Caracas 05, de Junio de 2026
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Letra fría | Cien años de viajes

Por Humberto Márquez


05/06/2026.- Desde aquel viaje de Panchita Ribas Palacios —sea cual fuere: el de ida y vuelta a "los cumbes" de Barlovia, según la fábula fascinante de Jorge Olavarría (¡buena como para el cine!), o la caminata a la hacienda Sabana Larga, en Cagua, que no fue precisamente un viaje corto a pie y que constituye la historia real de don Alberto—, lo cierto es que ella fue acogida por los García Gómez y vivió en la hacienda Sabana Larga hasta su matrimonio con Gustav Julius Vollmer Bösenberg en 1828. Desde entonces, la familia Vollmer ha estado signada por los viajes, cortos o largos. Trayectos desde El Palmar a Santa Teresa, y de ambas a Caracas, incluidos sus viceversas, que duraban muchas horas y hasta días; a pesar de que, en la actualidad, el trayecto de la capital a "Santa" es un paseo de apenas 45 minutos.

De otros viajes cortos quedaron cuentos buenísimos, como el de la casa en Las Quince Letras que tenía su abuela Carolina al lado del Castillete de Armando Reverón y Juanita:

Rondaba los ocho o diez años cuando conocí al pintor. Veía a su mono Pancho encaramarse en los árboles desde la casa de mi abuela. Me divertía seguirlo con la vista. Presencié muchas conversaciones con Reverón. Solía andar con unos pantalones anchos y con el pecho al aire. Yo suponía que era a causa del calor. Era un hombre particularmente simpático; natural como pocos.

Justo cuando andaba por esos ocho años, realizó su primer viaje a Europa —Francia, Bélgica e Inglaterra—, el cual aprovechó para practicar los idiomas que le habían enseñado sus institutrices: la inglesa, contratada en casa de los Rothschild en París, y la francesa, Madame Mathieu. Lo de los viajes en esta dinastía es un bien de familia —en Maracaibo decimos "mal de familia" para expresar lo mismo, es decir, con un toque de alabanza—. Por ejemplo, hay un relato de los bisabuelos que tomé del artículo "Cien años que trascienden", de nuestro amigo común Vicente Carrillo-Batalla:

Supe después del viaje a Nueva York que compartieron Gustavo Julio Vollmer Ribas y mi bisabuelo Juan Bautista Carrillo Guerra en 1897, con John Boulton Rojas, en un vapor de la afamada Red D Line, así como de las juergas plenas de júbilo en la hacienda Santa Teresa —según me contó Gustavo Vollmer— entre su tío Alfredo Carlos Vollmer Boulton y Vicente Batalla Abreu, hermano de mi abuela.

De todos los viajes, a pesar de la memorable luna de miel y de alguno que otro que no recuerdo en este instante, hubo uno que me pareció entrañable. Siempre he creído que los mejores viajes son los que no se planifican, los que surgen porque tenían que pasar. Resultó que, en 1948, se encontró en Nueva York con su compañero de universidad, Luis Roncayolo, quien había sido enviado por el gobierno de Venezuela junto a Héctor Santaella —presidente de la recién fundada Corporación Venezolana de Fomento— y José Martorano Battisti, quien había sido su profesor en la UCV, para estudiar un nuevo método de producción de hierro desarrollado por los suecos. Como desde Nueva York tomarían un barco a Francia y de allí seguirían a Suecia, y como a nadie le falta un "corrincho", lo convencieron de acompañarlos. Al llamar a su padre, este solo le pidió que comprara su propio pasaje, ¡que no aceptara que lo pagara el gobierno!

Finalmente se embarcaron en el Liberté, el mismo buque en el que doce años más tarde conocería a su adorada Christine. Como no tuvo tiempo de tramitar la visa sueca en Nueva York, al hacerlo en París le solicitaron una referencia en Estocolmo. Recordó entonces a Mildred Johnson, una hermosa muchacha de veinte años que había conocido en otro viaje, lo que dio pie a una simpática historia con el padre de Mildred, quien era dueño de un coloso astillero y toda una personalidad en ese país.

De la memorabilia de ese viaje destaca que conoció al científico y doctor Humberto Fernández-Morán, quien trabajaba en el Karolinska Institutet, uno de los principales centros educativos universitarios del mundo en el campo de la medicina, donde se reúne la asamblea que otorga el Nobel de Fisiología o Medicina. Luego lo vio en Boston, y después en Caracas, cuando Pérez Jiménez lo invitó a fundar el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales, que luego se convertiría en el IVIC. Alberto fue testigo de la genialidad de aquel hombre especial o, como decía él, de un "ser humano excepcional". Él era un científico, no un político; un hombre que rechazó el Nobel debido a la condición que le imponían de renunciar a su nacionalidad y adquirir la estadounidense para recibirlo. "Solo quería lo mejor para su país, pero fue nombrado ministro de Educación nueve días antes de caer Pérez Jiménez y jamás se lo perdonaron".

Ya de vuelta, apareció otro personaje muy singular. Pararon en Inglaterra porque no había vuelo directo a París. Al pisar la Ville Lumière, quienes conformaban la misión oficial del gobierno de Rómulo Gallegos decidieron dispensar una visita al canciller y poeta Andrés Eloy Blanco en el hotel George V, donde se hospedaba para presidir la III Asamblea General de las Naciones Unidas. Andrés Eloy les ofreció un trago con mucha templanza, informándoles que el gobierno había sido derrocado, pero que lo aliviaba el hecho de que no fuera un golpe sangriento.

"¿Por qué tienen esas caras tan tristes?", los emplazó, ¡me imagino que sirviendo los tragos!

Como buen poeta, los ubicó, y nadie salió corriendo a pintarse el pelo, como más de uno en circunstancias parecidas.

"¡Esto no es ningún velorio! Aquí nadie se ha muerto. ¡Lo único que pasó es que cayó el gobierno!".