Nicolás Maduro: seis años con los guantes puestos

Clodovaldo Hernández

Los seis primeros años de Nicolás Maduro en el gobierno recuerdan aquellas legendarias peleas entre pesos pesados que vimos por televisión (o que ahora pueden verse por You Tube) en los años 70 y 80. Gladiadores gigantes al borde del nocaut que, de repente, tenían un segundo o un tercer aire, y terminaban noqueando al adversario o ganándole por puntos.

A esta imagen contribuye, obviamente, que Maduro tiene la talla y los kilos de la máxima categoría.

Desde luego, esa metáfora boxística tiene una gran deficiencia: el adversario de Maduro no ha sido un individuo específico, alguien a quien uno pueda honrar aunque sus seconds hayan tenido que tirar la toalla, como le pasó a Joe Frazier en el mítico match de Manila, en 1975. No. El corpulento heredero del comandante Hugo Chávez ha tenido que pelear contra un enemigo amorfo, de mil cabezas, nacional e internacional, una especie de Terminator hecho en laboratorio y que, para cada round llega con un truco nuevo.

En abril de 2013, ese adversario adquirió la contextura endeble de un Henrique Capriles que llamó al público a expresar su “calentera” por el resultado final del combate, que no fue por nocaut, como le había pasado con Chávez seis meses antes, sino en las papeletas. Detrás de ese flacucho que cuando mucho llegaría a peso welter, se encontraba la gran maquinaria nacional y global del capitalismo. Envalentonados, los opositores comenzaron a correr apuestas: Maduro no llegaría a diciembre. El propio Capriles, con aires de primer retador, prometió que las elecciones de alcaldes de diciembre de 2013 serían un plebiscito para echar al mandatario de Miraflores. Y allí apareció uno de esos momentos épicos que recuerdan aquellas superpeleas de otros tiempos: ese boxeador con las apuestas en contra empezó a recorrer el ring con gran energía y a soltar los puños eficazmente. El supuesto plebiscito terminó con la oposición en la lona.

2014: La Salida

El Terminator opositor vencido en las urnas electorales optó –una vez más- por la búsqueda de un atajo violento. Bajo el mando de los más radicales, los antichavistas dejaron los ensogados oficiales y se lanzaron a buscar la pega callejera. Otra vez dijeron que en cuestión de días habrían sacado a Maduro de la presidencia.

En ese asalto, Maduro fue mucho más audaz que los expertos en boxeo político, habían querido reconocerle (aquí, entre nos, ese es uno de sus secretos: siempre lo menosprecian). Se atrevió a meter tras las rejas a uno de los cabecillas de la pretendida insurrección: Leopoldo López. Luego, aguantó castigo, tal como lo hacía Muhammad Alí, pegado contra las cuerdas y cubriéndose con la guardia completamente cerrada. A mediados de 2014, la estrategia foquista había sido derrotada.

Knockdown en 2015

Visto el fracaso de la malhadada salida, los inventores del Terminator opositor decidieron lanzarse por cuenta propia: en marzo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, emitió la orden ejecutiva en la que califica a Venezuela de amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad de EEUU. Esta ha sido la puerta para toda clase de acciones en contra de la población venezolana, disfrazada de sanciones individuales a funcionarios públicos.

Con el decreto de Obama se disparó la etapa más cruenta de la guerra económica que iría luego escalando año a año hasta el sol de hoy.

Las dramáticas condiciones de vida que empezó a sufrir el grueso de la población (incluyendo las clases medias que habían prosperado durante los años previos) influyeron en la que ha sido hasta ahora la peor derrota, no solo del boxeador-presidente, sino del chavismo en general, en dos décadas: las elecciones parlamentarias.

Si en algún momento de estos seis años puede decirse que Maduro mordió el polvo, fue en aquellos días de diciembre de 2015.

La oposición repitió acá su permanente ciclo: cuando pierde canta fraude y cuando gana algo, aunque sea una parcela del poder, actúa como sí ya lo hubiese ganado todo.

Al comenzar 2016, una vez más se repitieron las arrogantes apuestas acerca de cuándo llegaría el fin del gobierno de Maduro y si ocurriría por referendo revocatorio, por destitución acordada en la Asamblea Nacional, por decisión tribunalicia o por renuncia. Volvieron a incurrir en el mismo grave error: lo subestimaron.

Tras recuperarse del knockdown de diciembre, Maduro logró realizar una serie de movimientos políticos ágiles (propios de un peso pluma) para hacerle difícil el camino a la oposición en sus planes de ejecutar un golpe de mano parlamentario.

Gobierno y AN terminaron trenzados en un clinch, un forcejeo perpetuo que en varias oportunidades terminó dirimiéndose en la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Esta máxima instancia de la interpretación de la Carta Magna terminó declarando al órgano legislativo en desacato, situación de la que no ha salido aún.

2017: nocaut constituyente a los violentos

Mientras arreciaba el sabotaje económico, 2017 llegó con el que sería otro terrible tiempo de violencia opositora. Esta vez duró más y fue más intenso que la “calantera” de 2013 y la Salida de 2014: cuatro meses poniendo en práctica lo peor de lo peor del manual de los modernos golpes de Estado mediante revoluciones coloridas y mediáticas.

El país parecía encallejonado hacia una guerra civil, sobre todo debido a que el Terminator opositor había llegado con un arma nueva: un Ministerio Público agavillado con los alzados.

En esa circunstancias, Maduro demostró una vez más su condición de peso pesado, al jugarse la carta de la Asamblea Nacional Constituyente. Esa fue la mano con la que dio nocaut fulminante. Después de eso, Kid Terminator no ha vuelto a ser el mismo.

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Reelecto y en guardia

Con la ANC en funciones, las elecciones pendientes de gobernadores y alcaldes se sucedieron como aquellas ráfagas de mandarriazos que se mandaban los pesos completos en sus grandes peleas. Frente a un rival que no sabía si combatir, dejarse golpear a mansalva o saltar del ring, la Revolución obtuvo más victorias.
Entró 2018 y estaban pendientes aún los comicios más importantes, los presidenciales. La oposición, que seguía grogui, se debatía entre aceptar el adelanto de las elecciones o exigir su retraso. A principios de año, ese tema se debatía en la Mesa de Diálogo, pero la MUD, en el que fue su último asalto en combate, decidió romper las negociaciones.
La esperanza opositora era que Maduro ganara esas elecciones haciendo boxeo de sombra, sin rivales sobre el cuadrilátero. Pero al menos tres candidatos postularon sus nombres y el chavismo movilizó su prodigiosa maquinaria electoral para que el presidente fuese reelecto con más de seis millones de votos.
Se creyó que venía un remanso, pero tal parece que eso no le está permitido a Maduro. Sobrevino el intento de magnicidio, arreció al máximo la guerra económica y se ha hecho más patente que nunca el grave cáncer de la corrupción. Él se ha mantenido con la guardia en alto, boxeando, pegando cuando puede y cubriéndose cuando es necesario. Así llega a su fecha de juramentación para el segundo período. ¡Suena la campana!


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