San Agustín según María Zambrano

Portafolio

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[Se confiesa quien se siente disperso, aquel que no acepta lo que le ha sido dado y, ensimismado de los demás, le es imposible la conciliación consigo mismo en su intento de ser uno en diálogo con lo otro. Esta es la tesis que sostiene María Zambrano, sobre lo que ella ha resuelto distinguir como un género literario: la confesión. Conviene dejarla hablar ahora sobre esta maxima acción que se ejecuta con la palabra, a propósito de conmemorarse mañana el día del santo que fue y es expresión de la queja que conduce a la revelación de la verdad y la vida: san Agustín.]

Es San Agustín quien muestra la confesión en toda su plenitud y con una claridad que no ha vuelto a conseguirse. A su luz no sólo podremos ver lo que ellos dicen sino estas otras confesiones truncadas de nuestro tiempo actual, pues que lo claro tiene la virtud de hacernos ver lo que no ha podido llegar a serlo.

Parte San Agustín de una enemistad habida entre él y la divinidad, es decir, la realidad suprema. Porque la vida puede estar de espaldas ante la realidad. Es la condición más típicamente humana y más alarmante de todas: cualquiera otra criatura es fiel a su realidad, vive anegada en ella. Todas menos el hombre, cosa que aparece más que en nada en las Utopías, esos sueños de volver a la unidad con una realidad en que encajarse. Nos sentimos como seres desprendidos, a medio nacer y a medio encajar en una realidad presentida que buscamos.

La Filosofía, la Teoría del Conocimiento, se plantea el problema de la realidad, como si fuese hallada en el conocimiento, cuando en verdad, siempre se da por sabida antes de tenerla. La Religión, las religiones, muestran cómo el hombre ha dado por supuesta una realidad del mundo presente, y hasta la idea del ser significa que no tenemos suficiente con lo que encontramos, y necesitamos otra realidad para nuestro pensamiento. Pero la Confesión que lo es de la interioridad del hombre, manifiesta por su parte, la busca de una realidad completa. Podemos sentirnos vacíos de realidad y aun enemigos de ella. La confesión parte de esta última situación, de sentirse enemistado. Todos los que han hecho el relato de su vida en tono de confesión parten de un momeno, en que vivían de espaldas a la realidad, en que vivían olvidados.

Porque esta enemistad es sentida como un olvido, como si al desprendernos de algo olvidándolo, nos lanzásemos sobre lo que nos rodea. San Agustín, al ir a buscar la unidad, siente que ya la tiene de antes, que la recuerda. Para la vida, conocer es siempre recordar y toda la ignorancia aparece en forma de olvido. Tal vez, porque la memoria sea la manera de conocimiento más cercano a la vida, la que le traiga la verdad en la forma en que pueda ser consumida por ella, como apropiación temporal. presencia.

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San Agustín está en la línea de Job, pregunta ante todo por sí mismo, pues se ha vuelto cuestión él mismo, se le ha hecho la vida imposible a fuerza de andar disperso entre las criaturas. «Por amor de tu amor hago esto trayendo a la memoria con amargura de mi corazón mis torcidos caminos pasados para que tú me veas y me recojas de aquella disipación en que anduve dividido en mil partes, cuando apartado de Ti, Unidad soberana, me disipé entre las criaturas». No se encuentra a sí mismo, pues anda extendido y entremezclado con las criaturas, es decir, con una media realidad que no le sirve. Es un hombre a medio hacer que anda entregado en unas criaturas que tampoco son, pues no se le ofecen con los caracteres del ser: firmeza y claridad. Pero tampoco puede ensimismarse.
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Su manera de dirigirse a la realidad soberana, es ofreciéndose a ella, con hambre de ser visto, «para que tú me veas y me recojas». Y esta acción de ofrecerse a la mirada divina es lo que constituye propiamente la confesión de San Agustín. Es la réplica a Job. Y es también la iniciación de un camino de salvación profundamente distinto de la filosofía, aunque luego San Agustín resulte un filósofo. Pero él filosofará ya de manera distinta de cómo lo hiciera Platón y Plotino, de quienes recoge sin embargo tanto. Él no se ha salvado por la Filosofía, sino por haberse encontrado bajo la luz. El entrar en la luz, el mostrarse abiertamente de la confesión, es lo que verifica la conversión, lo que hace que nos sintamos desprendidos de aquel que éramos.

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Y es que la confesión tiene lugar en el instante mismo en que alguien se descubre, verificando así el movimiento contrario a aquel de la salida del paraíso, cuando Adán avergonzado se escondió ante la voz divina. Ahora, lejos de esconderse, se descubre, «trayendo a la memoria con amargura de mi corazón mis torcidos caminos pasados para que tú me veas».

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San Agustín sabe que el retorno al Paraíso no es posible; está ahí la tierra, la vida; su mismo corazón inagotable, y todo el acabado de nacer. Ahora es cuando se reconoce entero; ha entrado en sí. «Y en cuanto a mí, mi Bien es estar unido a Dios, porque si no permanezco en él, tampoco permaneceré en mí».


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