Micromentarios | Señor vampiro
Por Armando José Sequera
23/06/2026.- Cada vez que mis lectores niños me preguntan la edad, digo como al descuido que 460, 280 o 245 años. Uso una de esas tres cifras; ignoro por qué. Hasta donde sé, no tienen nada que ver con mi vida, ni siquiera en el plano esotérico. Supongo que lo hago para ver sus caras de asombro.
En un colegio de Valencia, respondí que tenía 280 años, pero que estaba consciente de aparentar solo 279 y once meses.
Un niño de las últimas filas del salón que visitaba comentó con su compañero de al lado:
—¿Ves? ¡Te dije que era un viejo!
En otra escuela de San Félix, señalé que tenía 460 años, luego de lo cual una niña preguntó:
—¿Y qué tipo de dinosaurio tuvo usted de mascota?
La tercera anécdota ocurrió en el colegio Santa Bárbara de San Cristóbal. En uno de los salones donde me esperaban, un niño de tercer grado quiso saber mi edad. Le pregunté:
—¿Qué edad crees que tengo?
—Ochenta años —contestó sin titubeos.
Me sorprendió porque casi siempre me calculan entre cincuenta y cincuenta y cinco. Solo otro niño, en una escuela de Los Teques, en el estado Miranda, me había calculado muchos más años de los que tengo: noventa.
Al escuchar lo dicho por el niño tachirense, contesté:
—No, son más.
—Noventa —apuntó una niña.
—Más —afirmé.
—Cien —corrigió el que había preguntado.
A partir de mi negación, todos los integrantes del salón intervinieron. Cada uno agregó diez o veinte años. A la altura de 340, cerré el juego, pues me esperaban en otro colegio. Con cara de vendedor de electrodomésticos usados, dije que tenía 720 años. Una oleada de asombro recorrió todos los rostros, pero, aparte de guaos y silbidos, no hubo otro comentario.
Antes de irme, una niña que se hallaba a mi lado preguntó en voz apenas audible:
—¿Usted es un vampiro?
—¡Shhhh! —me puse un dedo sobre los labios—¡Sí, pero eso es un secreto!
Respondí dos preguntas más y, cuando ya había abandonado el salón y me encontraba en la puerta del colegio, la misma niña corrió hasta donde me hallaba y pidió tomarse una fotografía conmigo. Por supuesto, accedí.
Tras tomar la imagen una amiga que vino con ella, la niña inquirió:
—Señor vampiro, ¿de verdad usted es un vampiro?
—Sí —afirmé con seriedad para mantener el juego.
—¿Me puede mostrar sus dientes? —dijo.
—No, no puedo —negué además con la cabeza—: mis colmillos solo aparecen por las noches.
—Y, señor vampiro, ¿me puede morder?
Me sobrepuse al asombro de su solicitud y traté de responder con naturalidad:
—¡No, mi cielo! ¡Todavía no tienes edad! ¡Uno se vuelve vampiro después de los dieciocho!
—¡Ah! —se conformó y con la misma energía con que hizo sus preguntas, se desinteresó del asunto y, junto a su compañera, regresó a su salón a la carrera.
Me llamó la atención la tranquilidad con que tomó mi supuesta condición vampírica. Creo que el cine y la televisión han banalizado tanto el horror que hoy le tememos más a lo cotidiano que a lo sobrenatural.
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