Las dos orillas | La plaza de las tres plazas
El palimpsesto urbano y la fe caminante de La Candelaria
Por Armando Carrieri
14/06/2026.- No deja de sorprenderme la forma en que se organizan nuestros espacios públicos. La necesidad imperiosa y la premura hacen que se junte lo aparentemente disímil y que eso se exprese en los espacios urbanos. Hace días, por diligencias, me tocó hacer tiempo por los alrededores de la plaza La Candelaria. El caraqueño la identifica de inmediato como el lugar donde se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, que data del siglo XVIII. Esto nos da información sobre quiénes fueron los pobladores originales de ese sector; presumimos que fueron inmigrantes canarios o descendientes de ellos. Quizás por eso esa parroquia y sus adyacencias son tan prolijas en la oferta gastronómica de restaurantes españoles y tradicionales tascas ibéricas.
Caminar hoy por La Candelaria es dejarse envolver por una atmósfera que trasciende el tiempo. Los mismos vientos que trajeron a los primeros inmigrantes isleños —los llamados "blancos de orilla"— soplan todavía entre sus esquinas, mezclándose hoy con el aroma a ajo, pimentón y sofritos que emana de sus cocinas. Fundada en 1750 como la tercera organización territorial más antigua de la capital, esta parroquia es un palimpsesto vivo donde el eco de los antiguos tranvías aún resuena bajo el asfalto. Lo que nació como un ruedo para las corridas de toros de los isleños, devino en el epicentro de una exaltada espiritualidad.
El misterio de la doble identidad: ¿Urdaneta o La Candelaria?
Existe una confusión histórica que los caraqueños resolvemos con el afecto, pero que tiene una explicación técnica concluyente: en realidad, se trata de dos espacios públicos contiguos. Al norte, frente a la jefatura civil, se despliega la plaza Urdaneta; al sur, custodiando la entrada del templo, se extiende la plaza La Candelaria. Esta dualidad explica por qué la identidad del lugar parece desdoblarse entre los decretos oficiales y el sentir popular.
En 1895, el espacio fue bautizado como Plaza de la Democracia para honrar el centenario de José Gregorio Monagas, cuya estatua pedestre vigiló el lugar durante décadas. Sin embargo, en 1953, bajo el fragor urbanístico de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, el nombre cambió a plaza Urdaneta. Ese espacio reservado para hacer visible la figura y el legado del héroe de la independencia, "el más leal de los leales" al Libertador, fue inaugurado en 1955. El monumento, una estatua ecuestre fundida en bronce del prócer zuliano, es una obra del maestro Francisco Narváez.
Esta pieza guarda un secreto de "viajes" y cambios de planes. Aunque fue fundida en bronce en 1952, su destino original no era este. La obra fue encargada en 1949 para la plaza O’Leary, pero la construcción de la avenida Urdaneta obligó a buscarle un nuevo espacio que la albergara. Narváez se trasladó a Pistoia, Italia, donde vivió durante seis meses supervisando la fundición. El resultado fue una escultura de formas rotundas y macizas. Sobre ella, el maestro diría: "Es una obra en la cual me preocupé por resolver grandes planos y grandes volúmenes asociados a la idea heroica".
Racionalismo moderno y memoria en el asfalto
La fisonomía de la plaza es obra de los arquitectos Martín Vegas y José Miguel Galia, quienes en 1955 entregaron una remodelación que cubría 4.460 m². Fue un hito de la modernidad racionalista: mientras la superficie ofrecía recreación y una nueva jefatura civil, el subsuelo escondía, y aún esconde, un estacionamiento para 300 vehículos, una solución anticipada para la Caracas de los años 50. Es curioso observar cómo el propósito del diseño ha mutado. Si en el siglo XX la prioridad era el orden vehicular, las recientes intervenciones urbanísticas le han devuelto el espacio al peatón. Donde antes Vegas y Galia proyectaron la "modernidad del motor", hoy el urbanismo cede ante la escala humana y el caminante, revalorizando el espacio público como un genuino templo a cielo abierto.
Un ojo curioso todavía puede detectar rastros históricos en el pavimento: los viejos rieles del tranvía, aún visibles entre las esquinas de La Cruz y Alcabala, y la cruz colonial enquistada en la pared de la tasca El Quijote. Era el límite definitivo donde los viajeros se santiguaban antes de partir hacia Petare o agradecían haber llegado sanos y salvos.
Espejos urbanos más allá de nuestras fronteras
Este fenómeno de superposición y multiplicidad en el espacio público no es exclusivo de Caracas. Las ciudades latinoamericanas suelen ser expertas en acumular capas de memoria en unos pocos metros cuadrados. Ocurre, por ejemplo, en la Plaza del Congreso en Buenos Aires, donde conviven el Monumento a los Dos Congresos con los homenajes a Mariano Moreno y Bartolomé Mitre, forzando un diálogo de épocas distintas en un mismo suelo. Del mismo modo, Cuba resguarda esa densidad histórica en la Plaza de la Revolución de Bayamo, donde las figuras de Céspedes, Perucho Figueredo y Francisco Vicente Aguilera comparten el aire conmemorativo de las luchas independentistas. Como en La Candelaria, la geografía urbana de nuestro continente insiste en unir lo aparentemente disímil para obligarnos a recordar.
El largo camino a los altares y el nuevo guardián de bronce
Fue el 23 de octubre de 1975 cuando se trasladaron a la iglesia de La Candelaria los restos del doctor José Gregorio Hernández, nuestro "Médico de los Pobres". Su camino hacia la estricta justicia de los altares arrancó oficialmente en 1949. Tras atravesar las etapas de Siervo de Dios, Venerable en 1986 y Beato en 2021, su reconocimiento universal se consolidó como el primer santo de Venezuela tras la aprobación papal de su segundo milagro. Pero "Goyito" ya se había instalado en nuestros altares populares mucho antes del decreto de Roma; sus milagros siempre fueron igualadores sociales, tal como lo fue su vida.
La transformación definitiva del entorno se respira desde que la plaza fue elevada a santuario diocesano. La fisonomía del lugar cambió con la imponente presencia de la estatua monumental de seis metros de altura de San José Gregorio Hernández, obra de Manuel Suescún. Junto a él se alza la imagen de la Madre Carmen Rendiles, la santa caraqueña cuya fe no conoció límites. Este conjunto escultórico ha convertido a La Candelaria en un vibrante punto de encuentro y de turismo religioso mundial.
Hoy, la plaza ha sanado su memoria. El espacio que una vez fue el límite de la civilización es ahora el centro del consuelo nacional. Los espacios urbanos, como la fe, tienen la capacidad de transformarse para abrazar y, por qué no, bendecir a quienes los habitan.
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