La guerrera despedazada e inmortal Bartolina Sisa

Su protagonismo dotó a la insurrección de un doble cariz: racial y de género

En cada uno de los países que fueron colonias españolas hay ejemplos de sobra para refutar esa versión edulcorada de que la conquista de América fue un cordial encuentro de dos mundos. 

En el caso del Alto Perú, región a la que la Independencia convirtió en Bolivia, son muchos los hechos históricos que demuestran la falacia, pero cobra especial relieve la abominable muerte de Bartolina Sisa, ocurrida el 5 de septiembre de 1782.

Este episodio de la lucha por la independencia suramericana es muy significativo por varias razones.

La primera de ellas es por el peso específico que esta mujer tenía en la pugna de los pueblos indígenas contra el dominio ibérico. No solo porque era la compañera de Tupac Catari, el líder máximo del alzamiento aborigen, sino porque ella misma era una de las jefas guerreras más sobresalientes de todo el proceso de emancipación del continente en su etapa temprana.

El protagonismo de Sisa dotó a la insurrección de un doble cariz: racial y de género, una caracterización crucial si se considera que unas décadas después, cuando germinó el afán independentista en las colonias españolas, el rol principal lo tuvieron los hombres blancos criollos.

"En el trajín de esos complejos acontecimientos, en medio de esas sociedades permeadas por el juego entre la permanencia y la renovación de las tradiciones, Bartolina no sólo aparece como la “mujer/esposa” –en el sentido occidental- de uno de los más importantes líderes de las revueltas, Tupac Catari, sino que por el contrario, va adquiriendo relieve por su propia contribución política y militar. Su conocida participación al mando de tropas sólo puede asombrar menos que el sitio a la ciudad de La Paz, llevado a cabo durante el año de 1781, que dirigió en conjunto con Catari en un principio, y sola posteriormente. El sitio duraría al menos ocho meses, con dos líneas de combatientes, y sólo sería quebrado luego de un amplio refuerzo de las fuerzas españolas atrincheradas en la ciudad", dice Santiago Sánchez en su trabajo Bartolina Sisa, mujer indígena y heroína.

En esa investigación, el autor cita a Marina Ari Murillo, una intelectual afro-indígena boliviana, quien asegura que "Bartolina provenía de la línea de las Mama T’allas, mujeres autoridades a la par de los hombres que tenían incluso divinidades femeninas propias. Mujeres inteligentes, laboriosas, guerreras que eran contempladas con respeto dentro de la filosofía aymara de los opuestos complementarios. Lo femenino y masculino como complementariedad necesaria para el equilibrio. La solidaridad como principio extendido a las relaciones ser humano y naturaleza, hombre y mujer, cosmos y tierra".

Otro aspecto que resalta en este capítulo de la confrontación por la independencia es la crueldad de los castigos impuestos por las autoridades españolas a quienes incurrían en actos de sedición.

Tierras bolivianas vieron nacer a esta heroína.

Tanto ella como Tupac Catari no solo fueron condenados a muerte, sino que se les sometió a martirios previos y a horrendos descuartizamientos posteriores. A Sisa se le arrastro con un caballo, luego fue ahorcada y después su cabeza y otras partes del cuerpo fueron clavadas en picas y expuestas en diversas ciudades y poblados como método de escarmiento para que nadie más se atreviera a tales actos de rebeldía. Era parte del protocolo de respuesta de los mandos coloniales, pues parecidos tormentos fueron aplicados luego en Venezuela a José María España y José Félix Ribas, entre los casos notables.

La sentencia del oidor Francisco Tadeo Diez de Medina expresó:

"A Bartolina Sisa, mujer del feroz Julián Apaza o Tupac Catari se la condena en pena ordinaria de suplicia y que sacada del cuartel a la plaza mayor por su circunferencia atada a la cola de un caballo con una soga de esparto al cuello, una coroza de cuero y plumas y un aspa afianzada sobre un bastón de palo, en la mano, y a voz de pregonero que publique sus delitos sea conducida a la horca y se ponga pendiente de ella, hasta que naturalmente muera y después se claven su cabeza y manos en picotas con el rótulo correspondiente, y se fijen para el público escarmiento en los lugares donde presidia sus juntas sediciosas y hecho después de días se conduzca la cabeza a los pueblos de  Ayo ayo  y Saphaqui, de su domicilio y origen, en la provincia de Sica Sica, con la orden para que se queme después de tiempo y se arrojen sus cenizas al aire”.

Mediante los mismos tormentos se dio muerte a Gregoria Apaza, hermana de Julián Apaza, más conocido como Tupac Catari, y por tanto, cuñada de Bartolina. Antes había sido torturada, ahorcada y descuartizada Micaela Bastidas, la compañera de José Gabriel Condorcanqui, el legendario Tupac Amarú.

El odio de los españoles contra Tupac Amarú, Tupac Catari, Bartolina Sisa, Gregoria Apaza y Micaela Bastidas se acentuó con los ocho meses que los rebeldes mantuvieron bajo asedio a La Paz, que comenzó en marzo de 1781, cuando una cantidad estimada de 20 mil indígenas se instalaron en La Ceja de El Alto. Con el transcurso de las semanas, llegaron a ser 80 mil las personas que participaron en el cerco. Luego de varias tentativas fallidas, los españoles lograron avanzar mediante una alianza con pueblos indígenas adversarios del grupo que llevó a cabo la acción de sitio. Fue por esa traición que los jefes y las jefas de la insurrección fueron capturados y asesinados.

Al momento de ser martirizada, ahorcada y desmembrada, Bartolina Sisa tenía apenas 32 años, había tenido cuatro hijos. De la etnia aymara, había nacido en Caracato del Ayllu, alrededor de 1750 y durante el tiempo que estuvo en labores pacíficas se dedicó al comercio de la hoja de coca y de tejidos originarios.

Heroína latinoamericana y global

La tortura, la muerte, el descuartizamiento y la atroz exhibición de sus restos no pudieron impedir que Bartolina Sisa ascendiera a la inmortalidad, al punto de que, en 1983, a 201 años de su trágico fin, el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América, celebrado en Tiahuanaco, Bolivia, aprobó designar el 5 de septiembre como Día Internacional de la Mujer Indígena.

La efeméride está cargada de significados pues pone en primer plano a un sector de la población doblemente discriminado: mujeres e indígenas.

“Las mujeres indígenas todavía sufren discriminación múltiple: como mujeres y como individuos indígenas. Están sujetas a pobreza extrema, tráfico, analfabetismo, falta de acceso a tierras ancestrales, atención médica inexistente o deficiente y violencia en el ámbito privado y público. Esta violencia se exacerba cuando las comunidades indígenas se encuentran en medio del conflicto y las mujeres se convierten en el blanco de la violencia con motivos políticos”, ha dictaminado la Organización de las Naciones Unidas.

A casi dos siglos y medio del martirio de Bartolina Siso, Gregoria Espaza y Micaela Bastidas, tal vez no aparezca públicamente un oidor real ordenando atarlas a la cola de un caballo, ahorcarlas y descuartizarlas, pero sigue habiendo mujeres indígenas asesinadas, perseguidas o privadas de libertad por sus luchas sociales.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ / CIUDAD CCS


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