Los autocines eran acogedores recintos para el disfrute pleno

Carros que ingresaban con dos pasajeros accidentalmente podían salir con tres

¿Qué será de la vida de los autocines?, aquellos agradables y cómodos sitios de esparcimiento para deleitarse desde la comodidad de su automóvil o desde espacios diseñados con servicio lunch-bar incluido, para ver o no, la creación cinematográfica del momento.

Allí, a veces, muchas veces, entraban dos y salían tres. La cosa se prestaba. Horarios nocturnos. Poca revisión del vehículo. Escaso control para ingreso de bebidas refrescantes y espirituosas. En ocasiones menores de edad coleados en las cajuelas de los automóviles para aventurarse a un rodaje XXX, llamado en ese momento, clase D.

No en pocas ocasiones privaba el desestrés, y de tantas libertades permitidas se pasaba con facilidad al libertinaje. Y todo eso sucedía mientras, desde un montículo con proyector incluido, rodaba una cinta que pretendía impactar la vista y el gusto de sus visitantes según lo indicaba la publicidad del filme proyectado. Si hubiese existido una encuestadora respetable, seguramente el escrutinio revelaría que más de 85% no vio la película. Y el resto no sabe o no contesta. ¡Y cómo iban a contestar!

Los Chaguaramos fue el primero

La historia registra que el primero de estos acogedores recintos en toda Suramérica fue construido en 1949 en la avenida La Colina, en Los Chaguaramos de Caracas, y se llamó Autocine Los Chaguaramos, con capacidad para 250 carros y 600 sillas colocadas en una rampa con perfecta ubicación para el deleite de aquel cine bajo las estrellas.

Fue ideal para los aficionados al séptimo arte, porque resultaban ideales para romper aquellos vetustos esquemas que imponían la gala y la etiqueta de la época de vestir elegantemente para ir al cine. Ahora se podía ver una película, en familia, cómodamente, en pijama si te daba la gana.

Podías llevar tus chucherías y si querías o tenías, podías gastar algo adicional en la moderna fuente de soda, que al culminar la función mutaba en sala de diversión nocturna.

Uso más práctico… y reproductivo

Con el tiempo y el uso, los asiduos visitantes de los autocines fueron ideando planes, tácticas y estrategias que le comenzaron a dar un uso más mundano y placentero, menos familiar, aunque más amoroso y romántico, a aquellos espacios seguros y cómodos. Las butacas preferidas para disfrutar a plenitud el momento, eran los asientos traseros de los vehículos, calculadamente aparcados en las zonas más oscuras y lejanas de los puntos de vigilancia, cuando la inseguridad era aún asunto desconocido.

Cuentan que cuando aparecía la luz de una linterna entre los carros era motivo de alarma y manos a los bolsillos, tipo chantaje, para que el celador dejase seguir el rodaje de aquella película en vivo directo “into the car” que muchas veces no era apta para menores de edad y que no tenía nada que ver con lo proyectado en la pantalla gigante.

Si los nombres y apellidos estuviesen relacionados con aquel acto de génesis, quizás en muchas cédulas de identidad abundarían nombres de marcas de vehículos y apellidos de autocines.

Había un novedoso sistema de audio que se introducía a los carros según lo permitiese el largo del cable.

Como el negocio, además de garante de la multiplicación de la especie se vislumbró muy lucrativo, los autocines crecieron rápidamente: Cineauto del Este, La California, Andrés Bello; Autocines Maripérez, Los Ruices, La Boyera y Boleíta; Autoteatro Paraíso; Cinemóvil La Paz, El Tamanaco y el que más duró El Cafetal. Hacia el oeste estuvo El Cota 905 y Montalbán 1 y 2. Y fuera de Caracas: Cineauto Maracay, Cineauto Terepaima en Barquisimeto y en El Trigal de Valencia.

Los terrenos donde funcionaban esos “tiródromos” dignos de Guinness, eran todos alquilados, y su renta se hizo insostenible, lo que decretó su extinción.

LUIS MARTÍN/CIUDAD CCS

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