Muerte de un poeta en Granada

José Gregorio Vásquez

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La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! … ¡Silencio!…

Ha salido de la prisión a la muerte. Aquella noche oscura de agosto lo llevaron al suplicio de la tierra. La pena final que desaparece al cuerpo. Todos han buscado desde entonces al poeta. El poeta está en Granada, en España, en la lengua española… ya no sólo en Viznar. Sigue en las calles de la memoria.

Canta en las esquinas de sus antiguas casas. Eleva poemas al cielo marchito de una España que aún sucumbe el dolor de una guerra civil. Allí respiramos al poeta. Volcando sus palabras para decir. Saliendo de la noche al alma con algunos poemas. Cantando a la luna. Llorando al viento aún por tantos pesares.
Callaron la muerte

Qué muere cuando muere un poeta. Qué vive cuando muere un poeta. Qué nos queda de él. Qué protegemos. Qué guardamos. Qué olvidamos. Ha bajado el telón. Otra obra comienza. Con los años hemos aprendido a escucharlo más de cerca. Como en el cante, donde el dolor se hace canción, el baile se hace sonido, la palabra se vuelve homenaje. Por eso cada año conmemoramos este día y lo dedicamos a su recuerdo. Un día aciago sin duda. Un día que estuvo «olvidado» en el corazón de Granada por muchos años. Nadie quería saber de ese día. Silencio. Palabra callada en el olvido.

Todos guardamos silencio ante la muerte del artista. García Lorca ha regresado a Granada. La Granada de los perseguidos. La Granada de olor a misterio.

Regresaba a sus padres, a sus querencias, a su tierra, a su muerte. Regresaba buscando protección en la tierra de los suyos. Regresaba a encontrarse de cara con la tradición, la memoria, y detrás de ellas la infausta muerte y el dolor. El poeta camina al destino de su vida. Cumple con la vieja promesa de un designio que no se tuerce. Va en silencio. Sabe de él. Va a oscuras. Ese día de agosto de 1936 quedaría marcado para siempre en la literatura, en la vida de Granada, de España, del mundo entero.

En 1936 comienza a atardecer España, la España desolada, la España roja y amarilla, ahora llena de dolor, de sufrimiento, pesadumbre, ansiedad, ahogo y torturas. Llegaba la amargura de la guerra civil, el fatalismo, la inevitable pugna. Llegaba la muerte al pueblo, el desangramiento, el terror y el estrago, la desilusión y la angustia. Y ante toda esta agonía, qué nos queda como legado del poeta. El poeta vislumbra el horizonte, deja huellas profundas en el alma de los pueblos. Nos queda su obra y nos cobija esa oscuridad de la palabra, la que ha nacido de la noche: una obra de dolor y muerte. Nos queda el poeta y sus romances. Nos queda el drama que nos hace ver más cercana la vida y su profundo significado. Nos queda su grito, su silencio, su mundo, su soledad que es también la nuestra, su gran pasión por el teatro: la poesía que se hace humana. Pero también nos queda la resignación, el miedo, el imposible abandono. Todos callaron la muerte por años. Nadie quería develar ese doloroso instante de pena que estaba debajo del olvido.

El mundo entero sabe de ese trágico momento. Aún quedan muchas preguntas sobre ese día funesto. La desoladora noticia ha quedado atada a estos años. España carga ese dolor. Lo trae. Lo lleva. El poeta no se silencia. No se calla. La noche fría quiebra la palabra, quiebra la soledad de esa palabra. El cielo cuenta las pocas estrellas de esa noche y el viento toca la melodía infinita que brota en sus cantos, en sus danzas. Nadie habla. Todos se han ido. La poesía protege esa herencia.

Federico García Lorca ha muerto. Todos silenciamos esa hora seca. El río pasa sin agua. Aún siguen callando allá a lo lejos su muerte. Quizás nos anima la extraordinaria propuesta que hiciera Miguel Hermoso con la película La luz prodigiosa (2003), en la que abriga la esperanza de que el poeta sigue caminando por las calles de Granada sin darnos cuenta.

Y para nosotros hoy qué es García Lorca. Quién es García Lorca. Cuál su obra. Qué nos queda de su poesía, de su teatro. Qué nos queda de su tragedia, la misma tragedia española. Qué nos queda de las tradiciones de sus pueblos, de las calles silenciadas. Sin duda, nos queda Yerma deambulando, buscándose a sí misma entre nosotros. Nos queda el silencio de la casa. El romancero gitano, los cantes, el poeta en las calles de otras ciudades. Nos queda su prosa, sus reflexiones, la música, el color… Nos queda la fortaleza y el temblor, la angustia y la pena. Nos queda el día oscuro y la noche sacrificada por un forcejeo de disputas familiares. Una confabulación invisible que se encarna y lleva al poeta al cadalso, víctima de una guerra, del horror de una pena. Del desprecio por su condición humana. Nos queda la digna vida en la obra que suplanta el mísero episodio de un final ensombrecido. Nos queda el recuerdo y el dolor de verlo sacrificado con tan pocos años de vida. Nos queda él.

Lo que nos queda sigue hiriendo en nosotros algo cada día. ¡Lorca!, gritamos desde adentro. ¡Lorca!, gritan en muchos lugares, y el eco de su voz brilla nuevamente cuando nos vemos ante la obra. Lo que queda nos permite recordar verdaderamente a García Lorca: ahí está él. Ahí nos habla, nos canta, nos dibuja, nos hace sentir el terror y el desasosiego.

Aún seguimos su grito en otro horizonte, el dolor en otros pueblos, la angustia y la soledad de sus personajes en otros lugares, a veces más ajenos y distantes. Aún hoy día todos sufrimos la intranquilidad de Yerma, la traición, la agonía, el duelo. Todos asistimos a las Bodas de sangre, a la soledad, al reto del honor envilecido. Todos vemos el poder de la madre sobre el mundo, el pequeño mundo de las hijas ilusionadas, agobiadas por el luto. Todos entramos en la casa de Bernarda Alba y vemos que cuelga el dolor porque ha muerto una de ellas. Todos vemos que brillan sus ojos en la noche. Esa es la verdadera conmemoración. Todos vemos el amor allá a lo lejos.

¡Lorca!, gritamos nuevamente y llegan a nosotros sus poemas, sus baladas, su cante jondo, sus romances históricos, su celebración de la poesía, su libro escrito en Nueva York, sus medialunas, sus quejas, sus alegrías, sus amigos, la herencia de una generación que ha marcado huellas profundas en la literatura y el arte. ¡Lorca! ¡Lorca! ¡Lorca!

¡Qué muere cuando muere un poeta! ¡Qué vive cuando muere un poeta! ¡Qué calla allá adentro!

No calla la voz del poeta. Grita la poesía. Aunque muchos lo han silenciado, sabemos que su canto viene del alma, y se vuelve cada día el canto de un tiempo por sobre los escombros del dolor, la pena, la muerte, la negación de la palabra, la injusta opresión. Ese sonido conmovedor aún estremece la tierra española y la poesía que ha nacido de esa lengua guarda aún el latido de unos años funestos y de vez en cuando los saca para que no olvidemos la pena que anda en la palabra y el recuerdo marcando el papel huidizo de la poesía.

JOSÉS GREGORIO VÁSQUEZ / CIUDAD CCS

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