Los cien años de Violeta Parra

Lorena Almarza

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En palabras de Víctor Jara: “(…) es como una estrella que jamás se apaga. Violeta marcó el camino”

“Yo soy una mujer de pueblo (…) No veo diferencia alguna entre el artista y el pueblo”.

Ella marcó el camino
Aunque escribió en su autobiografía que se alegraba de “ser fea, por no tener que vivir el acoso que viven las bellas”, la Viola, como le decían en casa, contó con una belleza profunda que enraizó con la cultura popular y la vida cotidiana de Chile y que floreció de su ser como canción, poesía, pintura, escultura, bordado y cerámica. Toda ella fue conciencia, voz, cuerpo y manos de la cultura y música popular de su país. Sin duda, esta mujer del Sur fue instrumento poderoso, caja de resonancia y portavoz de una sonoridad genuina.

Violeta fue de esas mujeres que amaron demasiado y se entregó con pasión desenfrenada. Quizás por eso de su pecho germinó el canto poético a la vida y al amor. Pero también el canto contra la injusticia y la pobreza pues su canción fue la voz de un pueblo oprimido por la derecha política chilena, siempre a favor de los intereses industriales nacionales y transnacionales.

Esta virtuosa de la guitarra, el charango, la percusión, el cuatro venezolano, la quena y el arpa logró amplio reconocimiento internacional, sin embargo volvió a su semilla para emprender la tarea de continuar sistematizando la música de su tierra y formar a las nuevas generaciones.

Arturo San Martín, del grupo Chagual, quien tuvo la oportunidad de formarse en la Carpa de la Reina contó: “Violeta nos hacía repetir hasta treinta veces una estrofa (…) Uno sentía que no perdonaba los errores pero en el fondo lo hacía por ayudarnos. Una vez pasada esta etapa de aprendizaje espartano, cambió totalmente. Ahora tienen que volar solitos, nos decía. Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo que odia las matemáticas y ama los remolinos”.

Víctor Jara, quien la conoció expresó: “(…) es como una estrella que jamás se apagará. Violeta (…) marcó el camino”.

Vida y canto
El 4 de octubre de 1917 brotó de las tierras de San Fabián de Alico, en San Carlos, Chile. Desde los 9 años de edad y de modo autodidacta empezó a tocar la guitarra a escondidas de su padre y ya a los 12 compuso sus primeras canciones. En su autobiografía contó momentos maravillosos de su infancia trabajando en el campo pero también relató las penurias de la pobreza, de las diferencias de clases en su comunidad y las injusticias sociales que sufren los más desposeídos pues desde pequeña vivió y trabajó en faenas propias del campo y otras más para ayudar en el sustento de la casa. Su hermano Roberto relató: “cuando niños íbamos al cementerio con la Viola y la Hilda, a vender agüita para las flores y escaleritas para subir a los nichos”. Sin embargo, la música siempre tuvo mayor presencia pues Viola e Hilda, junto a sus hermanos, recorrían plazas, restaurantes, ferias y vendimias cantando. En ciertas temporadas tomaban el tren para ir de pueblo en pueblo e incluso se pasaron largos períodos en circos. Violeta amaba el circo, allí, bajo la carpa, se presentaba con vestidos hechos con papel volantín y cantaba boleros, tangos, tonadas y cuecas.

Tras la muerte del padre se trasladaron a Santiago y a dúo con su hermana se presentaba en diferentes restaurantes cantando música popular. Adicionalmente realizaban actividades para niños en el Teatro Ópera. En el restaurante el Tordo Azul conoció a Luis Cereceda, militante del Partido Comunista y dirigente sindical ferroviario, que frecuentaba el lugar con quien se casó y de cuya unión nacieron Isabel y Ángel.

Lo hermoso tradicional
Corría el año 1935 cuando decidió iniciar un plan de investigación de la musicalidad chilena lo que implicó un recorrido por el país. Este viaje constituyó un descubrimiento en todo sentido pues un nuevo Chile se abrió para ella. El Chile profundo estaba en la vida y canto de la gente de los pueblos, cantores populares de la costa, la cordillera y de Isla de Pascua. Todo este universo propio y a la vez tan desconocido fue llevado a sus canciones, a saber: Que pena siente el alma, Verso por el fin del mundo, Casamiento de negros y Verso por padecimiento, las cuales, para su sorpresa, se ubicaron en el primer lugar de popularidad. Todo este trabajo de investigación fue publicado en el libro Cantos folclóricos chilenos.

A Radio Chilena le propuso en 1954 realizar el programa “Canta Violeta Parra”, el cual obtuvo excelente crítica y se situó en el primer lugar de sintonía nacional. Al año siguiente, la Asociación de Cronistas de Espectáculos le otorgó el “Premio Caupolicán” por su labor como locutora y difusora del folklore nacional. Para el momento estaba casada con el mueblista y tenor Luis Arce, quien contó que fueron al Teatro Municipal a recibir el premio pero que no tenían un centavo para comprar la entrada. Sin embargo, Violeta logró entrar y recibió el prestigioso premio de manos del bailarín Patricio Bunster. Su hijo, Ángel, contó de ese día: “(…) a las cinco de la mañana llegó a la casa con un pedazo de chancho y unas botellas de vino, y nos despertó a todos”.

Este premio le permitió ser invitada al festival juvenil en Varsovia, en cuyo viaje tuvo la oportunidad de conocer la Unión Soviética y parte de Europa. Incluso, logró grabar en París sus primeros discos de larga duración y dejó para la colección de la Fonoteca Nacional del “Musée de l’Homme” de La Sorbonne, un guitarrón y cintas de sus recopilaciones del folklore chileno.

Artista ilimitada
En 1958 fundó en Concepción el Museo Nacional del Arte Folklórico Chileno, dependiente de la Universidad de Concepción y escribió las “Décimas autobiográficas”. A partir de ese año se dedicó a bordar, pintar, trabajar cerámicas y hacer arpilleras. Sus obras eran sus canciones pero bordadas, pintadas o esculpidas y reflejaban escenas de la vida cotidiana, quehaceres y oficios, leyendas, mitos, cuentos, personajes de la cultura popular, así como hechos históricos de Chile, batallas, denuncias, represión, injusticias, temas religiosos, fiestas tradicionales, entre otros. De igual modo, en sus trabajos visuales, utilizó engrudo, papel periódico, pintura sobre madera, garbanzos, lentejas y arvejas.

Su obra visual ganó la atención y empezó a exponer en diversas galerías de arte de París y Ginebra, incluso en 1964 su trabajo estuvo en el Pavillon de Marsan del Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre. Luego se instaló en París y grabó Recordando a Chile, también conocido como Una chilena en París, así como Paloma ausente y Arriba quemando el sol, entre otros. Durante esta fase creadora estuvo en Ginebra y vivió con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre.

La carpa de la Reina
Violeta había cantado para la municipalidad y le debían plata, así que a modo de trueque consiguió en La Reina, un sector alejado del centro de Santiago, un terreno muy agreste rodeado de árboles y muchas aves donde instaló un centro cultural denominado “La Carpa de la Reina”.

La propuesta era hacer de este espacio la Universidad del folclor para investigar y preparar a las nuevas generaciones. En este sueño le acompañaron como profesores de cerámica, escultura, pintura y esmalte en metal, Teresa Vicuña y Margot Guerra. A su vez, Margot Loyola, Raquel Barros y Gabriela Pizarro en guitarra, danzas y cueca y Silvia Urbina, Rolando Alarcón e Hilda Parra a cargo de los talleres dirigidos a los niños y niñas. Por las noches, la carpa se llenaba de música y canto.

Se fue a los cielos
Herida de amor no correspondido y otras tristezas, el 5 de febrero de 1967 la querida Viola puso fin a su vida. Cuentan que un día antes almorzó con su hermano Nicanor, a quien le dijo: “Te voy a cantar una canción. Se llama Un domingo en el cielo”.

Su muerte cubrió de luto a los cultores, cultoras, creadores y creadoras y a los más pobres de la tierra. Su amigo, el poeta Pablo Neruda, le escribió en el poema Elegía para Cantar: “(…) ay, señora, qué amor a manos llenas recogías por los caminos: sacabas cantos de las humaredas, fuego de los velorios, participabas en la misma tierra, eras rural como los pajaritos y a veces atacabas con relámpagos”.

En 1997, su obra visual fue expuesta nuevamente en el Museo de Artes Decorativas del Museo del Louvre y en el 2007, a propósito del 90 aniversario de su natalicio, se inauguró una exposición de su obra en el Centro Cultural Palacio La Moneda. Se publicó además el libro Obra visual de Violeta Parra donde se recopiló toda su obra plástica.


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