Nada está escrito | La geografía del desengaño de Cormac McCarthy
Por Jesús Ernesto Parra
22/06/2026.- La fundación de la identidad norteamericana reposa sobre una ficción topográfica. El territorio de lo que hoy conocemos como los Estados Unidos de Norteamérica, antes de ser cartografía o propiedad, fue un vector espiritual: la línea de la frontera como una promesa incandescente. Cornelius Castoriadis advertía que las sociedades se erigen a partir de un imaginario radical, un magma de significaciones que instituye el sentido de la realidad y el destino colectivo. En el entramado secular de los Estados Unidos, ese imaginario adoptó la forma del destino manifiesto, la marcha hacia el oeste como un rito de purificación donde la civilización asimilaba la barbarie de la llanura. Cualquier coincidencia con la actualidad, favor pulsar el botón.
El cine de John Ford fijó la iconografía sagrada de este mito. En sus encuadres de Monument Valley, el paisaje operaba como templo de la rectitud moral; las siluetas de los jinetes contra el cielo del atardecer reafirman el orden, el nacimiento de la ley y la domesticación de la intemperie. La inmensidad es allí una oportunidad para la épica del individuo. Incluso en el realismo de John Steinbeck, donde la tierra se agrieta por la sequía y la injusticia social en las crónicas del Dust Bowl, subsiste una veta de humanismo trágico: la tierra es una matriz de trabajo, un espacio de lucha donde el dolor engendra la solidaridad del clan y la dignidad de los desposeídos. En la poética de Walt Whitman, ese paisaje es la humanidad misma, que tiene la oportunidad de renacer en un mundo —o país— donde todos somos el mismo.
La irrupción de Cormac McCarthy en la literatura contemporánea ejecuta una demolición terapéutica de esta arquitectura metafísica. En la Trilogía de la frontera (Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura), el paisaje sufre una mutación existencial. No hay promesa en el horizonte, ni redención en el esfuerzo, ni comunión en el sufrimiento. La llanura mccarthiana es la constatación de una fijeza mineral y absoluta; una geografía adusta que preexiste al hombre y que asistirá, con perfecta neutralidad, a la extinción de sus pasos. El trayecto hacia el sur de John Grady Cole y Billy Parham —Todos los hermosos caballos— no es la conquista del porvenir, sino el desmoronamiento de la ilusión edénica.
Para comprender la naturaleza del viaje en estas novelas, es preciso acudir a las categorías de la antropología antropológica. Victor Turner definió la liminalidad como el estado de transición que habitan los sujetos durante los ritos de paso: un umbral de ambigüedad y paradoja donde las estructuras de origen se han disuelto, pero los nuevos atributos del ser aún no se han alcanzado. Los personajes de McCarthy habitan una liminalidad perpetua. La frontera entre Texas y México no es una delimitación administrativa, sino una herida en la tierra donde las leyes de la civilización pierden vigencia y la existencia se reduce a la materia y la contingencia.
Al cruzar el río Bravo, los jóvenes jinetes creen avanzar hacia una era arcaica de plenitud ecuestre, un reducto de autenticidad frente a la mecanización del mundo moderno que avanza a sus espaldas. Lo que encuentran, sin embargo, es el reverso de la epopeya. El desierto es un laboratorio hobbesiano donde la violencia no posee el carácter moral de la justicia fordiana, sino la inmanencia de una ley física. Es el reino de la persistencia de los cuerpos por sostenerse en su ser en medio de un entorno hostil.
A diferencia del héroe de Steinbeck, que halla en el desierto el impulso para la organización comunitaria, el héroe de McCarthy camina hacia el aislamiento. La intemperie despoja al individuo de sus certezas éticas. El polvo, la piedra y la maleza espinosa no guardan memoria de las justificaciones humanas; el paisaje es un espejo calcinado que devuelve la mirada del hombre vaciada de trascendencia.
La operación estilística de McCarthy es inseparable de su visión del mundo. Su escritura renuncia deliberadamente al adorno del calificativo; prefiere la contundencia de los sustantivos, la fijeza del nombre que designa la cosa en su estricta materialidad: la espuela, el caballo, la roca, el rifle, la sangre. Es una prosa de la gravedad terrestre, deudora de la cadencia bíblica pero desprovista de Dios. La sintaxis avanza con la acumulación de las conjunciones, imitando el paso monótono del ganado a través de las cuencas secas, una marcha donde el tiempo parece disolverse en el espacio.
En el cierre de la trilogía, Ciudades de la llanura, la disolución del mito se completa. El paisaje de la frontera es ahora el escenario de la instalación de las bases militares y la llegada de la carretera asfáltica. El wéstern crepuscular de McCarthy no ofrece el consuelo de la melancolía; muestra la vejez del mundo y la inutilidad del heroísmo. Los caballos, símbolos de una comunión mística con la naturaleza, terminan vendidos en los corrales o sacrificados en el fango de las ciudades fronterizas.
El paisaje como destino se revela entonces en su dimensión más amarga. No hay una tierra prometida al final de la jornada. El viaje de retorno de Billy Parham, convertido en un anciano que duerme bajo los puentes de las autopistas del siglo veinte, es el testimonio del desengaño americano. La llanura, que una vez encarnó el lienzo en blanco para la invención de una nación, queda reducida a un páramo de ceniza y olvido, confirmando que la geografía no era el escenario de la salvación, sino el instrumento del destino para revelar la orfandad del hombre frente al silencio del cosmos.
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