El quinto reloj de Caracas marcó los primeros pasos del Libertador

Ese marcador del tiempo era auxiliado por uno de sol creado por Alejandro Humboldt

Ciudad Ccs ahondó en la investigación y surgieron nuevos elementos que nos obligan a una segunda y tercera entrega, esperando sea de su provecho en aras de darle valor a nuestro acervo, que por la propia dinámica de la ciudad, pasa inadvertido y hasta subestimado.

Aunque haremos un repaso por las anécdotas e historias acerca de todos los relojes pondremos especial atención en el quinto en el orden, ya que fue llamado el Reloj de Bolívar.

El cuarto costó 500 pesos

Aproximadamente en 1732, bajo la orden del obispo Dr. don Joseph Félix Valverde se hacen nuevos trámites, y por un monto de 500 pesos que había donado el deán Joseph Melero, se hizo la adquisición de la nueva máquina que debía, por vanidad de los capitalinos y su cúpula eclesiástica, ser reluciente, más preciso avalado en su novedoso péndulo y con una campana capaz de llegar a sitios alejados de la plaza Mayor con un sonido de carrillón.

Este cuarto reloj se denominó el reloj de Valverde, por sus diligencias para adquirirlo, mantenerlo en perfectas condiciones y sobre todo por haber devuelto al Cabildo la cantidad destinada para su compra. ¿Un cura honesto?!!!

El 21 de octubre de 1766, debido al terremoto de Santa Úrsula, este nuevo medidor del tiempo se vio afectado aunque menos que la torre donde reposaba. Su tic tac siguió activo pero con ciertas dificultades hasta un par de años más tarde que hubo de ser cambiado.

No hay quinto malo

No hay quinto malo, dicen. Es que aquel cuarto reloj fue sustituido por el que a la postre se conoce como el Reloj de Bolívar, ya que este fue testigo desde el nacimiento, bautizo y crecimiento del niño Simón, a la postre Libertador.

Además, esa máquina medidora de tiempo marcó los hechos libertarios de mitad del siglo XIX como el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, el terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, el dominio simbólico de Bolívar por sobre la naturaleza, y tantos otros.

Es decir, ese quinto no fue cualquier reloj. Marcó el andar indetenible de las correrías de Simoncito en sus travesuras infantiles y de sus primeras luces; traiciones de los subyugadores realistas, así como conspiraciones patriotas para desde el propio centro capitalino, quizás darle fuerza a las aún no existentes consignas de Abajo Cadenas y Seguid el ejemplo que Caracas dio.

A principios de 1778 un gran reloj pretendió adornar la cúspide de la torre catedralicia; no obstante, algunas dimensiones exageradas hicieron necesarias ciertas adaptaciones de las que se encargó el reconocido relojero don Gregorio Ascune, quien luego de 10 meses de precisos cálculos dio vida a aquella inmensa máquina orgullo de los capitalinos, quienes se daban cita para aprender los números romanos que lucía la tan novedosa creación.

Se requirió de una iluminación especial para apreciar en su totalidad la magnanimidad de la obra, lo que a la larga generó ciertos signos en su estética que debieron ser atendidos para poner otra vez la hora oficial al servicio de toda la curiosa ciudadanía.

Este reloj de Bolívar contó con el privilegio de ser monitoreado y auxiliado en caso de retrasos por avatares técnicos y naturales, por un reloj de sol que creó el sabio Alejandro Humboldt.

A pesar de los daños incalculables generados por el sismo de 1812 que dejaron la esfera norte con las agujas paralizadas indicando las 4 horas y 7 minutos como el terrible instante (lo que requirió una momentánea sustitución por el reloj del cuartel Principal para sonar las campanadas, mientras hacían las reparaciones), estuvo activa hasta 1856.
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El elevado cobro de alquileres impulsó la buhonería.

Historias de Nuestra GenteEl combate a los buhoneros se perdió desde hace tiempo

Así como los esfuerzos por parte de la Iglesia y de las autoridades españolas fracasaron en su guerra antitabáquica, nacida en Caracas, de igual manera no pudieron con un tipo de economía que hoy por hoy, debido a la anarquía que representaba y aún representa, es un lunar en cualquier pretensión de buena gestión gubernamental: la buhonería sin control.

Los conquistadores que emitían leyes y las imponían, desde tiempos remotos se enfrentaron a este tipo de comercios informales, que según reportan los cronistas de Caracas, tuvo sus inicios alrededor de la plaza Mayor (llamada luego plaza Bolívar), ya que la idea inicial de tan emblemático sitio, es que los comercios crecieran de manera céntrica rodeando los cuatro costados que conformaban el epicentro de la actividad capitalina de aquellos días.

Desde que en 1728 el despótico gobernador Fernando Ricardos ordenó la creación de la plaza Mayor, encargando al ingeniero Juan Gayango Lascaris, el Ayuntamiento debía conseguir los recursos económicos y disponer oficinas de apoyo en uno de los costados “y por el frente a la calle rodearla de oficinas que sirvan para que precisamente hayan de poner y pongan los cajones o canastillas que están en las calles inmediatas, expuestos sus dueños a la inclemencia de los tiempos…” Ay de aquél buhonero que decidiese alzar su voz. La pretensión oficialista, más allá del orden era cobrar a los comerciantes para aumentar las arcas de la ciudad, porque modernizar el lugar con el crecimiento alrededor de la plaza Mayor presuponía, además de demoler monumentos como la muralla de la calle de La Pelota erigida en 1680, para el uso de sus piedras en la moderna construcción, todo lo que ello acarrea desde lo económico. Fueron utilizados los cuatro mil pesos de una herencia no reclamada. El contador Cristóbal Ruiz dispuso de la cantidad ya que doña María Sánchez de Vergara, por estar fuera del país no hizo uso de lo que le heredó don Francisco Sánchez de Vergara. Tales recursos no eran suficientes, por lo que se aplicaron cobros de 750 pesos a los dueños de las 30 pulperías existentes; a lo que se agregó el pechaje a los 14 arrendatarios de las tiendas que hacían vida en la propia plaza. Y como aún no alcanzaba el dinero se pidió a los pulperos que recalcularan las ñapas que daba a sus clientes en pesos y fuesen pagadas al fisco.

Estos desórdenes administrativos se fueron agravando y en 1753 se vigorizó el aumento de la buhonería, ya que solo unos pocos mercaderes podían aguantar aquel atropello oficial. Muchos se fueron a las filas de la buhonería, fuera del orden lógico y la planificación, como el cuento actual.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS

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