Los mapas están vivos

La geografía es la hermana gemela de la poesía y de la historia

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Sí, están vivos los mapas. Hay en ellos mareas que cantan, montañas que parecen un esfuerzo de la tierra por alcanzar el cielo, vastos arenales de rizadas dunas donde el sol, libre y duro, ejercita su imperio sobre el ofidio y el león, sobre el abrojo y el silencio. Tocamos, en ellos, el perfil, la piel, el peso, el fragor de la materia genésica. Y aspiramos la fragancia de sus comarcas: aquellos sitios donde el trigo tiene un olor a mate, como el de ropa limpia en el armario de la familia; o los vastos horizontes del café y el cacao donde son más altas las nubes; o los pantanos con su olor a paludismo y caimán; o los yermos en que se erigen las piñas como pequeñas fortalezas del perfume, con híspidos pendones coronando sus torres. Todo mapa representa el esfuerzo de la especie humana por retratar su sitio en el cosmos.

La geografía es la hermana gemela de la poesía y de la historia. Debería enseñarse en las escuelas con el mismo fervor, con la misma unción con que en las aulas griegas se enseñaban los himnos de Píndaro o las hazañas de los héroes. Porque ella, la geografía, es la madre de la leyenda, la generadora de las grandes empresas y los grandes asombros —la expedición del vellocino de oro, el inexplicable frenesí de las hordas conquistadoras, el descubrimiento de América— que han transformado el carácter y la mentalidad del hombre. Por ella son posibles los conceptos de patria, de solar, de raza.

Ella es la hermana nutricia, el símbolo tactable del mundo, la referencia última del nacimiento y la muerte. Porque el hombre, para fracturar un mapa, para testificar la exactitud del planeta, tuvo que empinarse sobre su contorno, ascender la realidad a un poderoso esquema, triunfar de su ingénita capacidad animal de incuria y olvido. Tuvo, en suma, que vencer el terror de mirar a la tierra respirando.

Paso mi mano por la piel de Europa, acaricio su rosada epidermis, sus turgencias, y toco viva piedra de muros, catedrales, castillos que recuerdan azores altaneros aferrando su geológica presa; ciudades meditando; ríos que avanzan lentamente, como manchas de yodo en una carta, por tapetes de avena, por viñedos en los cuales cada uva es una glándula de dulzura. Aprieto más y siento los huesos, el calcáreo subfondo, el fragor de un hemisferio donde el guerrero y el santo, el burgués y el monarca tuvieron el mismo sueño, el mismo furor, idénticas virtudes. Acerco más mi oído y oigo el susurro de sus idiomas: el francés, equilibrado y galante, gracioso y exacto como la luz en el centro de una joya; el español, bronco y viril y, sin embargo, ebrio de ternura como un soldado cuando mira el rocío; el inglés, flexible y justo como una tizona; el italiano, cuya íntima música la modulan los ángeles; el alemán, hecho para exaltar los placeres inmediatos y ciertos —las viandas chorreantes de salsa, el rubio vino o la cerveza en toscas vasijas, las danzas aldeanas— o para escalar las cúspides cogitativas más enrarecidas e inexpugnables.

Sigo inclinado sobre el mapa, y es ahora una llanura tan vasta la que se ofrece a mis ojos que dos mil jinetes al galope parecen allí, apenas, la sombra de un insecto. O este fragor de grandes cataratas entre la putrefacción, el bochorno y la ignorada fastuosidad de una selva donde cada hoja, cada flor, cada liana enlucida por encajes parasitarios, ha necesitado en algún instante de la fantasía, enloquecer a un artista para hacerse posible.  Es esta selva hay cadáveres de ciudades marmóreas. En aquella escalinata, que arde ahora, rota y amarilla, bajo los diamantes que produce el guiño solar entre las hojas, un emperador del café o del banano o de la simple ilusión de poder estuvo un día, con una sensación de orgullo y eternidad, contemplando sus dominios que superaban la extensión del gran río. Y ahora, en las alcobas que colmaron el lujo y las voces de triunfo, el arácnido y el ofidio han encontrado su refugio. Por el rostro de aquella réplica de un vestal de Fidias, que hunde sus muslos en el agua de una charca, desciende el escamoso sopor de la anaconda y el gran lecho nupcial, que fuera torre del placer y la seda, es ahora el escenario de dos camaleones en celo. Sigo mirando, sigo palpando, ya no la realidad ya ni siquiera el sueño. Sigo tocando un mapa.

De Señales y garabatos del habitante (1976)

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