Repertorio de rimas y prosas sanvalentinescas

Clodovaldo Hernández

Hace algunos años, si uno quería leer una recopilación de frases sobre el amor, la mejor opción eran las agendas para jevitas. Eran rosadas, todas cuchi, con cupidos volando, florecitas y fotos de atardeceres demasiado bellos. En fin, que para un varón que se respetara, aquel era un material que solo podía consultarse en secreto, bajo riesgo de ser difamado feamente.

Pero claro –para asumir desde este párrafo la onda cursi que el tema impone–, cuando el amor tocaba a tu puerta, tú, como muchacho, sentías la necesidad de buscar frases de esas para ofrendarlas a tu amada. Y la única manera era tomando prestada la agenda de la hermana, de una prima o de una tía solterona, es decir, pisar terrenos a cuál más peligroso.

¡Ah, qué tiempos aquellos! Por fortuna, ahora tenemos Internet y basta con que pongas “Frases de amor en la literatura”, para que te manden suficientes definiciones como para enamorar a un millón de mujeres, si es que alguien tuviera tiempo, recursos y presencia de ánimo para hacerlo.

Como el periodismo tiene que ser también de servicio público, decidí echarle una mano a quien esté en esa onda, sea hombre o mujer, porque sospecho que las agendas para jevitas han caído en desuso, igual que todas las demás agendas.

Si te gusta con rima, he aquí una mina

Varios grandes poetas definieron el amor por sus contradicciones. Leamos:
“Por eso juzgo y discierno / por cosa cierta y notoria / que tiene el amor su gloria / a las puertas del infierno”, dijo nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra.

En la misma onda se lanzó Francisco de Quevedo: “Es una libertad encarcelada, / que dura hasta el postrero paroxismo; / enfermedad que crece si es curada. / Este es el niño Amor, este es su abismo. / ¡Mirad cuál amistad tendrá con nada/ el que en todo es contrario de sí mismo!”.

También por esos lados pasó Lope de Vega: “Huir el rostro al claro desengaño, / beber veneno por licor suave, / olvidar el provecho, amar el daño, / creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño, / esto es amor; quien lo probó, lo sabe”.

Las mujeres poetas hicieron su aporte. Sor Juana Inés de la Cruz nos dejó: “Amor empieza por desasosiego / Solicitud, ardores y desvelos; / Crece con riesgos, lances y recelos; / Susténtase de llantos y de ruegos”.

En la obra de Gustavo Adolfo Béquer hay para escoger. Solo como muestra, tenemos este: “Los suspiros son aire y van al aire. / Las lágrimas son agua y van al mar. / Dime, mujer, cuando el amor se olvida, / ¿sabes tú a dónde va?”.

Federico García Lorca aportó un mensaje especial para los que no reciben cartas (bueno, en este tiempo será más bien emails o whatsapp) de la persona querida: “Amor de mis entrañas, viva muerte, / en vano espero tu palabra escrita / y pienso, con la flor que se marchita, / que si vivo sin mí quiero perderte”.

Cuando se habla de amor, se habla de sus expresiones físicas, con el beso en lugar estelar. Para eso tenemos a Gabriela Mistral: “Hay besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria, / hay besos que se dan con la mirada / hay besos que se dan con la memoria. / Hay besos silenciosos, besos nobles / hay besos enigmáticos, sinceros / hay besos que se dan sólo las almas / hay besos por prohibidos, verdaderos”.

Y sobre la incertidumbre de los encuentros carnales, puede ser momento de Octavio Paz: “Dos cuerpos frente a frente / son a veces dos olas / y la noche es océano. /Dos cuerpos frente a frente /son a veces dos piedras / y la noche desierto”.

Cuando la cosa va mal, hay mucho material disponible, pero veamos a Rafael Alberti: “Te digo adiós, amor, y no estoy triste. / Gracias, mi amor, por lo que ya me has dado, / un solo beso lento y prolongado / que se truncó en dolor cuando partiste”.

Por supuesto que es necesario tener algo de Rubén Darío: “Y, ¿qué es el amor? / ¿Amor?… Germen fecundo de la dolencia humana…/ Origen venturoso de sin igual placer… / con algo de la tarde y algo de la mañana… / ¡Con algo de la dicha y algo del padecer!”.

…Un poco más prosaico

Si la poesía en verso te resulta demasiado pesada o empalagosa, quedan miles de frases sin pretensiones de métrica.

Por ejemplo, Fiodor Dostoyesky asume una posición filosófica: “¿Qué es el infierno? Sigo manteniendo que es el sufrimiento de ser incapaz de amar”.

Algo parecido hace Albert Camus cuando dice que “No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”, una frase que puede llevar consuelo a los que están enamorados solos.

Stendhal se decanta por el lado de lo arriesgado que resulta amar. “El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”, mientras Bertrand Russell advierte sobre el castigo que espera a los que escapan del sentimiento por excelencia: “Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos”.

Si además de prosaico estás en vibración de desengaño puedes apelar a Charles Bukowski: “El amor es como cuando ves la niebla en la mañana, cuando despiertas antes de que el sol salga. Dura solo un rato, y luego se desvanece. El amor es una niebla que quema con el primer rayo de luz de realidad”

También vale ponerse irónico y aguafiestas, como José Ortega y Gasset, quien hizo la siguiente reflexión matemático-demográfica: “Hay quien ha venido al mundo para amar a una sola mujer y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella”.

Y está el humor, que pocas veces falla, especialmente cuando se trata de Groucho Marx, quien dejó la siguiente sentencia: “Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado”.
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Con palabras de acá

Ignoro qué dirán los expertos en poesía venezolana, pero parece que nuestros poetas no se han afanado en definir el amor. Tal vez se han ocupado más de otros asuntos. Pero si alguien quiere darle a estos días del amor un tono poético y nacional, haría bien en leer (y leerle a su pareja) la Balada de Hans y Jenny, de Aquiles Nazoa.

He aquí apenas unos fragmentos: “Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia. (…) Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas. Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos y en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas”.

Hanni Orsott, en su poema Mi amor yace en un pozo, dio, en cambio, un grito desesperado: “Me he entregado a un amor raro / sin nervios / sin locura/ sin gritos / sin pasión / puro intelecto. / Al menos déjame escribir / esta noche / un poema. / Al menos se trata de una pasión”.

Y Gustavo Pereira escribió un bellísimo Somari a la milésima de segundo que suena como un flechazo: “¿Dices que un instante no es nada? / En una milésima de segundo / avanza un auto tres centímetros / pero su sonido habrá recorrido treinta y tres / y la tierra en su órbita, nueve mil / Todo puede ocurrir en una milésima de segundo. / Me bastó verte”.


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