El sueño creador en Federico según María Zambrano

Misterio, voces sin lugar de procedencia, sin destino; lo indescifrable. Así definía la poesía Federico García Lorca, fusilado por el fascismo español en...

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Misterio, voces sin lugar de procedencia, sin destino; lo indescifrable. Así definía la poesía Federico García Lorca, fusilado por el fascismo español en agosto de 1936. Hoy conmemoramos su destino —no el de mártir, sino el de poeta— con fragmentos del texto que dedica a su palabra la filósofa María Zambrano en su libro Algunos lugares de la poesía, donde, precisamente, da cuenta de cómo ese misterio que es la poesía, fue esencia misma de ser García Lorca. La poesía fue su todo, su unidad, y por ella le dieron muerte y con ella ganó lo eterno, lo inacabo, lo que persiste.

Federico García Lorca: El destino de ser poeta
La inmensidad y el universo todo se le dio, sin que él los buscara, a ese muchacho de la Vega de Granada llamado Federico García Lorca, cuyo nombre fue tan enseguida conocido a lo largo y a lo ancho de la lengua española. Sin duda alguna en su nacimiento, y aun antes de aparecer tan legítima y felizmente en este mundo visible, era poeta. Poeta de nacimiento, de ese nacimiento que es ya muerte y resurrección. Qué peso tan fuerte, qué duro poder soportarlo para él que nació así, teniendo que apurar día a día, hora tras hora, este continuo e incesante estar naciendo en una especie de eternidad; es cosa que a lo menos en esta cultura occidental se atribuye a una mística, en el caso que sea aceptada, que entraña un sacrificio continuo. Era apurar la vida en la eternidad cuando se está solamente en esta vida mortal, pero llevando en sí lo eterno, lo único e irrepetible:
Hoy no sé nada,
Mañana quizá pueda
Observar toda la intensidad
De mi corazón

Ese «quizá» expresa la posibilidad de algo que ya es desde siempre: su ser poeta, algo de lo que el muchacho, y más siendo adolescente, tiene que dudar. Nada, pues se le ahorró a este ser extraordinario. Tenía que ser poeta. No podía ni meditar, ni saber, embebido por entero en ser poeta, y así creció teniéndolo ya todo. Tuvo que subir la cuesta de un calvario, que no necesitaba, de la crucifixión en lo alto.

Qué torpeza tan grande mostraron los que sacrificaron a Federico, que así se llama irresistiblemente. No era necesario ser tal como era; con soportar el peso de su propio ser tenía ya bastante. Qué inmensidades, qué abismos, qué distancias inmensas hubo de recorrer desde muy adentro, desde las entrañas del ser, para darse la luz (para nacer) como mandato ineludible. Había ya nacido del todo, pero tenía que vivir ese nacimiento, ese absoluto en la relatividad del tiempo, uno y múltiple. Y así, con sólo cuatro versos, se anuncia todo, yo diría todo su vivir.

Dice en otro poema, de la misma serie que los que damos a conocer aquí:
En el camino que espera
Los tropeles de almas
Voy cargado de penas
Por el camino solo.

(…)
Qué viaje se le dio a recorrer a ese muchacho que antes de morir tuvo que volver a nacer, ejercicio a la vez irrepetible y sin fin. Tuvo que ser así y no de otra manera. Y así se le dio desde el comienzo la facultad de ver y no sólo sentir el negro sol de la noche.

(…)
El sueño, potencia cósmica y humana, asiste de continuo a la poesía de Lorca sin convertirla por ello en lo que se llama poesía onírica. Como el amor, que nunca le abandona, no la convierte en poesía erótica.

Muerte, amor y sueño, gracias al redescubrimiento del sueño y del soñar, encontraron en el movimiento surrealista espacio y libertad consiguiente. Y algún tiempo, no todas las dimensiones del tiempo que este poetizar necesitaba. Y menos aún en el tiempo que mide, avaro siempre, y más en ciertas ocasiones, cuando la libertad inocente renace. Más por una feliz conjunción, y no por azar, poetas como Aleixandre, como Alberti, además de Federico, ofrecieron la originalidad propia y el renacer de la Poesía en lengua española.

La conciencia de aquella hora necesitaba sin más demora la libertad para el conocimiento del sueño y del soñar. Vivificando la razón había de haber sido. Mas no se logró en la medida en que lo requerían las históricas pesadillas que la «razón poética» no pudo deshacer. La poesía de aquella hora, a su vez, andaba necesitada de que el campo del sueño se le abriera, y no como extensión a conquistar, sino como un lugar de germinación de la vida que pide manifestarse; ser mirada, darse a conocer desde la oscuridad del sentir. O como el océano del que desbordan seres a medias nacidos, razones sumergidas que no pueden esperar más. Y sentires que piden salir del mutismo a que fueron relegados.

Y el soñar mismo, nunca reconocido debidamente en el pensamiento occidental, potencia del alma nunca admitida junto a las tres tan exaltadas (memoria, entendimiento y voluntad), reclama su puesto. Desde la psicología, con ambigua genialidad, Freud llegó a dárselo, pero omitiendo el alma, que Jung luego irá recuperando hasta tocar sus raíces y, en ellas, la de la historia no abolida, más allá de la memoria consciente. La poesía, por su parte, fue encontrando el cauce de esta potencia del soñar y, con él, su fluir, por haberle dado al sueño su tiempo propio. La oscura, quieta atemporalidad, se convierte entonces en manantial, mientras que la rigidez del sueño se convierte en forma pura: esa forma que libera, sin derramarla, la sangre.

El sueño forma de la sangre libertad del puro aliento, asiste ostensiblemente a la poesía de Federico García Lorca, desde el comienzo hasta el final. Y aparece libre de esa falsa contraria a la castidad que es el añadido de la imaginación que deteriora tanto la poesía del llamado «modernismo», donde llegó a ser casi un credo.

Más si el sueño, potencia del alma, rescata el cuerpo en un latir recóndito —incluido naturalmente el llamado sexo—, el rescatar llega a cumplirse solamente si al ser humano no se le extrae de su habitación inmediata, la tierra. Y desde esa su habitación, la inmensa causa: el Cosmo todo, visible e invisible, más sensible siempre de alguna manera. La poesía de García Lorca revela casi siempre esta habitación inmediata terrestre. Y, en lugares privilegiados, la dimensión cósmica de lo humano. Sin tiranismo alguno, la poesía de Lorca hace sentir hasta sensorialmente el más allá de la tierra sin dejarla abandonada, y la pulsión del universo, la vida de los astros, entre lo que él, Federico, se diría que ha viajado algunas veces y que los oye remota e inmediatamente. Y un olor que se añade sin mezclarse a los aromas terrestres. En Poeta en Nueva York, es donde se me figura que se ofrece más a la vista y a los sentidos todos y al pensamiento, empapado así de sentires y entre «noticias» no siempre descifrables, el viaje suyo en su mayor plenitud: el recorrido de su «sueño creador».

(…)
La poesía y el sueño creador se identifican como lugares donde el sentido se manifiesta, el antes y el después no rigen enteramente. Lo que cuenta, como aquí es el centro, «la oscuridad raíz del grito» o del llanto. Y de la que le han cerrado la puerta, más que de su vida, de su ser, ese ser que en él ardía, más de lo que suele aún en los poetas, por consumirse dándose a ese ser que ansía, que exige, convertirse todo, dándose múltiples maneras dependientes todas ellas del ser, más que la inmediata vida, del ser que, dándose, da su vida y da vida, del ser vivificante.

Y como la poesía de Lorca lo conseguía prodigiosamente, se explica su poder imponerse inmediatamente, en virtud de tal función —sangre-vino del dios inmediato— y ese lamento de fuego que se extiende y renace de continuo. Mas ¿quién le cerraba la puerta? La muerte, y más que la muerte los muertos, según se sigue dentro de este mismo núcleo poético, de este absoluto que genera su propio espacio. Pues que es imperiosa necesidad de esto aquello que se le da ver un espacio, un lugar donde, aunque sea mínimamente, desplegarse: «me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos / que juegan al tiro al blanco y otro grupo de muertos / que busca por la cocina las cáscaras de melón». Estos grupos de muertos están en íntima conexión de sentido con la puerta que le han cerrado. ¿Quién? ¿La muerte, la muerte misma?, tornamos a preguntarnos. Mas es cierto, que ellos, los muertos, están allí como sus ejecutores o delegados más o menos inconscientes de alguien o algo que no se da a ver, que se destapa en oscura madriguera fortificada. Un lugar oscuro es este que la revelación poética no llega a esclarecer, un algo inexplicable, pero que el símbolo sacro de la Puerta mide y califica. Y así salta a la vista la banalidad del grupo de muertos que se emplea en el señoritil juego de tiro al blanco, preparatorio del juego —juego sigue siendo— en que por lo regular se mata a las palomas o a sus crías. Y, mientras tanto, el otro grupo de muertos busca por la cocina las cáscaras de melón, de la fruta dorada que ha sido devorada ya y de la que sólo queda la resbaladiza envoltura, el desecho. Muertos sórdidos por sordidez, y que en ella se deleitan como haciendo tiempo para una intervención asignada por los primeros, los entretenidos en ejercitarse en el tiro al blanco que suele darse contra las palomas doradas y blancas, precisamente. Y juntos todos ellos responder ciega, mecánicamente, cuando los llames, y cumplir la orden de un anónimo poder que detrás de los muertos se esconde y que no es propiamente la muerte, ella misma, la muerte esa verdadera, que antes que quitar la vida, ofrece su inmensidad, la muerte que abre el ser que quedaría prisionero de la vida ya cumplida, la muerte en que se cumple la entrega indescifrable, mas que hace sentir la suprema libertad del horizonte visible.


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