Louise Michel

Gustavo Pereira

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Gustavo Pereira

A la cabeza de un pelotón de enfebrecidas mujeres, fusil en mano tras las barricadas del cementerio de Montmartre, Louise Michel se dispone a morir. ¿Qué mueve sus dedos en el gatillo, qué las rabias o el amor de su garganta? Este nombre: la Comuna.

Había nacido el 29 de mayo de 1830 en una pequeña aldea de Champagne. A temprana edad ha oído los tambores que baten a justicia, y se ha entregado a la poesía. Estimulada por Víctor Hugo, que ve en ella afortunada revelación, se traslada a París. Allí se convierte en militante del movimiento revolucionario. Los pobres, los parias, son su sal: la llaman «La Virgen Roja». Su destino, como el de otros, será el largo camino de las cárceles, los campos de concentración, el exilio, la muerte. Pero también el de la resurrección.

En 1871 un joven es ejecutado en la prisión de Satory, muy cerca de la celda donde Louise Michel yace recluida. Se llama Théophile Ferré y por mucho tiempo ellos se han amado. Louise le escribe estos versos:

En los últimos tiempos del imperio,
Cuando el pueblo despertaba,
Clavel rojo fue tu sonrisa
Quien nos dijo que todo renacía.
Hoy ve a florecer en la sombra
De negras y tristes prisiones.
Ve a florecer con el cautivo oscuro
Y dile que le queremos.
Dile que con la rapidez del tiempo
Todo pertenece al futuro
Que el vencedor de frente lívida
Más que el vencido puede morir.

Poco tiempo después ella es también sometida a consejo de guerra. Va de negro, con largo velo de viuda: «No quiero defenderme —declara—… pertenezco por entero a la revolución social y acepto la responsabilidad de todos mis actos. Puesto que al parecer todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡yo reclamo mi parte!… ¡Si no sois unos cobardes, matadme!»

No la matan. La deportan a Haute Marne y luego a Nueva Caledonia, en donde permanecerá cautiva largos años. No cesa de escribir. Sólo en 1880, con la amnistía general, regresa a Francia:
¿Tu día, oh libertad, no ha de llegar jamás?

El 10 de enero de 1905 Louise Michel muere en Marsella, mientras organizaba ligas obreras y dictaba conferencias. Alguien que la ama, entre tantos que la aman, deja caer, junto a sus lágrimas, una flor roja sobre su tumba. Símbolo de su vida, los pétalos se desparraman sobre la última palada de tierra:

De aquellos claveles que, para reconocernos,
Llevábamos cada uno, renaced, flores rojas.
Otros os esparcirán en tiempos que han de llegar.
Y ellos serán los vencedores.


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