Letra fría | Semblanza de grupo de la República del Este en tesis
Por Humberto Márquez
28/06/2026.- De las tesis de grado consultadas destaca La patria bohemia que nació derrotada: Semblanza de grupo de la República del Este, presentada en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello por Lissy de Abreu Gallego y Aline dos Reis Albuja, bajo la tutoría del periodista Sebastián de la Nuez.
Son siete capítulos densos, de excelente redacción, los que conforman la estructura de esta semblanza. Comienza con la última entrevista realizada a Adriano González León —precisamente sobre la República— por el periodista Gustavo Oliveros. A partir de allí, el relato adopta el estilo de un velatorio —tal como pretende este libro que hemos venido esbozando en las últimas entregas—, con la diferencia de que este es el velatorio real de Adriano en la Funeraria Vallés.
Así, en el primer capítulo, titulado "La agonía que no cesa", la muerte sirve de trasfondo e hilo conductor. La reconstrucción de este episodio permite introducir a la agrupación y presentar tanto la figura del empresario Elías Vallés como a los distintos personajes que serán retratados más adelante.
El domingo 13 de enero de 2008, "La partida de Adriano", como titula El Nacional, ya es conocida en el mundo académico y literario. Por internet empiezan a circular las primeras notas de despedida, anecdóticas y reflexivas sobre la vida y obra del escritor trujillano. La capilla principal de la Funeraria Vallés está dispuesta para recibir a deudos, amigos y curiosos. Personas que no se veían desde hace años vuelven a encontrarse. No solo antiguos "republicanos" se saludan a lo largo de la alfombra que conduce hasta donde reposa el autor, sino también familiares, amigos, políticos, poetas, perseguidos, perseguidores, admiradores y curiosos acuden a rendir respetos a González León. El pasillo bulle de gente; decenas de personas van y vienen. Disgregados, forman un grupo tan variopinto como en su época lo fue la República del Este.
Quizás alguno de ellos recordó una de las frases predilectas del autor de País portátil: "Barra que bebe unida, permanece unida", leitmotiv frecuente de sus tertulias y conversatorios. O aquella del poeta persa Omar Jayam que citaba a menudo: "Voy por el camino con mi sombra y mi botella. Afortunadamente, mi sombra no bebe". Un punto de encuentro obligado para los habitués del Este —fuera para despedir o ser despedido— era la casa mortuoria de la avenida Los Jabillos. Su dueño, Elías Vallés, ofrecía un servicio deferente cuando un republicano abandonaba este mundo. No era un intelectual, pero sus compañeros lo apreciaban. Había ocupado cargos importantes en la República: fue presidente y encargado de los "asuntos trascendentes y del más allá", además de uno de sus más generosos contribuyentes, el "gran pítcher" o mecenas del grupo. Aunque no se contara entre los sobrevivientes, los contratos convenidos en otro tiempo aún tenían vigencia, y ese domingo no es la excepción. En el pasillo se respira solidaridad ante el viejo maestro que se ha ido, pero el ambiente no es lamentable; a fin de cuentas, Adriano hizo lo que quería: despacharse la vida a tragos y llenarse de vivencias que no necesariamente se convertirían en letras.
Me llena de enfado la fragilidad de los instantes, el que uno no pueda hacer perdurable determinado hecho de su vida. Y no es que me queje del paso del tiempo, del cual todo el mundo se ha quejado [...], pero busco la solución.
Veinte años habían pasado de la publicación de País portátil cuando la periodista Miriam Freilich reseñó en El Nacional esta aseveración del escritor. Veinte años después de esa entrevista, ya nadie podría saber si había encontrado la solución.
Ahora entiendo el vínculo de mi amigo Gustavo en esta historia, pero ya había recogido esta nota que va incluida en el libro y es precisamente de este capítulo de la tesis:
De los miembros más emblemáticos, González León era uno de los sobrevivientes. Había participado en los grupos de vanguardia Sardio y El Techo de la Ballena, asociaciones que, junto a Tabla Redonda, representaron la irreverencia de los años sesenta en Caracas. Una vanguardia que, al desplomarse, dio paso a la República del Este, sociedad en la que militó hasta el final de sus días y de la cual fue referencia obligada. De esa cofradía, algunos miembros quedan por ahí, en otras barras o alejados de ellas. Unos, con orgullo, reconociéndose como "republicanos"; otros, negando cualquier afiliación cercana. Unos olvidaron las ideas revolucionarias; otros las reafirmaron con el socialismo del siglo XXI, y los que quedaron varados en "la Cuarta", de la que formó parte el "área mágica" de la República del Este, no quieren saber nada.
Recordaba a Oliveros:
Había de todo en aquella peña formada por los exmiembros de El Techo de la Ballena, el grupo Sardio y Tabla Redonda. No era un grupo con unidad temática, política ni filosófica. Alguien preguntó por los requisitos para ingresar y la respuesta fue sencilla: participación, hermandad y compañerismo.
Hay dos descripciones emblemáticas de lo que fue la República. Una, la de la poeta y periodista Miyó Vestrini, quien le señalaba al colega José Tomás Guerra en 1976:
La República es apenas un conjunto de amigos desolados, que no saben qué hacer con sus vidas a las 5:00 p. m., y que se encaminan, entonces, como quien va a una isla agradable, al café o al bar de Sabana Grande.
La otra es del escritor Orlando Araujo —quien también ejerció la presidencia—, en una respuesta ofrecida en su libro Crónicas de caña y muerte:
Y sucedió que un día fundamos una república [...] porque en el oeste, una república que no fundamos nos rechaza y nosotros a ella. Se ha dicho entre gentes de farsa y testimonio que, derrotada la guerrilla y dividida la izquierda, llegaba el tiempo de la nostalgia, de la bohemia y de la melancolía; y ciertamente con nosotros hay audaces cronistas de la tristeza, del amor, del vino y de la muerte, que escriben y cantan con dolor de ausencia. Pero aquella república no fue ni es un club de la evasión, sino un amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no cesa...
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