Mario Benedetti, poesía para la vida y la lucha

El uruguayo sufrió la persecución de las grandes dictaduras del Cono Sur

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“(…) incansable y sempiterno caballero de la batalla y andante quijote
como el comandante Ernesto Guevara de la Serna (…)
Mario Benedetti es uno de esos Seres Humanos indispensables,
que debemos seguir su ejemplo, luchando toda la vida”.
Hugo Chávez

POR LAS UTOPÍAS POSIBLES

La poeta Idea Vilariño contó que muchos le decían a Benedetti que no escribiera poemas. Le recomendaban seguir con las novelas, cuentos y el periodismo, pero no con la poesía porque, según ellos, no era bueno. Sin embargo, Benedetti, con ancha sonrisa, debajo de aquellos bigototes solía decir: “Soy un poeta que escribe cuentos y novelas”. Y no hubo un día en que no escribiera un poema, pues confesó que “lo agarraban desprevenido y sin que los convocara”. De modo que para atajarlos, solía tener una libreta a la mano para ir anotando “hasta que los borradores no aguantaran el peso de tantas tachaduras y remiendos”, y entonces tecleaba la primera versión. Amaba escribir, pues sentía que lo rejuvenecía, y si eran poemas o historias de amor, mejor, pues “volvía a sentir aquellos sentimientos”. Fue tal su devoción por la escritura, que quizás, a modo de chanza o de verdad absoluta, escribió: “Cuando me entierren, por favor no se olviden de mi bolígrafo”.

Este hombre disciplinado, meticuloso y reservado, según aquellos que lo conocieron, escribió más de 90 libros, los cuales fueron traducidos en 30 idiomas. Su novela La tregua, fue llevada al cine y resultó finalista para un Oscar a mejor película extranjera en 1974. A su vez, fue adaptada para la televisión, el teatro y la radio. El poemario Inventario Uno le sigue en popularidad, con casi ochenta ediciones, Gracias por el fuego, que también fue llevada al cine y, además, fue finalista del premio Seix Barral; y luego La borra del café.

Aunque en el mundo editorial las novelas y los cuentos en general son los más buscados por los lectores, el uruguayo vendió sus libros de poesía como pan caliente. Él tuvo el don, una mezcla de sencillo y profundo, dicen, de adentrarse en el corazón de la gente. Ariel Silva, quien fuera su secretario en los últimos años, refirió: “Mucha gente dice que Mario decía las cosas como nosotros hubiéramos querido decirlas y no podíamos”. De hecho, muchos de sus poemas fueron parte de la batería de ciertas generaciones para conquistar el amor. Cuántos no se derritieron cuando al oído le recitaban aquello de “Mi táctica es mirarte, aprender como sos quererte como sos”, o “Tengo miedo de verte, necesidad de verte, esperanza de verte”. Se conmovieron ante “te quiero porque tus manos trabajan por la justicia (…) te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía (…) porque sos pueblo te quiero”. O bien, enarbolaron banderas de dignidad y esperanza de un mundo mejor mientras coreaban: el Sur también existe, pues su poesía también se hizo canción.

Solía decir el poeta, que entre sus palabras preferidas estaba amor, porque era su sentimiento preferido. También utopía, porque era una energía impulsora para la vida. Benedetti fue un hombre comprometido con la justicia social y la igualdad, y desde las letras y el activismo político promovió también la lucha contra el imperialismo norteamericano.

A lo largo de su vida, recibió importantes reconocimientos, entre los cuales destacan el Premio Cristo Botev de Bulgaria, la Llama de Oro de Amnistía Internacional, el VIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Premio Iberoamericano José Martí, y la Condecoración Francisco de Miranda, entregada en emotiva ceremonia por el Comandante Chávez, “no solo por escritor, por poeta, por creer en las utopías posibles, sino, además, por su destacada lucha social”.

SU LARGO NOMBRE

Solía decir que por esas “costumbres italianas de meter muchos nombres”, al nacer lo llamaron Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farrugia. Sin embargo, tras diversas gestiones jurídicas logró aligerarlo, y entonces se llamó Mario Benedetti. El poeta nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, cerca de Montevideo. Sobre su familia contó: “Yo vengo de una familia con muchos problemas económicos (…) mi infancia, e incluso parte de mi adolescencia, fueron muy duras, con muchas privaciones. Vivíamos en un ranchito con techo de chapas de zinc; mi madre tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y todas esas cosas que le regalaron para el casamiento”. Trabajó desde jovencito y cuando su padre se empleó en una oficina pública, todo mejoró: “No podía ir a la escuela y aprendí a leer solo. Cuando pude ir, a los 9 años, mi padre me llevó a un colegio alemán. Le fascinaba su rigor científico, pero me vio saludar con el brazo en alto y me sacó rápido”.

EL SUEÑO DE SER ESCRITOR

Su hermano Raúl contó que desde niño fue brillante y que le encantaba leer, por entonces las historietas de Tarzán, las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y también Alejandro Dumas. De hecho, a los once años hizo su primera novela a la que llamó El trono y la vida, de capa y espada, inspirado en Dumas. Despertó luego el espíritu periodístico y empezó a escribir las cosas que pasaban en el barrio, “Con papel carbónico hacía un librillo con noticias del barrio y yo, que tenía 6 años, salía a venderlo (…)”, señaló el hermano. Escribía el alemán perfecto y aprendió francés por iniciativa propia para leer En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Luego fue un gran lector de Anton Chejov, Henry James, Franz Kafka y también de Horacio Quiroga, Juan José Morosoli, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano e Idea Vilariño, entre otros.

Trabajó como taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor y oficinista. Todas las noches, al llegar del trabajo, se sentaba a escribir para acercarse a su sueño. Para editar su primer poemario solicitó un préstamo, pero solo vendió unos pocos ejemplares y la mayoría los regaló. Lo mismo pasó con su segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima obras, hasta que escribió Poemas de la oficina, y de un tirón vendió 500 ejemplares. Incluso sus obras anteriores, empolvadas en los estantes de algunas librerías, empezaron a ser compradas. En una entrevista que le hicieran refirió que la virtud de dicha obra “(…) es haber intentado llevar ese lenguaje, esas preocupaciones, esa problemática cotidiana, a la poesía”. Tras el éxito, siguió en su trabajo oficinesco, y durante su hora del almuerzo, escribió La Tregua.

LA POLÍTICA Y LAS LETRAS

En 1943, dirigió la revista literaria Marginalia y dos años después se incorporó al equipo de redacción del semanario Marcha, donde fue su director literario y permaneció hasta 1974, cuando fue clausurado por el gobierno de Juan María Bordaberry. A partir de 1950 fue miembro del consejo de redacción de la revista literaria Número.

Benedetti fue un crítico implacable de la falsa democracia uruguaya, y gran defensor de la Revolución Cubana. Fue integrante de la dirección de Casa de las Américas y dirigente del Frente Amplio, donde estuvo a cargo de la dirección del movimiento 26 de Marzo, el brazo político de los Tupamaros. Tuvo una estrecha relación con Raúl Sendic, el máximo jefe tupamaro, quien vivió clandestinamente una larga temporada en su apartamento. Sin embargo, tras la derrota de la guerrilla por el ejército y la instauración de una dictadura militar en Uruguay en 1973, Benedetti debió partir al exilio.

Estuvo en Argentina entre 1973 y 1975, huyó a Perú, pero lo deportaron por su actividad periodística. Regresó a Argentina, pero poco duró por la dictadura militar en ese país. Se fue a Cuba y en 1980 a España. Durante los regímenes dictatoriales en Uruguay, Argentina y Chile, sus libros estuvieron prohibidos. En 1985 regresó al Uruguay y retomó su actividad política y literaria. El 17 de mayo de 2009 murió a los ochenta y ocho años de edad.

BREVES ANÉCDOTAS EN TIEMPOS DE DICTADURA

“(…) me fui a firmar libros y llegó un matrimonio veterano con cinco o seis libros míos muy maltratados y yo les dije: ¡Cómo están estos libros…! Ellos me contestaron: “Sí, señor, es que estuvieron ocho años enterrados en el jardín de casa (…) Otra señora llegó con un libro lleno de anotaciones en los márgenes y le dije: “Parece que este libro ha sido leído”, y ella me contestó: sí, es de mi hija, que está desaparecida”.

LORENA ALMARZA


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