Orlando Araujo, poeta

Earle Herrera

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Con la venia que merecen el verso azul y la canción profana —y más allá de rimas y endecasílabos—, antes de redondear su primer soneto o décima, a Orlando Araujo le calzaba el nombre de poeta: lo era. Y lo fue con autenticidad en espíritu y letra, en su actitud ante la vida y el mundo que le tocó vivir. Después llegó la consonancia y se afianzó en su fidelidad a la métrica y la rima, lo que le ganó, sin molestia para él, el calificativo de «conservador en poesía, fiel a la herencia española, al modernismo», y frente a lo cual —tal herencia y tal fidelidad— bien se podría preguntar: ¿y es malo? Pero Quevedo aparte y Rubén Darío suspendido en su azul hasta nuevo aviso, con sus glosas, sonetos y canciones Orlando Araujo sólo demostró que, además de ser en esencia y existencia poeta, tenía aptitudes de versificador y una inocultable inclinación hacia la musicalidad que la rima y el metro imprimen al poema. A su particular sensibilidad, unía el dominio del idioma, la conciencia lingüística y la capacidad para construir metáforas que brotaban de su pluma con espontaneidad y frescura. Allí radica, más allá del contenido anecdótico, el valor literario y el gran atractivo que sobre los lectores ejerce su primer libro de relatos: Compañero de viaje; esa forma de decir las cosas, de contar, creando al mismo tiempo una atmósfera poética que atrapa, envuelve y transporta a un tiempo y espacio a través de la memoria y la nostalgia. No poesía en prosa, sino en la prosa, porque aquella —la poesía— la podemos encontrar y percibir en un cuadro, una escultura o una obra musical, si quien pinta, esculpe o compone es poeta. También en los relatos para niños y las crónicas se manifestará la sensibilidad poética del escritor, su lenguaje sugerente y tersura de la prosa. Cuenta historias, porque Araujo no es de los cuentistas que nada cuentan, pero le da tanta o más importancia al cómo las cuenta, a la forma escritural, al lenguaje, pues sabe que lo narrado sólo será perdurable gracias y por gracia de la palabra. Se tomó la licencia de escribir canciones y advirtió que ello no era poesía, sino mística. A Juan de Castellanos, en el estudio que le dedica, le critica que sacrifica la belleza por la verdad. A él le hacemos el mismo reclamo: en muchos poemas en verso sacrifica la poesía por la métrica y la rima, y ello se debe, en parte, a que muchas de sus décimas o sonetos fueron escritos «al azar de los caminos», composiciones de ocasión, arrebato de galante —no galán— impenitente que se expresaba en un pañuelo o una servilleta. No sabemos si escribir donde sea y a cualquier hora era, para Orlando Araujo, un vicio o una necesidad: algo compulsivo. En todo caso, grandes escritores han cedido a la tentación de escribir canciones, tangos y milongas. Para él, era una cuestión existencial: Mi retórica es la vida, una identidad de intuición y expresión, fresca como una rama de durazno en flor. (Mis canciones). En otra parte, con ironía, resignación y un dolor de fondo, escribiría: El profesor de caspa cívica se duele de mi incoherencia, y como don Julián, se queja de mis letricas de bar, de mis versitos cursis, de mi tono de bolero, de mi probada incapacidad para acceder a los diccionarios de literatura. Yo me resigno porque a pesar de mis esfuerzos en contrario, y los de mi familia, sucede que aún sigo yéndome por los caminos, quedándome en los pueblos y escuchando tangos y rancheras en esos aparatos de botiquín de carreteras y entonces nadie sabe, y es bien bueno, que uno va hacia el patio, más allá de los bombillos, para mear llorando a solas bajo el cielo de la noche, al pie de un árbol confidente. (Crónicas). Canciones aparte, la glosa y la décima y el gusto por la rima le vienen de lejos, una circunstancia de nacer y crecer en lugar donde la copla la trae y la lleva el viento. Y es voz o ley no escrita que el «gusanillo del verso» no deja ir impunemente a quien nació con el llano en frente, así la neblina del páramo lo jalonara hacia el silencio. Y en el caso de Araujo, un agravante que lo deja convicto y confeso tras rejas de once sílabas y de rima: el haber invertido tiempo y pasión en aprenderse de memoria los versos de Rubén Darío y Neruda y Andrés Eloy Blanco y Alberto Arvelo Torrealba, hasta hacerlos suyos como «paisajes del mundo interior», objetividades amorosas y capilares de lo único que somos: lo que fuimos» (Contrapunteo). Con tales antecedentes y a confesión de parte, estaba condenado y sólo podía obtener su libertad bajo palabra: la palabra, no importa si en prosa, rima o en verso libre. Quien vivió «en el relámpago de un miedo catatúmbico », fue un poeta de alta sensibilidad; un hombre que asumió la escritura con pasión y en forma auténtica, es decir, como un destino. En las postrimerías de su vida, como se dice, en las puertas de la muerte, escribió con «un grito en la palabra »: Escribir es un destino y un destino es el azar. Quien escriba sin el desgarramiento de lo que no conoce pero que le corcovea por dentro, escribirá libros dormidos, toda una memoranda celestial, y puede ser tan famoso como tantos escritores olvidados, no por ellos, que fi guran en la antología y los diccionarios, sino porque jamás sintieron la necesidad de reventar un grito en la palabra que se les escondía. Escribir es ser un río, como un árbol, como un dios. Escribir es no llorar junto al amigo muerto. Escribir es masturbarse el corazón. Escribir es un destino. Y escritor es quien obedece y cumple la orden de rejuvenecer a Dios. El texto anterior tiene fecha 31 de agosto de 1987. Quince días después, Orlando Araujo dejaría el reino de este mundo para penetrar en otros reinos. Pero había cumplido su destino de escribir: rejuvenecer a Dios. Poeta.


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