Punto de quiebre | La medicina, una vocación dolarizada

Don Puncio salvó la vida, pero la historia pudo haber sido otra si no se tropieza con algunos galenos con verdadera vocación de...

El grupo tomaba cervezas y reía a carcajadas cada uno de los chistes y las ocurrencias de Carlos Marín, un chico locutor de unos 25 años que de todo sacaba una anécdota y una burla. Varios chiquillos perseguían incansablemente a un perrito colorado que parecía no cansarse de las jugarretas infantiles, mientras otros dos dormitaban echados en un rincón, como si les diera fastidio todo cuanto acontecía aquella noche en el barrio Santa Ana de Carapita, Antímano.

Nadie se percató de la llegada de los dos muchachos, sino hasta cuando los tenían frente a ellos. Uno de los dos, que no debía llegar a los veintidós años, tenía un arma en la mano, mientras que el otro simulaba tenerla, pero luego se supo que no tenía nada.

Los asaltantes comenzaron a obligar a todas las personas a ingresar a la vivienda y en ese instante salió don Puncio, el dueño de la casa y comenzó a forcejear con el malandro que no tenía pistola, hasta que logró dominarlo y lo sacó a empujones de la casa y cerró la puerta. Sonaron dos disparos y pocos segundos después fue que se percataron que don Puncio estaba en el piso y le salía sangre por la cabeza.

La familia no hallaba qué hacer, hasta que desde afuera les comunicaron que los criminales se habían marchado. Un vecino buscó su carro y salieron en volandillas.

En el camino, uno de los hijos de don Puncio propuso llevarlo para una clínica y optaron por la Loira, en El Paraíso. La llegada no fue de lo más grata.

La emergencia estaba repleta de personas, tal y como si fuera un hospital público. Había gente sentada hasta en el piso y varios de ellos con cara llorosa casi que suplicaban por ser atendidos, dado a que sus respectivos seguros no habían mandado la clave o, simplemente, porque la cobertura no les alcanzaba.

Los que habían tenido más suerte, ya les habían colocado las vías respectivas con suero y calmantes y solo estaban a la espera de que se abriera un lugar allí en emergencia para estar un poco más cómodos.

Los familiares lloraron, imploraron, pero no hubo forma ni manera de que alguien se inmutara en la clínica.

“Nada podemos hacer hasta que no tengamos respuesta del seguro”, les dijeron, por lo que debieron llevárselo para la Clínica Atías, en la avenida Nueva Granada, donde la historia se repitió.

“Sin clave, no hay atención”.

Decidieron probar suerte en el Instituto Clínico La Florida, donde al menos lo estabilizaron al llegar. Les dijeron que había que operarlo, pues tenía la bala alojada en la base del cráneo.

La operación salía en ocho millardos de bolívares, sin incluir los honorarios profesionales.

Obviamente que esa suma no era cubierta por el seguro de los hijos de don Puncio, quienes comenzaron a ver cómo hacían para buscar el dinero, aunque ahora al menos podían hacerlo sin la presión de que se les fuera a desangrar o a morir de mengua.

En el trabajo de uno de los hijos asumieron el costo de la operación. Don Puncio salvó la vida, pero la historia pudo haber sido otra si no se tropieza con algunos galenos con verdadera vocación de servicio.

WILMER POLEO ZERPA/CIUDAD CCS
PUNTODEQUIEBRE.CCS@GMAIL.COM

Únase a la conversación