Punto de quiebre | “No me robó, él me quería era llevar”

Se acordó remitirle una carta al comandante de la Guardia Nacional, solicitando colaboración en materia de seguridad

El hombre estaba regando las matas de su pequeño jardín en la urbanización El Paraíso de Caracas, mientras sus dos perros caminaban ansiosos de un lado a otro e incluso de vez en cuando se le quedaban mirando y le ladraban, como reclamándole que aún no los había sacado para hacer sus necesidades y estirar las patas un poco.

La mañana estaba fría y silenciosa y los árboles gigantes de la casa de la esquina bamboleaban sus brazos de un lado a otro, como si fueran a caerse de un momento a otro, aplastando todo a su paso.

“Déjame, déjame, auxilio”, se escuchó con claridad a lo largo de toda la calle. El hombre aguzó el oído y como no distinguía bien, trancó el chorro de la manguera para escuchar mejor y ciertamente se cercioró que quien gritaba era un niño o una niña.

“Deja, deja”, volvió a retumbar en la calle solitaria. Por una cuestión de instinto el hombre soltó la manguera y corrió hacia la puerta de la casa para ver qué era lo que pasaba.

Cuando abrió la puerta, vio que unos metros más allá un hombre de jean y franela que llevaba puesto un chaleco anaranjado, de esos que usan los mototaxistas, jalaba por el brazo a una chiquilla que no debía llegar a los trece años, que vestía uniforme de colegiala.

“Déjala coño ‘e tu madre, te vas a venir a robar para acá, malparido, no te das cuenta que es una niña, ya te voy a joder bien jodido. Voy a buscar la pistola”, dijo el hombre enfurecido y entró a su casa como una tromba.

Segundos después salió a la calle con sus perros y la pistola en la mano, la niña lloraba aterrada en un rincón de la esquina.

El hombre corrió a la esquina para ver si lograba darle alcance al sujeto que había atacado a la estudiante, pero éste ya se había marchado a toda velocidad, pues andaba en una motocicleta.

El hombre se guardó la pistola y regresó al lado de la chiquilla, que temblaba de miedo y lloraba, y lo miraba con cara de agradecida.

– ¿Qué pasó mami, qué te quitó ese desgraciado. Te quitó el celular?”, preguntó el hombre.

– No, no me quitó nada. El me quería era llevar, soltó la chiquilla, mientras se tapaba el rostro con las dos manos.

Varias maestras del liceo Ciudad Mariana salieron a ver qué era lo que había ocurrido y una de ellas abrazó a la chiquilla y comenzó a hablarle, como intentando tranquilizarla.

La liceista no cesaba de temblar y llorar, presa de un terrible ataque de nervios.

Quizás se imaginaba lo que habría sido de ella, sino sale en su defensa el vecino.

De inmediato se llamó a los representantes de la menor para que la fuesen a buscar, luego se convocó a una reunión urgente de la comunidad educativa para analizar el problema y determinar cuáles serían las soluciones que pudiesen prevenir estas situaciones.

Los docentes acordaron remitirle una carta al comandante de la Guardia Nacional, a fin de que les prestase colaboración en materia de seguridad, sobre todo en las mañanas y al mediodía, que es cuando entran y salen los colegiales y liceístas de la jornada de clases.

Dos efectivos de la Guardia fueron asignados como custodios, no solo para el colegio Ciudad Mariana, sino también para el San José de Tarbes y otros dos para el San Vicente de Paúl.

WILMER POLEO ZERPA/CIUDAD CCS

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