Aquí les cuento | Genética amorosa
Por Aquiles Silva
Los venezolanos somos un abrazo lleno de vida y amor.
01/08/2026.- Tenga usted la certeza de que la vida de cada uno de nosotros no ha vuelto ni volverá a ser la misma desde aquel momento. ¡Cuánto quisiéramos haber podido detener el tiempo y dejar las agujas del reloj de la existencia detenidas a las seis en punto de la tarde! La hora en que todo se vuelve fresco. La hora en que el sol tiñe de azafrán el horizonte y todos los rostros se convocan al descanso, a la alegría de la vuelta a casa después de la jornada de trabajo.
Ya nada será igual, délo por seguro. De nada nos valdría hacer una cura de sueño y volver de ella, porque la realidad seguirá tocando fuerte en el pecho. Una realidad que golpea con el puño cerrado aquí, en este hueso blando donde concurren las costillas de los dos hemióvalos del pecho.
Abstraerse, hacerse el loco o "el paisa" no es posible. Cada uno de nosotros tuvo un protagonismo directo en aquella puesta en escena que aún no termina. Esta película es un largometraje sin cotufas que superará las dos horas y no dará tiempo de salir a comentar lo sucedido y prepararnos para asistir a otra sala.
La cinta no se detiene: sigue la proyección en cada calle, cada esquina, cada mercado, cada camionetica del transporte, cada uniformado, cada palabra, cada voluntario, cada vecina, cada pantalla del teléfono. Todo nos recordará que el presente existe, y que dependerá de nosotros seguir vivos con ese presente y decidir si avanzamos o, por el contrario, si nos quedamos agarrándonos del minuto aciago para sufrir interminablemente los estragos de la sacudida.
No ha pasado ni pasará. Está latente en la voz de la hermana que quedó ilesa en lo físico, pero herida en el alma por la pérdida de algún amigo o de algún conocido.
Nada será igual. Todo ha cambiado de una manera tan violenta que pareciera que la vida apenas acaba de empezar para todos los habitantes de esta tierra que sufrimos la tragedia.
Desde mi recuerdo de bombero, hace más de tres décadas, rescato aquella experiencia al final de las explosiones en los incendios. La naturaleza humana nos hace reaccionar de una forma inexplicable: somos guiados por el instinto primitivo de la preservación de la vida. Al fin y al cabo, con lo único que contamos los humanos es con nuestra existencia.
Mirando imágenes tristes, vuelven a mi memoria los incendios en estructuras y fábricas donde los bomberos concurríamos a cumplir nuestro deber de salvar vidas "y propiedades". Imagínese dentro de una atmósfera caliente como un horno, y usted tratando de extinguir el incendio junto a sus compañeros, con visibilidad casi nula. Y de pronto, ocurre una explosión cerca de usted. Nadie podía anticiparla ni sospecharla, simplemente ocurría, pero con la fortuna de carecer de la fuerza suficiente para desintegrar a los bomberos.
El resultado de aquellas explosiones concluía en que, al superar la sorpresa, los bomberos nos encontrábamos abrazados, como protegiéndonos los unos a los otros, sin que ninguno lo hubiese pensado, sin que mediara protocolo, sin que en la escuela de bomberos lo hubiésemos practicado como maniobra de supervivencia.
Simplemente ocurría. Inexplicablemente ocurría. Y siempre, uno de los que despertaba de aquel segundo de muerte arengaba al resto a continuar la faena de extinguir el incendio:
—¡Arriba, arriba, gallos! ¡Vamos, arriba, arriba!
Y seguíamos combatiendo el fuego hasta extinguirlo del todo. Al salir a la calle, al mirarnos los rostros, ahí estaba el amigo con quien jugabas futbolito después del arriado de la bandera a las seis de la tarde y hasta las 21 horas, momento oficial del descanso mientras se espera por otra emergencia.
Los humanos tenemos el abrazo como consigna de vida. En las circunstancias más difíciles, apelamos a ese sentir, a ese contacto cercano que nos humaniza, que nos identifica con nuestra herencia de especie, con nuestra genética amorosa que aprendió desde los primeros momentos de la humanidad a dar de sí el calor necesario para superar el hielo; el pecho para compartir los lácteos latidos de los corazones que no articulaban idioma alguno, sino sonidos guturales que aún persisten cuando el amor se presenta más allá de las palabras.
Los venezolanos somos un abrazo lleno de vida y amor. De ahí venimos: de esa natural condición, de la primitiva forma de ser de la humanidad en la que no media discurso ni interés pecuniario para poner el pan en la mano y acercar a los labios la botellita de agua o la tapara cuando se sospecha la sed.
Por eso bajamos a ayudar; por eso nos hacemos presentes en todos los escenarios donde el amor convida, donde se hace tumulto el deseo de servir y de entregar al otro la energía necesaria que le permita levantarse.
Y para quienes no lo lograron, porque el reloj del 24 de junio avanzó después de las seis de la tarde, observen a través de sus propios ojos nublados de lágrimas que ellos están abrazados a otros; y si están solos, piensen que tuvieron en su último aliento el abrazo de sus más hermosos recuerdos.
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