Narra-Libros: Dos caras de la humanidad en Las palmeras salvajes

“La novela se divide en dos historias que parecieran desconectadas, pero comparten un espacio: el eterno sur de Estados Unidos típicamente faulkneriano.„

104
104

La infidelidad de una artista y un aborto mal practicado, por un lado, y una huida involuntaria e insólita de un presidiario en una travesía que muestra el espíritu estoico del ser humano, por el otro, enlazan Las palmeras salvajes (The Wild Palms, 1939), una novela del norteamericano William Faulkner, traducida para la editorial Sudamericana en 1940, para nuestra fortuna, por el gran escritor argentino Jorge Luis Borges, quien, como afirma Rolando Costa en su artículo «La traducción de Faulkner al castellano»: «es un verdadero placer leer la versión borgeana”. Comencé con la edición Debolsillo y no paré hasta terminarla.

La novela se divide en dos historias, «Las palmeras salvajes» y «El viejo», que parecieran desconectadas, porque ocurren en tiempos y con personajes que no se entrecruzan, pero comparten un espacio: el eterno sur de Estados Unidos típicamente faulkneriano.

Como revela en su discurso como Premio Nobel de Literatura en 1949, con su obra Faulkner escarba en «los sentimientos contradictorios del corazón humano […], ya que únicamente sobre ellos vale la pena escribir», lo que él llama el «espíritu humano». Sólo en esa búsqueda, enfatiza, podemos conseguir «las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio. Mientras [el escritor] no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas».

En Las palmeras salvajes, así como en Luz de agosto, El sonido y la furia, y Santuario, Faulkner toca temas tabúes en su época como verdades o penas universales, pone a los personajes en ese vaivén sórdido de las prohibiciones y de la libertad.

El affaire de la artista Charlotte (traducido como Carlota por Borges) con el estudiante de medicina Harry, quien deja todo por irse a vivir con él (a su comprensivo esposo que espera su regreso, a sus dos hijas, su casa, su comodidad), se complica cuando obliga a su amante a practicarle un aborto.

Esta pareja no quiere replicar el matrimonio fracturado: vive en una falsa libertad, agobiados por la falta de dinero. Las consecuencias son devastadoras y termina como comienza: con ese terrible ulular de palmeras, ese «viento negro» que anuncia el final. Si en nuestra época el aborto es tabú, se podrán imaginar en esa fecha cuando se publicó la novela.

Pero luego del primer capítulo de «Las palmeras salvajes», que muestra destellos de esta trágica historia de amor que engancha, leemos el abreboca de «El viejo», la otra historia que, como explica Borges en un pie de página, se le llama «Old Man» al río Misisipí. Esta segunda historia quita el aliento, no sólo por el relato en sí, sino por su fuerza y técnica narrativa. Es alucinante.

Un grupo de convictos sin esperanza, cuales bueyes que «igual les daría sembrar piedritas en el suelo y cosechar espigas de cartón», está en una explanada de algodón trabajando cuando los evacúan por el desbordamiento del río y después los arrastran en un viaje hasta la zona de inundación para que, montados en unos barcos, ayuden a sacar gente. La historia —centrada en dos presos: el convicto alto que narra recordando, y el bajo y gordo que escucha— da un vuelco cuando ambos se montan en una embarcación para salvar a un personal de una hilandería y, de súbito, una ola voltea el navío. El preso gordo se cuelga de la copa de un árbol, lo único visible en la inundación, mientras que la crecida arrastra al alto.

En ese afán de sobrevivencia, el convicto alto logra reponerse en el barco. Esta escena entre ahogarse y salir del río se vuelve magistral. Y ahí aparece la mujer embarazada colgada de un árbol, esa cruz que siempre amenazará con parir en todo ese camino que les tocará recorrer a ambos mientras se convierten en testigos, atónitos, de la devastación del río por los pueblos del sur que recorren. La fuerza del agua, vida y destrucción, siempre está presente. Me gusta esa apuesta por intercalar el relato del preso alto contándole al gordo su periplo, pero también guardándose episodios, rememorando sin decir, y luego el convicto gordo interviniendo para recuperar el hilo narrativo. Una técnica impecable.

Mientras en una historia el embarazo se vuelve una calamidad, la frágil grieta que va fracturando la relación de los amantes, en la otra la preñez crea lazos entre dos seres desconocidos que siempre andan en la búsqueda, en medio del desastre, del lugar más seguro para atender el parto y luego cuidar al recién nacido, una tarea que asume el convicto con una dignidad avasalladora. Sólo hay una coincidencia de sitios: ambos, el amante y el presidiario (la visión masculina que guía el libro), quieren ir a Parchman (la Penitenciaría de Misisipí).

Con el personaje del preso podemos recordar una parte del discurso de Faulkner: «Creo que el hombre no perdurará simplemente sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia. El deber del poeta y del escritor es escribir sobre estos atributos.

Ambos tienen el privilegio de ayudar al hombre a perseverar». Con Las palmeras salvajes vemos la tesis y antítesis de esta frase, tratada dialécticamente por el autor. El amor y la muerte, el delito y la compasión: dos caras entrelazadas de la humanidad que retrató Faulkner.

Annel Mejías Guiza

 


Join the Conversation