Siete cosas que descubrí en una Caracas sin luz

El apagón que conmovió al país la semana pasada, dejó sobre Caracas una estela de eventos insólitos que reveló una ciudad reinventada

El jueves, como a las 4:56 minutos de la tarde se fue la luz. No sé. Se apagó. Zas. Pácata. Y como había iluminación de día, no nos quedamos en penumbras, sino que todo desapareció de la rutina digital. La computadora, internet, un “te quiero” de vuelta por mensaje de audio de Whatssapp.

Como pude, tuve tiempo de sacarle el último crujido de voz a mi señal Movilnet para comprobar que a 33 kilómetros al este de la ciudad mis carajitos estaban recogidos en casa, bien.

Quedarse sin electricidad es una maldición moderna: es como un salto al vacío hacia una etapa inferior de la evolución humana; un traspié de urbanita sodomizado que no logra asimilar, por su automatizado temor al vacío existencial, que más allá de la luz hay vida, y que el color negro no tiene por qué ser el final de las cosas, sino el comienzo de una épica maravillosa. Si no, pregúntenle al negro del Whatsapp.

El cálculo de la liga de la maldad fue estricto: sin electricidad en hora pico, Caracas desbordada por el éxodo masivo de viandantes arrechos que necesitan regresar, acabaría en un “huéleme la chancleta” apocalíptico con posibilidades de terminar en una ciudad en llamas y el fin de la Revolución Bolivariana, una vez más, luego de 20 años de intentos frustrados. Mientras, un Guaidó danzando como un poseso desde las alturas del cortafuego del Waraira, viendo a la ciudad arder en una pira fantasmal como un Nerón de pacotilla, conectaría con sus arcanos del norte para advertirles que por fin, aunque no metieron la “ayuda humanitaria”, de retruécano nos plantaron la oscurana.

Paja: lo que pasó, a despecho de las ansias locas de una dirigencia escuálida aturdida que aspira al fin abrupto de las cosas (invasión de marines, temblor “matachavistas”, éxodo rojo) es que Caracas lució, en la espesura de las horas de oscuridad, otro rostro de su infinito abanico: testaruda, ágil, solidaria y audaz; dio al traste –a través de siete eventos casi insólitos-–con lo que parecía verdaderamente el punto y aparte de estos tiempos.

Cantar de gallos

En el centro de Caracas se escuchó un extraña cantinela que emergió de entre las avenidas Lecuna y Baralt y recibió respuesta en La Pastora. De jueves para viernes y de viernes para sábado, una jauría de gallos ebrios soltó su bramido a deshoras, en un coro famélico que en cualquier otra circunstancia habría sido imposible. Fueron auténticos reyes de la noche y tan vehemente su empeño ante tantos años de silenciamiento, que cantaron corrido a las 9, a las 12, a las 3 y a las 5 y 23 minutos de la madrugada cuando el último agonizaba como deseando, enratonado, los buenos días.

Ver estrellas

Es verdad, de jueves para viernes eso fue una garganta profunda que se extendió con desazón hacia el este como el corredor maldito de las películas de terror, y hacia el oeste como un siseo de voces amordazadas. Fue, a lo mejor, la noche más oscura del siglo. Pero de viernes a sábado estalló un centelleo plateado que nos permitió descubrir, mirando hacia el cielo de noche, una vaina aérea que llaman estrellas y que pocos recordaban que estaban allí. Hubo quien confesó ver estrellas fugaces y otros, objetos voladores no identificados desembarcando en la montaña sagrada que lució bonita adormecida de lado, sin el velo refulgente de las luces de la ciudad.

Cuentos infantiles

Ridiculizada hasta ayer por el aislamiento masturbatorio del celular y el PSP, el apagón permitió revitalizar algo pasado de moda: la hora del cuento en familia. A la luz de la vela, más de una madre o padre desempolvó añejos utensilios plagados de hojas de papel y letras entintadas que muchos denominamos libros y que la mayoría decidió esconder por vergüenza. Se leyó cualquier vaina y los más afortunados maravillaron a sus hijos con ese subproducto del pasado llamado imaginación, repasando, ¡ay por Dios!, Alicia en el país de las Maravillas o peor aún, Miguel Vicente Pata Caliente de nuestro Orlando Araujo.

Juegos de mesa

Cuando escuchó “Monopolio” una señora de La Concordia pensó en una nueva lotería de animalitos, y un chamo de los que oye Trap en una droga sintética. De la misma trastienda de donde salieron la linterna con las baterías sulfatadas y las velas piches, surgieron como por arte de magia los juegos de mesa que se desplegaron ante la desconfianza expectante de los mirones de condominio, asombrados ante la posibilidad de jugar dejando de lado los pulgares y sin que apareciera por ningún lado la palabra on line. ¡Dígame cuando emergió el parchís!

Comer natural

Nos agarró con los pantalones abajo, con algo de comida remanente en la nevera, algún enlatado redivivo, sin cocina eléctrica y muy probablemente sin gas. Esa noche, quien comió sin angustias comió apurado una cosa fría o natural, desayunó cualquier menjurje brusco, almorzó milagros y cenó chapuza, pero con la ventaja de que accedió a la esencia de los sabores, a temperatura ambiente y el riesgo de las cosas corrompidas que forjaron el temple del hombre y mujer de las cavernas en su afán civilizatorio. Hubo quien peló por la solidaridad vecinal y comió en comuna, con sabor a pueblo.

Romance con velas

La mayoría estaba molesta, es verdad, porque el blackout fue absoluto y creó angustia ante la falta de acceso a algún tipo de información (o desinformación, que es la que más). Pero hubo quien empuñó su espíritu romántico y en un lance atrevido posó sus ojos brillosos frente el aleteo de la nimia llamarada de las velas para proponer un beso, una caricia, o un polvo desmesurado con sabor a “esto es lo que hay” o “vamos a fabricar un muchacho que la vaina tampoco está tan jodida”.

Silencio espectral

Caracas es, dicho por los nostálgicos, un poblachón del Caribe con ínfulas mundanas que cifra su encanto en su aire provinciano. Sin luz, fue exactamente esa aldea tasajeada por sus ríos, sumida en un silencio bucólico apenas interrumpido por los gallos corrompidos del Centro, pero sin sobresaltos. Al contrario de la esperanza opositora, deslumbró por su calma hasta que un grito necio pretendió quebrar la paz de la noche cuando entonaba ese himno ofensivo que arranca diciendo “Madurooooo…” y que muchas veces recibió el vacío por respuesta. En algunos casos, algún diletante esperanzando en el espíritu estoico del pueblo patriota, ensayó un novedoso “Guaidóooo…” que detonó como un candelazo defensivo, y recibió como respuesta una sinfonía en son guapachoso y confuso: “cara de culooooooo” que quizás, alguien no entendió.

MARLON ZAMBRANO / CIUDAD CCS

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