Rostro de mujer | La resiliencia hecha mujer
Por Nirman García Berbeo
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01/08/2026.- Hay un hilo invisible, pero indestructible, que une a la mujer venezolana: una combinación perfecta de ternura y una resiliencia inquebrantable. Es la capacidad de florecer en medio del desierto, de transformar la escasez en valores y de levantarse con la sonrisa intacta aun después de la noche más oscura. Ser mujer en Venezuela es sinónimo de trabajo constante, de reinventarse sin perder la esencia y de abrazar el futuro con la fe como única brújula.
En esta edición de Rostro de mujer, nos fuimos al estado Táchira para conocer a Angie Dayana García Canosa, un testimonio vivo de esa tenacidad que inspira y que nos hace sentir orgullosos de esa perseverancia y labor que llevan adelante las mujeres de esta tierra de gracia.
Al encontrarnos con nuestra entrevistada y conversar, ella mira hacia atrás y evoca su infancia sin disfraces. Fue una etapa marcada por carencias materiales, pero profundamente rica en lo que de verdad importa: los sacrificios, la presencia, el amor y los valores transmitidos por sus padres. Su recuerdo más preciado no guarda grandes lujos, sino la calidez de lo simple: estar acostada en la sala viendo televisión junto a sus papás. Hoy, Angie contempla ese pasado con gratitud pura, sabiendo que en esa sencillez se forjaron los cimientos de la mujer valiente y determinada que es hoy.
Su juventud llegó acompañada de incertidumbres y fisuras familiares, pero encontró un camino de luz en su fe y en la iglesia, un espacio que alivianó los dolores del camino, le brindó dirección y mantuvo a su familia resguardada.
En el marco de la entrevista, expresó que el destino suele tener un sentido del humor maravilloso. Angie soñaba con estudiar Medicina; para ella, esa era la cúspide del éxito. Sin embargo, su mente analítica y su inclinación natural hacia los números la llevaron por otro rumbo. En medio del convulso contexto del país, entre procesos de selección y tiempos desafiantes, las circunstancias la empujaron a estudiar Contaduría.
Lo que parecía un desvío fue, en realidad, el plan perfecto. Aunque su profesión le dio las bases técnicas, la administración se convirtió en su verdadera vocación. "Como contadora, mis problemas estaban en los papeles, pero como administradora mis problemas pasaron a ser situaciones y personas", reflexiona Angie.
A partir de los 21 años, asumió el reto de dirigir personal, siendo casi siempre la más joven de la empresa. La fábrica donde labora en la actualidad no es solo su lugar de empleo: es su "bebé", su escuela de vida y una casa compartida, donde el esfuerzo diario se traduce en el sustento de muchas familias.
Si la vida profesional ha moldeado su carácter, la maternidad ha sido el espejo que transformó su alma. Con la llegada a su hogar de su hermana menor, Débora, y su pequeño hijo —su fuerza diaria—, el concepto del amor cobró un significado superior. Su primogénito, Enzo, se convirtió en el catalizador que detuvo las dinámicas aceleradas, enseñándole que los niños no escuchan discursos, sino que absorben lo que sus padres son.
Hoy tiene un emprendimiento de bisutería y bolsos, el cual comenzó como un escape ante la sobrecarga de pensamientos, actividad que tomó su justo lugar dentro de una vida más equilibrada. Ya no hay espacio para poner "curitas" al alma ni para vivir ahogada en el trabajo; hoy entiende que la felicidad consiste en darle a cada área —familia, fe, trabajo y sueños personales— el tiempo y el disfrute que merecen.
Al ser consultada sobre cómo se define, indicó que como una persona arriesgada, sincera, responsable y profundamente comprometida. Angie mira hacia el futuro con metas claras: consolidar un hogar propio para su familia, ampliar su negocio y seguir creciendo como trabajadora en la fábrica de la Dulcería Gianvalentina, una empresa que ha venido endulzando al país desde hace dieciocho años.
Expresó también que tiene especial admiración y gratitud hacia su primo Giancarlo Geremía Canosa, un pilar en sus batallas más duras. Su presencia incondicional en las tempestades y su propia evolución inspiran en ella una admiración profunda y la gratitud eterna hacia quien supo ser refugio, abrazo y fuerza cuando más hizo falta.
En cuanto a qué cambiaría si pudiera retroceder el tiempo, su respuesta es rotunda: nada. Cada invierno superado y cada ciclo vivido la han traído a este presente de plenitud.
Su mensaje para las nuevas generaciones y para quien hoy lee estas líneas es un abrazo al alma:
A veces no tenemos todos los instrumentos que necesitamos, pero no vean nada desde la imposibilidad: siempre se puede. Lo que invertimos en nuestro crecimiento personal es lo que nos sostendrá cuando lleguen los momentos difíciles. La vida se trata de eso: de aceptar los procesos, vivir el luto si hace falta, aprender y soltar para ser verdaderamente libres.
Angie García nos demuestra que cuando se camina con fe, amor y resiliencia, no existen metas inalcanzables, sin importar por dónde se empiece. Su vida refleja la de miles de mujeres que convierten la confianza en motor y la pasión en bandera. Entre cuentas, sueños y abrazos de madre, su trayectoria nos deja una lección clara: con valentía siempre es posible sanar y renacer. Cuando una mujer abraza su historia y decide ser libre, ilumina todo a su paso.

Foto leyenda: El coraje de reinventarse cada día
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