Arrimando la brasa | Celebrando la poesía

Que la poesía esencial se sume a la actividad de aula como un acto natural

El Festival Nacional de Poesía ha tenido una excelente aparición con la palabra poética de Ana María Oviedo como su poeta homenajeada, despertando aires, tonos, aplausos y simpatía creciente por todo el país.

En cada estado se siente el pálpito creciente en el colectivo de escritores que reúne y organiza para honrar la vida cotidiana, con la esencia de las palabras de los suyos.

Y se rescatan voces, algunas de las cuales parecían olvidadas o desaparecidas en las catacumbas del correr de los tiempos.

Valdría la pena, en cualquier caso, el vincular a las escuelas en la libertad de las palabras en su andar, dotando la actividad de aula por unos días de este “decir” del poema, que embellece y señala virtudes, ennobleciendo la cotidianidad de modos nuevos, recordándonos la noble esencialidad del lenguaje cuando asume el canto como razón de envestidura.

Llevar los poetas a las escuelas, abrir un espacio de diálogo entre ellos y ellas con niños y adolescentes, enseñando a todos a escuchar sus palabras, aplaudiendo la posibilidad de esa comunicación, engalanaría la circunstancia en su carácter festivo y aportaría un ejercicio limpio para la posteridad inolvidable a esos niños y adolescentes que pueblan las aulas, luego de una ausencia salteada y desconcertante con los resortes del encierro por la pandemia.

Vale y mucho la introducción que puedan hacerles maestros y maestras a este mundo singular de la poesía, leyendo con ellos, proponiéndoles diversidad de nombres, dándoles derecho a introducirse en la palabra poética, descubriendo sus propios gustos y haciendo luego de esta, de la poesía, un acto cotidiano, quiero decir, de todos los días.

Que la poesía esencial se sume a la actividad de aula como un acto natural.

Eso sí, vale asesorarse para hacer las selecciones de textos a ofrecer, luego hay que dejarles disfrutar lo que los mismos alumnos descubran en diferentes poemas de autores diversos.
Que se acostumbren a la presencia de los poemas, como de la memoria de los actos cotidianos, que se suman a nuestra rutina diaria.

Que no se conviertan en maquinitas de repetición, sino en mentes sensibles e inteligentes que escudriñan en las palabras sus significados verdaderos, aquello que el poeta quiso decir.

Aplaudamos este impulso a mejorar los hábitos de lectura, convirtiendo la incorporación de la buena poesía en un elemento cotidiano, con la compañía –como compañeros y compañeras de ruta– de los poetas, dando un valor de permanencia a aquello que se ha descubierto. 

Y hasta enseñarles a leer con los poemas se convierte en una tarea de inculcación de valores esenciales para la alegría posible de estos nuevos lectores entusiastas en sus descubrimientos.  

 

Laura Antillano