Miguel Hernández, ruiseñor de las desdichas

Edmundo Aray

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I

En su adolescencia topó con el rigor familiar, pero no dio lugar a la desesperanza. Oh, amigo, dirá al limón, si te hundo mis dientes me darás un minuto de mar. Crece bajo los negros higos. Mira verter el llanto de ocasión ante la hermanita muerta. Desafía a los limones y a los corazones. En la plaza el toro, acaso la gente elevando toreros a la gloria. Sublévate de tu abatida posición,  ordena a la culebra, y le pide la manzana, a él, muchacho de hinojos para oler a los claveles.  Cómo escuecen las higueras ¡ay, que sí, cómo escuecen! En el ocaso busca el lucero solitario de la tarde. La luna echa vahos de luz que los árboles azulan, y en la alberca la mujer desnuda, Leda astral, se echa como una joya.

II

La palabra adquiere un vigor que desplante pareciera. Por botón una elegía al guardameta. A los penaltis nadie más que la red le pone trabas, porque nadie ha cubierto el sitio, vivo, que has dejado, muerto. Si es bella es marítima. La deja el rubio y el azul la toma, pez hembra entre los peces. Lectura de Góngora en el camino. El endecasílabo silba: Movimientos de seda que se anilla / a fuerza de dormir y verde cama / con espíritus de hilo celdas trama, / carcelero, después preso en capilla. Y con la misma los cantares de pueblo. Soledad, que solo estoy / tan solo y en tu compañía. /Ayer, mañana y hoy, / de ti vengo y a ti voy / en una jaca castaña.

III

«la raíz adusta y encrespada de España se toca mejor en sus poemas», dirá Juan Marinello. Es un poeta encarnizadamente español, agregará. La vida, su brío, el fulgor de su palabra irán confirmándole la estirpe. Perito en Lunas seguirá a los poemas de adolescente. Por epígrafe dos versos de Paul Valery: je m´enfonce au mépris de / tant d´azur oiseaux.  Qué importa que hagan caso omiso de su verbo, que no impedirá sierra en sus sienes si de liras el alma se corona, jinete pronto con las luces en batalla, donde tiene serranía pura la luz, categoría. Le acompañan Góngora, Quevedo, Fray Luis, Jorge Guillén  en este nuevo entramado de la palabra que clama por su fuero, vértice de amor. Pareciera anunciar los sufrimientos posteriores que le harán leve, libre de lodos, «a batallas de amor, campos de pluma». Aunque púgil combato, domo trigo: / ya cisne de agua en rolde, a navajazos, / yo que sostengo estíos con mis brazos. ¿Quién es ese poeta de decir tan nuevo? Nuevo porque llega con un mundo que resume mediodías, tornaluna de música y sendero. ¡Lunas! Como gobiernas, como bronces, siempre en mudanzas, siempre dando vueltas. Cuando me voy a la vereda, entonces / las veo desfilar, libres, esbeltas. Así es su poesía, sin florilegio de ocasión ni complacencias de café. Su palabra viene del sol, luna clara, ¡la más clara!, con un sol en sigilo ¿Qué luna es de mejor sabor y cepa?, pregunta. La luz le toma sobre el huerto. El alma relampaguea.

IV

1933-1934. Son otros los poemas, pero de la misma tierra viene con el lagarto azul, árbol desnudo. Corporal ya de alma ya te pones espiritual de cuerpo. Así es, Miguel, virtud la anatomía. Abunda la afición por el estío, la finura del viento: aún me duele tu viento. Escribirá un Diario de junio, remitiendo honda y piedra a lana y monte y amor a Galatea. Son los pastores, es él, campesino, pastor que quisiera abandonar el huerto, más no su encarnadura. Vibren las odas: al vino, a la higuera, a los dulces sexos femeninos, abeja y flor, flor de almendro, dulce medicina, pañuelos de olor, suaves mordazas. Torna a mirar, por el aire la cigarra hispana, el verde limón, el higo verde. Los altos claveles surten de gracia y paz el aire en celo…. El canario, en la tapia gargantea. ¡Habrase visto tal modo de decir! Responde la cigarra: se hizo verbo la luz. Suyo es el fragor que turba y quema. Luego irá del ¡Ay al ay! por la vida con el corazón a todo instante puesto a prueba. Le sobra, sí, en el pecho el corazón.

V

Fue Miguel, escribirá Marinello, una armazón recia y dinámica, activa y andadora. Campesino andador, que no errante. Vencedor del árbol que crece contra la mordida del páramo y la furia del viento. Alma dolorida y clara. Áspero es, como su tierra. Fértil en toda estación, muy adentro y muy por fuera la savia campesina. «Su comunicación con la tierra, es siempre más inmediata y conmovida que en sus pariguales. Por ello, se emparenta con los maravillosos primitivos de la literatura maternal».En él, como en ninguno los Cancioneros y el Romancero «encuentran cauce ancho, connatural y gozoso». Nadie pudo decir con más razones:

Que barro soy
aunque Miguel me llame.

«La gracia de Miguel Hernández es, como la del Romancero, sobria y a punto, espontánea y certera. El hallazgo en el decir y en el imaginar nace de la misma sustancia innovadora y, como su movimiento, esperado. Poesía de carne y hueso —de carne ansiosa y hueso calcinado—» (…) a un tiempo dolor y trino. «Dolor de su gente y trino de su gente. Pocas veces se ha dicho con tanta verdad el oficio del poeta en tierra trágica». Aún estremece a Marinello, y hasta el fin de sus días, la guerra, el holocausto de un pueblo. Aparta de mí este cáliz, gritará Vallejo. Para Miguel un túnel de angustia y escarnio.  ¿Qué hice para que pusieran / en mi vida tanta cárcel? Pero siempre mantuvo la fe en  medio del hospital de sangre, sometido a encierro hasta sus últimos días, mas no de su tierra escarnecida: Despedidme del sol y de los trigos.

VI

Miguel es cuerpo presente, fuente de vida como toda estación, urgencia del deseo de porvenir altivo. Acendrado quedó en la memoria del común. Alguna noche de la primavera del 2002, por alguna calle de Salamanca, en medio del jolgorio de los jóvenes, topé con un solar vacío. Alguna vez fue casa, hogar, risa y llanto, piedra palpitante. Al fondo una inscripción: Miguel Hernández vive.  ¿Cuántos años estuvo oculto el emblema?, que tal me dije, que tal preguntara a la muchacha de ojos de leve azul, del aire su arquitectura. Vive, me respondió con una sonrisa de suavidad y flores, es el rayo que no cesa.

 


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