Narra-Libros: Tanizaki el cuentista se revela en Historia de la mujer convertida en mono

Annel Mejías Guiza

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Es mágico cómo en Historia de la mujer convertida en mono. Siete cuentos japoneses (bid & co.editor, 2007), relatos escritos entre 1914 y 1925, descubrimos a Junichiro Tanizaki (Tokio, Japón, 1886-Kanagawa, 1865) directamente traducido por primera vez del japonés al español por Ryukichi Terao, bajo la revisión del escritor venezolano Ednodio Quintero.

Al leer estos cuentos, sólo nos quedan ganas de seguir ahondando en la obra de Tanizaki, especialmente en sus novelas Hay quien prefiere las ortigas (Tade kuu mushi, 1929), La historia secreta del señor de Musashi (Bushuko hiwa, 1935), Las cuatro hermanas (Sasameyuki, 1947), La llave (Kagi, 1956) y Diario de un viejo loco (Futen rojin nikki, 1962), pero «hasta el presente ninguna editorial lo ha tomado como escritor bandera», para traducir su obra completa del japonés al castellano, ya que existen traslaciones del japonés al inglés y de ahí al español, y del japonés al francés, lo que considera Quintero como «curioso e incluso lamentable» en el interesante prólogo que escribe.

Junto con Ryunosuke Akutagawa, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima, Osamu Dazai, Kôbô Abe y Mori Ôgai, Tanizaki es considerado uno de los fundadores de la novela moderna japonesa. Sin embargo, acá nos acercaremos al Tanizaki cuentista.

Si bien en la contraportada del libro se habla de un «audaz acercamiento» al mito de la bella y la bestia, pienso que el relato «Historia de la mujer convertida en mono» (Ningen ga saru ni natta hanashi, 1918), que le da nombre a la compilación de relatos, va más allá. Pues, al contrario, no se humaniza a la bestia caprichosa e insolente, sino que se retorna al estado salvaje cuando la geisha acosada, débil de carácter, sumisa y triste, pide en una carta que le hagan una ceremonia fúnebre para, en el fondo, renunciar a ser humana luego de sucumbir a la obsesión del mono.

Resulta intrigante que Tanizaki apele al narrador testigo, voz presente en casi todo el libro. Esto se trasluce en «Un puñado de cabellos» (Hitofusa no kami, 1925), cuando un joven mestizo japonés narra a un tercero cómo obtuvo una herida por un disparo durante el terremoto de 1923 («año 12 de Taisho») debido a una disputa entre tres amigos por una despampanante amante rusa. Además de la historia amorosa, con final inesperado, es revelador cómo Tanizaki hace críticas al segregacionismo de los migrantes europeos que llegan al puerto de Yokohama con el fin de «monopolizar sus negocios en el Extremo Oriente» y cómo expone la discriminación social hacia los mestizos, considerados por el narrador (también mestizo) de «escasa inteligencia o de tendencia criminal», en una evidente actitud endorracista.

Según Quintero, el terremoto de 1923, que destruyó Tokio, obligó a Tanizaki a mudarse, no sólo de ciudad, sino de su visión del mundo. Y comienza —refiere Quintero— «una nueva etapa en su carrera literaria», muy fecunda, en la cual construye todas sus novelas ya citadas.

«Una flor azul» (Aoi hana, 1922) sería el cuento que más me emociona por su calidad literaria y el desarrollo sagaz del conflicto interior de este personaje, trastocado por la delgadez de su cuerpo, producto quizás de la diabetes o de otra enfermedad —se imagina— más grave.

Las descripciones revelan maestría hasta el punto de sentir añoranza y repugnancia. Y compara estas sensaciones con el cuerpo de la amante, esa «escultura» que desea vestir al estilo occidental.

En todo el relato sentí la incomodidad del japonés adaptándose a lo occidental (un tema recurrente), dejando sus kimonos por trajes modernos que, en el caso de las mujeres, se pegan a sus cuerpos como segundas pieles. Las situaciones que imagina el personaje, al punto del colapso mientras recorre las tiendas para vestir (o disfrazar) a su amante-maniquí, me acuerdan alucinaciones de moribundos, recreadas por Tolstoi, Allan Poe o Bierce.

En «La creación» (Souzou, 1915) nos conseguimos con un Tanizaki mordaz al escribir sin desparpajo sobre la «obra de arte perfecta», revelando la idea trastocada de belleza comparada con occidente.

Es irónico cuando el artista afirma: «se me ocurre que no hay ninguna raza tan deprimente, humilde y desgraciada como la nuestra (…) nosotros, los japoneses, curiosamente nos volvemos más feos cuanto más nos reunimos», «Me indigno al ver que en nuestra sociedad hay tantos feos que se aman entre sí, y que si siquiera se avergüenzan cuando deciden casarse. No entiendo cómo esas parejas tan horribles se atreven a engendrar hijos todavía más feos (…).

Con parejas tan estúpidas como ésas, los japoneses no vamos a poder mejorar la raza». Así, Tanizaki expone en carne viva la vergüenza cultural de su época.

En tres cuentos podemos conseguir un hilo conductor: esa necesidad de explicar la maldad. En «Una confesión» (Aru chosho no issetsu-taiwa, 1921), «El odio» (Zonen, 1914) y «El criminal» (Zenkamono, 1918), nos ronda una pregunta: ¿Un ser puede ser tan malo sin sentir nada de bondad para redimir a nuestra especie? Con estos relatos, Tanizaki exploró profundamente la naturaleza humana. Sin duda, luego de descubrir este libro, queremos más de él, así que esperamos que alguna editorial lo reivindique traduciéndolo completo, como propone Ednodio Quintero, porque es un escritor por descubrir para el público lector latinoamericano.

ANNEL MEJÍAS GUIZA

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