El séptimo reloj tiene más de un siglo marcando nuestro tiempo

Guzmán Blanco invirtió 1.181 libras esterlinas para garantizar la calidad del aparato

En 1857 el nuevo jefe de la Iglesia católica venezolana era el doctor Silvestre Guevara y Lira, quien por su amistad con el presidente José Gregorio Monagas logró rápido ascenso a arzobispo.
Luego de ocuparse de reactivar la vida ciudadana destrozada por la epidemia de cólera, se dedicó a asuntos eclesiásticos y de la Catedral. Allí nace la necesidad de un sexto reloj.

La Iglesia había erogado dos mil pesos que sumados a los mil del Congreso Nacional fueron entregados al Concejo Municipal para adquirir la nueva maquinaria. Pero esos reales se desaparecieron y nadie fue, ni Curas ni políticos.

Por la necesidad del reloj para guiar no solo la campana religiosa sino el andar de las oficinas públicas, se ordenó la inversión de dos mil pesos para traer una máquina inglesa moderna. Los recursos salieron de unos fondos de Rentas Municipales de La Guaira que debía establecer la negociación con el vendedor Roberto Lyers.

Eran los días de Antonio Leocadio Guzmán en los que correspondió el honor de colocar y echar a andar la máquina al relojero Manuel Marquiz, a un costo de mil pesos que fueron pagados por residentes acaudalados.

En vista de qe los números de la esfera resultaron muy pequeños fueron objeto de crítica, por lo que se encargaron cuatro nuevas esferas vistosas a un precio de 418 pesos y otros 50 pesos por unas nuevas agujas, más 250 por fijar las esferas. Así nace y se ajusta este penúltimo aparato, ya no tan anunciador sino controlador del tiempo, que con sus números, que parecían de oro, mantenía distraído al pueblo mientras líderes y guerreros se enfrentaban hasta morir en las llamadas revoluciones de colores.

¿Hora de la muerte?

El gabinete nacional, presidido por Guillermo Tell Villegas, ordena detener las agujas del icónico reloj a las 10 en punto de la noche del 18 de noviembre de 1868 para indicar la hora de muerte del líder José Tadeo Monagas. El tiempo simuló detenerse hasta dos días, hasta culminar las exequias del guerrero.

Guzmán Blanco, al llegar al poder decide pasar al viejo reloj, en pleno funcionamiento, a la recién construida iglesia de San José donde permanece aún.

Así nace el séptimo reloj. Más grande y dotado con unos armoniosos carrillones. Aunque lo encargó el presidente Hermógenes López, fue instalado en lo más alto de Catedral por su sucesor, Juan Pablo Rojas Paúl, Presidente recomendado por el Ilustre Americano, quien mandaba desde Europa.

Blanco había proyectado una modernísima Plaza Bolívar con el ingeniero Roudier y el escultor Tadolini, estatua ecuestre de Bolívar, pisos de mármol y otros ornatos modernos, por lo que un nuevo reloj para la Catedral era más que una necesidad en aquel suntuoso y estético derroche cultural.

Un total de 1.181 libras esterlinas se pagaron a Losada, el constructor español que vivía en Inglaterra. Ganó tanto dinero que además de las notas del Himno Nacional incorporadas al sonido del reloj le agregó como obsequio un carrillón con siete piezas clásicas religiosas, lo que aumentaba la vistosidad y la ostentación de tan moderna pieza, cuya mole de más de siete toneladas debió ser instalada por el experto relojero británico Gosling, a quien se le desembolsaron otras 200 libras esterlinas.

Por ello aquella Navidad de 1888 se disfrutó en la Plaza Bolívar, a ritmo metálico, un exótico Himno Nacional.

Pasó más de un siglo hasta que el terremoto de 1967 generó algunos daños que fueron resueltos de inmediato y reactivaron la vida a este gigante que ha sido testigo del tiempo por infinitas lunas y, aparentemente por las que vendrán, debido a su inmejorable calidad de fabricación que le coloca el inobjetable sello de durabilidad eterna.

LUIS MARTÍN/CIUDAD CCS
FOTO JAVIER CAMPOS.

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