Portafolio: Aníbal por sí mismo

Aníbal Nazoa, sanjuanero, eligió por oficio la escritura, lo que para la sociedad utilitaria, petrolera y pragmática de su tiempo, era lo mismo...

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Aníbal Nazoa, sanjuanero, eligió por oficio la escritura, lo que para la sociedad utilitaria, petrolera y pragmática de su tiempo, era lo mismo que ser un sin oficio, casi sujeto de la famosa y temida Ley de Vagos y Maleantes. Su arte fue el humorismo, sin duda un agravante de la condición anterior. Por eso los tombos de la dictadura como de la democracia representativa siempre le tuvieron el ojo puesto. Por escritor y humorista —auténtico en ambas facetas— era un tipo altamente sospechoso. Fue un subversivo del espíritu y de las convenciones. Un revolucionario en la escritura, en el arte, en la vida.

Desde su oficio de escritor y su arte de humorista, entregó un tratado sobre las artes y los oficios de este universo mundo.

(…)
Aníbal respeta la objetividad científica, prodiga igual trato al malandro como al filántropo, al diplomático como al apostador, pues todos son oficios que requieren preparación y condiciones. Cada cual tiene lo suyo. No todo el mundo, por ejemplo, puede ser cuidador de carros, torero o cobrador. Apegado a los usos académicos, sus asertos, aun sobre los aspectos más superficiales de cada profesión, son respaldados con notas a pie de páginas y citas de autores que impresionarían al mismo Jorge Luis Borges. Pura metodología humorística, consciente como siempre estuvo de que la risa, sin el recurso del método —la fértil duda cartesiana— resulta balurda, almidonada y empírica. A veces nuestro enjundioso autor suelta un latinazo para explicar la buhonería o busca en la Grecia antigua los orígenes del «servicio de adentro» o del humilde barbero. El lector, pues, va y viene.

Cuando el despliegue de vasta erudición puede conducir a que se le acuse de pedantería intelectual, de súbito introduce en el discurso un giro coloquial de pulpería y esquina que rescata al que lee de la solemnidad y lo introduce en la gracia de la risa. A veces, el procedimiento es al revés pero el efecto, el mismo. Mezcla la solemnidad del Derecho Constitucional con lo sublime del Derecho de Nacer, maestro como es del arte de la ironía, el contraste y la paradoja. Trata con respeto, casi con admiración a sus desgraciadas víctimas, de las que él, usted y yo somos a la vez víctimas cotidianas en esa dimensión tan poco humorística que llamamos con masoquismo la vida real.

Esa «vida real» que vemos y vivimos todos los días es lo que Aníbal coloca ante nuestros ojos. Por eso nos reímos, porque el humorista lo que hace es colocarnos frente a un espejo y descubrirnos. Los gestos del abogado, su indumentaria, su léxico, su oficina, su maletín ejecutivo, su virgen biblioteca de libros intocados son descritos con tan rigurosa minuciosidad que el texto sólo puede desembocar en la risa. Igual pasa con el dentista, el chofer, la cachifa o la dama caritativa. ¿Por qué Aníbal invirtió tanto tiempo en estudiar tan profundamente a cada una de estas criaturas? Yo diría que para hacernos a los demás un poco más felices o menos lo otro.„

Earle Herrera
*Fragmetos del prefacio al libro Las artes y los oficios, de Aníbal Nazoa (Ediciones de la Presidencia de la República, 2002)

El médico
(fragmentos)

Lo actual
Ninguna profesión tiene más detractores ni más defensores que la de médico. Sobre ninguna se ha amontonado igual cúmulo de lugares comunes y cursilerías. De ninguna se tiene un concepto tan exagerado en todos los sentidos. Un mismo médico puede tener aureola de santo ante los ojos de un paciente y cuernos y pezuñas de diablo ante los de otro. «La Medicina es un apostolado», dice el primero. «La Medicina es un negocio», dice el segundo. ¿Quién tiene la razón? Podríamos decir que ambos, o sea que la medicina es un negocio apostólico o un apostolado que puede ser buen negocio. Pero mejor es ver actuar al doctor, y que cada lector saque sus conclusiones.

El doctor
¿Como es el doctor? Veinte o treinta años atrás, esta pregunta era fácil de responder: es un señor de barbita que lleva un maletín y sabe de todo. Hoy semejante idea resulta ridícula, primero porque cualquiera puede usar barbita sin saber una palabra de medicina, y segundo porque el médico de ahora no sabe de todo sino que lo sabe todo acerca de una sola cosa. Con el triunfo de la especialización, se puede decir que ya no existe el médico en el sentido de la totalidad, sino una serie de fracciones que en conjunto constituyen un médico. Un gastroenterólogo más un laboratorista más un dermatólogo más un laboratorista, más un internista más un laboratorista, más un cardiólogo, más un laboratorista, más un psiquiatra más un laboratorista… etc., igual a un médico. De manera que cuando usted va al consultorio el que lo ve es un pedacito de médico que le manda a hacer como cuarenta exámenes de laboratorio para luego remitirlo a otro pedacito de médico que le manda a hacer otra vez como cuarenta exámenes de laboratorio y así ad infinitum, hasta que usted queda convencido de que, si no es la persona más enferma del universo, por lo menos su enfermedad es la más rara del mundo. La medicina moderna es, pues, como la cadena de montaje de una fábrica de automóviles, con la diferencia de que al final no sale un automóvil nuevo sino un cacharro lamentable que debe reingresar a la cadena para nuevos ajustes. En otras palabras, hoy día no hay personas sanas sino pacientes que no han pasado por todos los especialistas. Pruebe usted y, por muy sano que se sienta, le apostamos a que algo le descubren en algún punto de la cadena.

Mago, confesor, verdugo, padre, compadre, detective, todo en una sola pieza ha de ser el médico, cualquiera sea su especialidad. Debe saber inspirar al mismo tiempo confianza y temor, ser cruel y a la vez tierno, serio y jovial, de manera que el paciente jamás llegue a enterarse de lo que realmente piensa. En principio, al paciente lo que más le conviene es interpretar al revés las palabras del médico. Si el doctor le dice, por ejemplo, que “esa telangictasia no me gusta nada, yo creo que tendremos que hacer una prueba de Molligstein y un tiempo de saponificación a ver si hay esclerorrombitis idiopática de la duramadre”, el paciente puede estar tranquilo: el doctor está simplemente redondeando la factura. Pero si en cambio le dice que «no hombre, no se preocupe, eso no es nada, una tontería; usted va a ir ahora con este papelito a casa del doctor Gutiérrez —le vamos a hacer una pequeña biopsia, ¿Verdad?— y cuando él le dé el resultado me lo trae. Mientras tanto si le duele la barriga se toma estas goticas que le vamos a recetar, y procure no comer mucha manteca», entonces que se amarre los pantalones porque lo que viene es cirugía mayor y quién sabe si…

El doctor se caracteriza por dos cosas: una pulcritud impresionante y unas manos más impresionantes todavía. Cuando él dice «desvístase y acuéstese ahí», el paciente debe prepararse para lo peor. Porque ahí entran en acción las manos del doctor. Unas manos muy limpias, muy grandes, muy velludas. La cosa empieza como un juego. El doctor le toma un brazo al paciente y se lo flexiona suavemente. Le examina las uñas. Le pone el estetoscopio -previamente frotado para calentarlo si se trata de un paciente particular, helado si de un miembro de la clientela hospitalaria- y le pide que tosa. Luego tamborilea sobre las costillas —¡Es que me hace cosquillas, doctor!— y cuando menos lo espera el paciente ¡Zas! encaja una de aquellas manazas en el hígado y se deja ir con todo el peso de su cuerpo.
—¿Duele? -pregunta.
—¡Sí! -responde el paciente, medio ahogado. Y él aumenta la presión.
—¿Duele?
—¡Aaay, sí!
—Ajá…
El paciente cree que la tortura ha terminado. De pronto, la mano vuela al lado opuesto del abdomen, más feroz todavía:
—Y aquí ¿Duele?

El paciente no responde: se ha desmayado. Indudablemente, éste es candidato para una esplenectomía, si es que el doctor no se la practicó ya con la mano. Esplenectomía, por supuesto, quiere decir extirpación del bazo.

(…)
¿Ángel o demonio? ¿Benefactor o mal necesario? Imposible definir al médico en estas cortas líneas. Se necesitarían volúmenes y volúmenes para dar siquiera una idea general de lo que es la profesión médica. Por algo, aparte de que muchos grandes literatos -Rabelais, Baroja, Chéjov, Conan Doyle, y entre nosotros Lazo Martí- han sido médicos, la literatura le ha dedicado millones de palabras, casi siempre en contra, desde antes de Moliére hasta nuestros días. El propio don Miguel de Cervantes dice, a través de su Licenciado Vidriera, que el «El juez nos puede torcer o dilatar la justicia; el letrado, sustentar por su interés nuestra injusta demanda; el mercader, chuparnos la hacienda; finalmente, todas las personas con quien de necesidad tratamos nos pueden hacer algún daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno; sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay forma de descubrir sus delitos porque al momento los meten debajo de tierra».


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