Poesía visual

Sintetizada en un texto, Formas escapándose del marco de Juan Calzadilla presenta la obra del artista en Venecia

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Tengo que suministrarme un origen. Un origen que no sea aquel del cual provengo, ni al que aspiro. Ni siquiera al que merezco. Un origen que como el futuro esté adelante, silencioso y desprevenido. Un origen no consagrado por las leyes ni condicionado por los dioses. Un origen que no mire para atrás. Que no luzca en la fachada de un templo ni en los destellos de un agujero negro. Un origen que no garantice que, por fin, admito que comienzo a ser lo que soy.

Con este poema, El origen, de Juan Calzadilla inicia el libro Formas escapándose del marco, que más que eso, es un paseo visual y poético por la obra del artista venezolano y último representante nacional en la reconocida Bienal de Venecia.

Precisamente, Formas escapándose del marco fue la exposición con la que el artista criollo se presentó en la 57 edición de la Bienal, recibiendo más de 251 mil visitantes en el pabellón de Venezuela. Llevando al impreso este trabajo, motivo de orgullo para todos los venezolanos, el Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio presenta una síntesis de la magnitud de esta obra.

Pensado como un catálogo de dimensiones mundiales, fue escrito en tres idiomas: español, italiano e inglés, además es bastante gráfico y con textos breves que se argumentan en la imagen. Para entrar en contexto se presenta al artista en una narración omnisciente, que pareciera ser la voz orquestada de millones de venezolanos que hablan del orgullo que sienten de la trayectoria de Calzadilla.

Acto seguido se presenta la obra y la forma como fue concebida en ese pabellón que fue diseñado y construido hace 61 años por el arquitecto Carlo Scarpa, el cual para estos tiempos se convirtió en una especie de lienzo gigante que sirvió para plasmar la prolífera tinta del poeta y artista visual, que se traduce en una ventana de luz, irrefutable e ineludible, para vigorizar un porvenir urgentemente más justo para todos.

Como una segunda parte del texto, se presenta la sección Praxis estética y subversión de la historia en Juan Calzadilla, en donde se plantea la posibilidad de que Calzadilla sea el artista intelectual venezolano, del siglo XX e incios del XXI, con la obra más profusa, atrevida, y sobre todo, tejedora de una propuesta ético-estética bien consolidada.

Una visión personal del artista se refleja en el siguiente capítulo, donde reza: “Dibujar fue para mí un proceso lento y laborioso que inició hacia 1955, cuando empecé a escribir sobre exposiciones de arte para periódicos y revistas de Caracas”. En este espacio Calzadilla habla sobre sus inicios y cómo todo esto se traduce con su presencia en la Bienal de Venecia, uno del los encuentros de arte más importantes del mundo. Sobre Formas escapándose del marco opina que “está estrechamente asociada a la escritura y se podría decir que es un producto indirecto de esta”.

Para culminar, este título presenta un currículo gráfico y una cronología del artista, una trayectoria indiscutible que es descubierta con tan solo adentrarse en el concepto de su obra, basada en la unión de lo gráfico y las letras.

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Abreboca: El mejor safari

Aquella noche nuestra madre fue a la tienda y no regresó. Nunca. ¿Qué había pasado? No lo sé. También mi padre se había marchado un día para nunca regresar; pero es que él fue a la guerra.

Donde nosotros estábamos también había guerra, pero éramos pequeños y, al igual que la abuela y el abuelo, no teníamos armas. Aquellos contra quienes mi padre luchaba –los bandidos, los llama nuestro Gobierno– irrumpían en el lugar donde vivíamos y nosotros huíamos de ellos como gallinas perseguidas por perros. No sabíamos adónde ir. Nuestra madre fue a la tienda porque decían que se podía comprar aceite para cocinar. Nos alegró porque hacía mucho que no probábamos el aceite.

Puede que comprase aceite y que alguien la atacase en la oscuridad y le quitase aquel aceite. Puede que se topase con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. En dos ocasiones entraron en nuestro pueblo y corrimos a ocultarnos en el bosque, y cuando se hubieron marchado regresamos y descubrimos que se lo habían llevado todo. Pero la tercera vez que vinieron no quedaba nada que pudieran llevarse, ni aceite ni comida, así que le prendieron fuego a la paja y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unas chapas de hojalata y las pusimos para cubrir parte de la casa. La esperamos allí la noche que no regresó.

Nos daba pánico salir, incluso para hacer nuestras cosas, porque sí que habían llegado los bandidos; no a nuestra casa –sin techo debía de parecer que no había nadie, que todos se habían ido–, pero sí al pueblo. Oíamos que la gente gritaba y corría. Nos daba miedo incluso correr, sin que nuestra madre nos dijese hacia dónde. Yo soy la segunda, la chica, y mi hermanito se agarraba a mi estómago, rodeándome el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, igual que un monito a su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un trozo de madera astillada en la mano, parte de uno de los palos que sostenían la casa y se habían quemado; era para defenderse si los bandidos lo encontraban.

Nos quedamos allí todo el día. Aguardándola. No sé qué día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.

Al ponerse el sol, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien del pueblo les había dicho que los niños estábamos solos; nuestra madre no había regresado. Digo “abuela” antes que “abuelo” porque es así: nuestra abuela es alta y fuerte, y aún no es vieja, y nuestro abuelo es bajito, apenas se le ve en sus holgados pantalones, sonríe pero no ha oído lo que le dices, y lleva el pelo que parece lleno de restos de jabón. La abuela nos llevó –a mí, al chiquitín, a mi hermano mayor y al abuelo– a su casa y todos teníamos miedo (salvo el chiquitín, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos por el camino. Estuvimos esperando mucho tiempo en casa de la abuela. Puede que un mes. Teníamos hambre. Nuestra madre nunca regresó. Durante el tiempo que estuvimos esperando que viniese a buscarnos, la abuela no pudo darnos comida, no tenía comida para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía gachas, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no quedaba ni una hoja (…).

REDACCIÓN ALBERT CAÑAS


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