humanas. Desde mi punto de vista, la cuestión fundamental no reside en cómo llegar a un consenso logrado sin exclusión, ya que esto exigiría la construcción de un «nosotros» que no tendría su correspondiente «ellos».

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La cuestión central es entonces cómo establecer esta distinción nosotros/ellos, que es constitutiva de la política, de manera tal que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo.

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Una democracia eficaz exige una confrontación de posiciones políticas democráticas. Si esto no ocurre, siempre va a existir el peligro de que esta confrontación democrática sea reemplazada por una confrontación entre valores morales no negociables o formas esencialistas de identificación. Un énfasis excesivo en el consenso, junto con la aversión a las confrontaciones, conduce a la apatía y al desinterés por la participación política.

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Los teóricos liberales conciben el campo de la política como un terreno neutral en el cual diferentes grupos compiten para ocupar las posiciones de poder, siendo su objetivo desalojar a otros a fin de ocupar su lugar, sin cuestionar la hegemonía dominante ni transformar en profundidad las relaciones de poder. Se trata simplemente de una competencia entre élites.

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Considero que sólo cuando reconocemos «lo político» en su dimensión antagónica es posible plantear la cuestión central de la política democrática. Esta cuestión, mal que pese a los teóricos liberales, no es cómo negociar un acuerdo entre intereses enfrentados, ni cómo llegar a un consenso «racional» —es decir, totalmente inclusivo, sin ninguna exclusión—. A pesar de lo que muchos liberales quieren creer, la especificidad de la política democrática no es la superación de la oposición nosotros/ellos, sino la forma diferente en que ésta se establece. La tarea principal de una política democrática no es eliminar las pasiones ni relegarlas a la esfera de lo privado con el fin de establecer un consenso racional en la esfera pública. Por el contrario consiste en «sublimar» dichas pasiones movilizándolas hacia proyectos democráticos mediante la creación de formas colectivas de identificación en torno a objetivos democráticos.

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En una democracia pluralista, los desacuerdos respecto de cómo interpretar los principios ético-políticos compartidos no sólo son legítimos, sino también necesarios. Permiten que existan diferentes formas de identificación ciudadana y constituyen la esencia de la política democrática.


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