Nada está escrito | Tecla Tofano, poética de la liberación
Por Jesús Ernesto Parra
31/05/2026.- Durante siglos, el canon estético confinó lo femenino a la pasividad de la contemplación. La mujer fue musa, modelo, objeto ajustado bajo el imperativo de la belleza clásica. El cuerpo femenino existía en el lienzo para ser habitado por la mirada ajena, sometido a una lógica donde, permitiendo la exageración, el creador-amo dictaba la forma, y el sujeto-esclavo prestaba la carne silente.
El siglo XX atestigua la subversión de ese monopolio visual. La mujer abandona el territorio mirado. Se erige en sujeto que escruta, juzga y acciona. Y en el caso venezolano destaca una creadora que, revisitada por la crítica y el coleccionismo, adquiere un estruendo particular. Una voz —en su caso, una materia— que la destaca de entre un siglo lleno de valores plásticos notables, pero casi todos de género masculino. Una obra que, sin duda, puede dialogar en pie de igualdad con íconos de la Segunda Ola Feminista como Carolee Schneemann, Marina Abramović, Yoko Ono, Katalin Ladik, Ulrike Rosenbach, Susy Lake y Sakiko Nomura. Nos referimos a la ceramista, escultora e ilustradora venezolana Tecla Tofano (1927-1995).

Es célebre su trabajo como ceramista. Un recorrido que explora con sorna pop los estereotipos femeninos, desde la transgresión de las formas canónicas de la representación de lo femenino. Más aún, presentando una contorsión monstruosa del género, llevando la poética del sexo hasta la procacidad filosófica. Sus figuras de barro eran diosas, putas, tótem y, a la vez, tabú.

Su elección del barro no es circunstancial. Frente al dominio técnico y cosificador del mundo industrial, frente al olvido del ser, Tofano hunde las manos en la arcilla. El barro es el material fundacional, desprovisto de aristocracia. Tofano renuncia tajantemente a la vasija útil, al modelado armónico, a la complacencia de la galería. Su cerámica renuncia a la simetría. Es volumen puro. Es víscera.
La industria cultural domesticó el eros. Tofano respondió desde la oscuridad. Integró la sombra, no como patología clínica, sino como territorio inexpugnable de poder. Tofano hundió las manos en la arcilla. Frente al dominio técnico y cosificador, la ceramista opuso la materia como verdad desnuda (Alétheia). El barro dejó de ser forma; se hizo manifiesto.

Si el hombre es un lobo para el hombre, Tofano documentó cómo la civilización intentó reducir a la mujer a oveja. Sus figuras rechazan la contemplación pasiva. No persiguen la belleza clásica. Exhiben, con la fatalidad implacable de la tragedia, la asfixia del molde social y la rebelión de la carne.
Es una obra que no deja de hacernos preguntas, no solo en el cuerpo, en la materia o la crítica. También en el tiempo, los autores nos interpelan. Y en el presente: ¿Es homologable a la estética Starbucks de Lady Gaga? ¿Se difumina su mensaje micropolítico ante el holograma de la pornografía en el 2.0? ¿Siguen siendo las mujeres ovejas, pero esta vez en un rebaño electrónico?

Respondemos desde el riesgo de la máscara de Tofano. No: Lady Gaga, en pop mercantil (eco de la industria cultural), diluye la transgresión en consumo; Tofano, en gráfica cruda, la mantiene atávica, escatología actual que acerca su belleza subyacente –robusta, deformada– a la pesadilla onírica, no al latte feminista. Sontag lo diría: el porno mata el misterio; Tofano lo revive en deseo político.
Revisitarla obliga a contrastarla con sus contemporáneas, a calibrar su trabajo en un contexto que la hace merecedora de un lugar de ventaja en ese pasado del arte y el pensamiento. Inscribir a esta creadora en el panorama del siglo XX exige leerla como entidades en estado de alerta al siglo XXI, oveja electrónica del algoritmo.

Como advirtió Borges, el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos. La revelación de la mujer-cuerpo y la ontología del barro de Tecla Tofano no son una nota al pie en la historia del arte; constituyen un refugio erigido con tierra y lucidez. Es un autor que no viene a explicar su tiempo, viene a transformarlo, como Marx frente a Feuerbach. No necesita argumentarse desde la lógica del opresor; viene a emanciparse desde el propio sexo: poética de la liberación.
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