O(h) dios

Jorge Dávila

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Siglos ha, está escrito en el gran libro de Baruch. Se lee: «Odium nunquam potest esse bonum», el odio nunca puede ser bueno. No sólo está escrito, también demostrado siguiendo el orden geométrico. No es en el Baruch del antiguo testamento, el del profeta, a su vez alumno de Jeremías. La demostración en forma matemática está en la magna obra filosófica de Baruch de Spinoza, la Ética, que en este 2017 arriba a sus 340 años. La doctrina de Spinoza muestra descarnadamente, sin ambages, lo que naturalmente es el comportamiento del ser humano, nuestro comportamiento natural. Es la descripción de la mecánica de nuestra conducta que está dictaminada por nuestra propia condición, la que está, como todo, en la naturaleza. Eso lo hace el filósofo siguiendo el hilo de una argumentación que procede por demostraciones. Así que al establecer una afirmación se pone en acción todo cuanto la precede: afirmaciones a su vez ya demostradas, como sustento de ella.

El odio nunca puede ser bueno porque a quien odiamos uno se esfuerza en destruirlo (lo que se sostiene en: «Aquél que odia a alguien, se esforzará en hacerle mal, salvo si teme que nazca un mayor mal para él; por el contrario, aquél que ama a otro, por la misma ley, se esforzará en hacerle bien») y porque al actuar —en verdad, al padecer— de ese modo uno se esfuerza en algo que es malo (lo que se sostiene, por contradicción, en: «El bien al que aspira para sí aquél que se guía por la virtud, también lo desea para todos los hombres; y mucho más en cuanto posee un mayor conocimiento de Dios»). De manera que quien se deja llevar por la mecánica natural del odio, lo menos que hace es actuar llevado por la razón. Y es que, demuestra Spinoza, seguir la virtud no es otra cosa que vivir bajo la conducta de la razón; ese es el modo en que los hombres son lo más útil a los demás por cuanto así se esfuerzan en que los otros también vivan bajo la conducta de la razón.

Pero, ¿y qué es el odio? «Es una tristeza acompañada de la idea de una causa externa». ¿Y la tristeza? «Es la transición del hombre de una mayor perfección a una menor». O sea, con el odio el hombre se degrada, encontrando disminuida o reprimida su potencia de actuar; al igual ocurre con todas las pasiones que pueden asociarse al odio: la envidia, la burla, el desprecio, la ira, la venganza, etc. ¿Y si el otro también lo odia a uno? Luce evidente, se completa el círculo de la degradación. Spinoza lo demuestra: «El odio aumenta con un odio recíproco, y puede, al contrario, ser destruido por el amor». Sí, ese es el antídoto.

Demuestra el filósofo que «el odio que es completamente vencido por el amor, se trueca en amor; y ese amor es por ello más grande que si el odio no lo hubiera precedido». El asunto no resulta tan sencillo, pues ocurre que «quien imagina ser amado por alguien a quien odia, padecerá conflicto entre el odio y el amor, pero si prevalece el odio, se esforzará por hacer mal a aquel por quien es amado». Esa es, sencillamente, la crueldad. Así que la batalla es hasta contra la imaginación de quien odia. Pero, hay que decir que ese antídoto llamado amor se plantea en términos simétricos al odio. ¿Qué es el amor? «Es una alegría acompañada de la idea de una causa externa». Y no se puede suponer que todo amor sea necesariamente bueno. Un ejemplo conocido que Spinoza demuestra: Si Pedro ama a Ana e imagina que Juan está afectado de odio hacia ella, lo odiará. Por lo demás, como el amor está asociado a la idea de una causa externa, puede resultar excesivo; así pasa cuando únicamente se tiene en mira, aún en su ausencia, la cosa amada, de tal modo que el padecimiento se convierte en delirio. Entonces, ¿cuál amor es verdadero antídoto?

La respuesta de Spinoza es: honestidad y generosidad. Es el amor guiado por la razón, es decir, el deseo de quien bajo la sola guía de la razón se esfuerza en ayudar a los demás y de ligarse a ellos en amistad. Ese deseo, en cuanto nace de la razón, nunca resulta excesivo y, por lo demás, nace de conocer el bien y no el mal. Así, «quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio que otro le tiene» y, por el contrario, «quien quiere vengar las ofensas mediante un odio recíproco vive, sin duda, miserablemente». La generosidad, visto está, no procede egoístamente. Lo bueno para el hombre es lo útil, dictamina Spinoza. Pero, «no hay nada singular, en la naturaleza de las cosas, que sea más útil al hombre que el hombre que vive bajo la conducta de la razón»; es decir, el virtuoso que practica la honestidad y generosidad. El odio está en las antípodas para la vida en sociedad, en comunidad, es decir, para la vida cívica: «todo lo que apetecemos en virtud del odio que nos afecta, es deshonesto, y en el Estado (Civitate) es injusto». La política, pues, o el poder político, debe ser dado a la Razón; no más no menos. Es eso el amor a los otros, el amor al prójimo. En el amor guiado por la razón, «el hombre amará con más constancia el bien que ama y apetece para sí si ve que otros aman eso mismo, y de este modo se esforzará en que los demás lo amen; y dado que ese bien es común a todos, y todos pueden gozar de él, se esforzará entonces para que todos gocen de él, y tanto más cuanto más disfrute él de dicho bien». Y, añade este genial Baruch, que mayor es ese deseo y ese gozo cuando en mayor cuantía se posee el «conocimiento de Dios», el conocimiento adecuado «de la esencia eterna e infinita de Dios». Así que, el verdadero amor antídoto del odio culmina, se realiza cabalmente, en el amor intelectual de Dios.

Trescientos cuarenta años después, estas verdades probadas en la Ética demostrada según el orden geométrico ameritan comprensión y, por ello, riguroso estudio para su práctica. Es difícil, sí. Como difícil la práctica de la enseñanza de hace más de veinte siglos: la doctrina basada en la dupla caridad y justicia. Esa doctrina que predica, entre los Proverbios, aquél que reza: odium suscitat rixas et universa delicta operit caritas (el odio suscita las peleas, el amor perdona cualquier falta). Doctrina de aquél que dice a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a mí; quienes los odien, no conocen al que me envió, quien me odia también odia a mi Padre». Sin duda, el odio se empecina. Su rostro es múltiple. Por estos tiempo campea. Pero el antídoto —odios, odios, odios, ¡Oh Dios!— va hasta en los susurros, como el que le escuche a una anciana que a mi lado pasaba con enorme dificultad una barricada: ¡Paren, por el amor de Dios!


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