Mario Briceño Iragorry y los pitiyanquis

El trujillano fue uno de los ensayistas más destacados en el siglo XX de Venezuela, además ejerció labores diplomáticas y políticas

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“Nuestro pueblo tiene ansia
de sentirse y realizarse
en venezolano.
Rechaza nuestro pueblo todo ordenamiento enderezado a aminorar la fuerza de su
soberanía y a disminuir el tono de su independencia.
Si en realidad las clases altas están comprometidas en una política entreguista,
la mayoría del pueblo piensa y siente de distinto modo”.

SEMBRAR CULTURA

Don Mario, como solían llamarlo, fue un acérrimo defensor de lo nacional y amoroso de la Patria, razón por la cual, a través de sus ensayos, promovió la identidad, la república, las costumbres y tradiciones como elementos para fortalecer a la nación. Sobre su trabajo refirió: “(…) he dedicado por entero mi trabajo de escritor a la defensa de la idea nacionalista. Mi obra, ya larga de historiador, está también consagrada al estudio del suelo histórico donde arraiga el árbol poderoso de la Patria”.

Para el intelectual, “nuestro problema principal en el orden de la cultura, era lograr la formación de conceptos humanos en las venideras generaciones del país”, razón por la cual instó de manera permanente a transformar el sistema educativo, pues consideró que “la escuela es el centro para formar una conciencia ética ciudadana”. Al respecto, agregó que ese nuevo espacio educativo debía llevar el conocimiento histórico, así como los valores de la democracia y de los Derechos Humanos, “no de modo romántico o positivista, sino empresa conjunta, vivenciada y compartida como un proceso totalizador, continuo e integral”. Polémico e incisivo, planteó a su vez, ante la propuesta de Uslar Pietri, de sembrar el petróleo, que era necesario “sembrar cultura”, ya que esta constituye un elemento determinante en la conformación de la conciencia nacional.

Aunque fue señalado de propiciar la llamada “leyenda dorada” de la Colonia, lo negó, pero aclaró que la venezolanidad, “elemento creador de nuestra identidad de pueblo, estaba hondamente enraizada, y en forma indisoluble, a la historia y la identidad de la América hispana”.

Importante destacar que fue Briceño Iragorry quien introdujo, frente a la conducta complaciente en distintos ámbitos ante el imperialismo norteamericano, el término “pitiyanqui”. Según aclaró, dicho calificativo, no significa “(…) bandera ni de guerra ni de odio contra el yanqui. Apenas determina una actitud de defensa de lo nuestro”, en tanto, “Nosotros, como Nación, debemos cuidar por la conservación de nuestros valores sustantivos”. Planteamiento por cierto, de gran vigencia.

EN TIERRA TRUJILLANA

Nació el 15 de septiembre de 1897 en Trujillo, tierra que amó, pues “Para saber quién soy y para saber lo que es la gran Patria venezolana, tuve que empezar por buscarme a mí y por buscar mis raíces venezolanas en el suelo y en la historia de Trujillo”. En su opinión, para valorar lo nacional era indispensable cultivar los vínculos que nos unen con nuestra tierra nativa.

Fue el mayor de cinco hermanos, y aunque creció en una “justiniana pobreza”, mantuvo los más hermosos recuerdos de su infancia y de su madre, quien “lo hizo amar la vida y me enseñó a buscar como finalidad de las acciones humanas algo más que la satisfacción de un lucro material”. Se formó en la escuela de su pueblo, en la cual: “Los niños de zapatos se sentaban junto con los de alpargatas y junto con los de “pata en el suelo”. A la par de los hijos de los señores ricos de la ciudad, tomaban puesto algunos muchachos que venían de los campos vecinos, con la camisa de liencillo marcada con las manchas de plátano que distinguen a nuestros peones rurales”.

Desde muy joven fue lector voraz de Víctor Hugo, Shopenhauer, Voltaire, Diderot, Queiroz y Vargas Vila. Estudió Derecho en la Universidad de Los Andes y unos años después obtuvo el Doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela. Fue Director de la Escuela de Ciencias Políticas de Trujillo, formó parte del equipo de la Dirección de Política Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores, junto a Lisandro Alvarado y el poeta José Antonio Ramos Sucre. A su vez, fue co-fundador de la Facultad de Filosofía y Letras de la UCV, junto a Mariano Picón Salas.

FORJADOR DE VENEZOLANIDAD

Por su incansable defensa de los valores nacionales fue reconocido como el Maestro de Juventudes. Entre muchas distinciones recibió el Premio Municipal de Literatura y el Premio Nacional de Literatura, en 1946 y 1948 respectivamente. Mensaje sin Destino, Tapices de Historia Patria, Aviso a los Navegantes, Dimensión y Urgencia de la Idea Nacionalista y Formación de la Nacionalidad Venezolana, son algunas de sus obras.

El 6 de junio de 1958, a pocos meses de haber regresado del exilio, debido a la dictadura de Pérez Jiménez, murió el maestro, forjador del ideario venezolanista.

LÉXICO PARA ANTINACIONALISTAS
(FRAGMENTOS)

“¿Y eso de pitiyanqui, qué significa, don Mario?”, me preguntaba en días pasados un modesto hijo del pueblo (…) La palabra pitiyanqui no la he inventado yo. La palabra es puertorriqueña. La acuñó el alto poeta Luis Llorens Torres. Su origen semántico quizá tenga algo que hacer con la florida imaginación del poeta. La voz piti, como alteración del francés petit, entra en la palabra pitiminí, recogida por la Academia, y con la cual se designa el rosal de ramas trepadoras que echa rosas menudas y rizadas. Llorens Torres, más que en las rosas, debió pensar en la actitud trepadora de los compatriotas que se rindieron al nuevo colonialismo.

(…)

Cuando yo he usado la palabra como determinativo de quienes irreflexiblemente puedan servir al imperialismo sin mirar los perjuicios que su conducta ligera acarrea al país, lo he hecho en orden a advertir el riesgo de que nuestra Nación se pueda convertir en pueblo de resignados yanquicitos. Es peligroso optar posiciones que a la postre lleguen a crear un hábito social, capaz de desfigurar nuestra integridad de pueblo. Un país como el nuestro, que ha dado en la flor de afirmar en inglés, terminará por rendir su conciencia al reclamo forastero. Choferes de plaza, al igual de doctores pintiparados, han dejado de usar nuestros adverbios antiguos, para responder yes, okey, olray. El papiamento verbal puede tornársenos en papiamiento de conciencia.

Nuestra verticalidad de Nación está, por eso, más reñida con el pitiyanqui que con el yanqui. El hombre venezolano puede y debe trabajar con el extranjero de América y con el extranjero de Europa, de Asia o de África que venga a ayudarle en su tarea de crear riqueza y cultura. El mundo pide la pacífica colaboración de los pueblos. El norteamericano tiene una experiencia técnica que nos es útil y sobreabunda en riquezas que necesitamos para acrecentar el bienestar común. Pero el hecho de su poder extraordinario no justifica nuestro achicamiento. Colaboración no es subordinación ni olvido de la personalidad. Colaboración es igualdad. Claro que es en extremo difícil la sociedad del gato con el ratón. El ratón corresponde al pitiyanqui. Puede, en cambio, haber sociedad de gatos grandes y de gatos pequeños. Yo solo aspiro a que en nuestra relación con el gran país del Norte hagamos el papel de gatos magros y no de ratones gordos. Grandes ellos, pequeños nosotros, podemos hablarnos y entendernos en el común idioma felino. Pero, como ratones, quedamos a merced de que al cansarse el gato de jugar con nosotros, resuelva ingerirnos como alimento complementario. Siendo todos gatos, podemos, en cambio, llegar a querernos colectivamente sin recelos”.

LORENA ALMARZA


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