Taller | Literario «Expresar un mundo propio siempre es arduo» con Gabriel Jiménez Emánconsigo

Gabriel Jiménez Emánconsigo

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El propósito de escribir
Son fundamentalmente tres propósitos: expresarse, llegar a un lector y lograr la perennidad. Lo que se escribe debería ser sustancial, un ejercicio espiritual, mental y humano profundo, una conversación consigo mismo y con la otredad, que al fin puede ser con un lector conocido (un amigo, una mujer, un familiar) u otro escritor a quien se admira hasta el frenesí.

Expresar para tocar la inteligencia y la sensibilidad de quien lee. La perennidad ya no depende de uno si no de la tradición, de la historia literaria que consignan la crítica y la interpretación en cualquiera de sus formas, ya sea periodística, académica o promovida por lectores que se acercan a la obra de manera espontánea. Ahora bien, tú puedes proponerte algo con una obra, pero la obra siempre consigue ponerse más allá de tus intenciones iniciales, porque la obra siempre supera al escritor, y eso es lo extraordinario.

La voz propia, el «demonio» y la originalidad
Proponerse de antemano ser original como mero ejercicio intelectual puede ser algo muy artificioso, innatural. Hay escritores que logran esto desnudándose como seres humanos ante sí mismos y ante los otros, siendo honestos consigo mismos, observando cuanto les rodea o arrojando una sonda hacia la propia memoria sensible, la infancia, el pasado, el amor, la amistad, la familia, y de ahí puede surgir algo hermoso, cristalino, pero también tortuoso, terrible u oscuro, lo cual también es válido. El lenguaje ofrece en este caso una resistencia impresionante que, si no se cuida, puede ser muy destructiva para el escritor. Conseguir expresar un mundo propio siempre es arduo, pues el lenguaje debe dar la medida exacta de ese mundo, creando una utopía del lenguaje. En cuanto al «demonio» creo que éste en el fondo es el alter ego del escritor, su personaje profundo, su psiquismo oculto, el depositario de la memoria de cada escritor, que se ha acumulado con la tradición, y aflora con sus crisis y espasmos existenciales.

Método personal de escritura
No poseo ningún método. Escribo mucho en la cama y en la hamaca, y a veces en plazas y parques de un modo aleatorio; hasta en esperas de clínicas y en las colas en taquilla de bancos, para no aburrirme. A menudo me dejo llevar por una imagen o un grupo de imágenes que se conectan, y desde ellas voy construyendo un determinado mundo o espacio sensible. Puede ser una imagen memoriosa u otra que se proyecta hacia el futuro, y entonces el presente se vuelve algo muy ambiguo, como si estuviera fluyendo hacia atrás o hacia adelante al mismo tiempo, y eso lo debe atrapar entonces el lenguaje. Recordemos que el lenguaje es siempre un instrumento, no un fin. El libro, la obra impresa como tal, es engañosa: se mueve en distintas direcciones y espacios, incluso se transforma con el tiempo. A menudo recomiendo escribir sin pensar, quiero decir sin pensar demasiado en la perfectibilidad formal o técnica del lenguaje, es preferible derramarse en la página y después el final podar, corregir, no a objeto de lograr algo perfecto, sino de algo que «parezca» espontáneo después de haberlo sometido a varias purgas de lenguaje.

Relación ideal con el lector
En principio, creo que el lector ideal es una quimera, pues el lector es siempre más astuto e inteligente que el escritor, pues no cae fácilmente en las trampas que pretende ponerle el escritor. Por ello es válido concebir una obra como si la escribieras para ti mismo, como si tú fueras el destinatario final, cuestión que a primera vista parecería absurda, pero posee un sentido. Por eso una relación ideal con el lector no existe, no es posible; la relación con el lector es siempre problemática, contradictoria, y esa problematicidad es justamente la que vale la pena, la que otorga sentido a la obra, puesto que el ser humano es esencialmente problemático, se define justo por ello, por su dificultad y su complejidad.

Mito y verdad de la inspiración
«La inspiración es trabajar a diario», escribió Baudelaire. Es un tema apasionante, el tema de la dedicación exclusiva a la obra como una suerte de obsesión, como disciplina total, lo cual debería dar como resultado una obra compacta, significativa. Pero una obra pensada y deliberada como algo trascendente o inmortal comporta una pedantería absoluta. A menudo quienes logran esto, que su obra trascienda, son precisamente los que no se lo proponen, aquellos que escribieron justamente por una necesidad interior, o para dejar un mensaje humano, religioso, social o el testimonio de una época. De modo que me inclino más por la inspiración, por la corazonada o la intuición -como hacían los antiguos gnósticos- que por el cerebro o la razón. Creo que los grandes poetas no se han propuesto serlo, ni los grandes novelistas, creo que ellos se han convertido en clásicos a pesar de ellos mismos; mientras que hay otros escritores que nos son impuestos por editoriales o por medios y al poco tiempo nadie los recuerda.

Lecturas íntimas y angustia de las influencias
Creo que es relativamente cierto lo que dice Harold Bloom acerca del asunto de las influencias, que hay escritores «fuertes» que no admiten sus influencias directas, si no que las ocultan precisamente porque no quieren que se descubra su origen, su «secreto». A menudo son los escritores considerados «menores», -que preferiría llamar «discretos»- quienes tienen una mayor influencia en nosotros, pero a la hora de contestar una pregunta acerca de influencias en su obra apelan a grandes nombres de clásicos justo para no admitir sus verdaderas influencias, y esto a la postre crea una especie de síndrome de angustia. La verdad esa es una idea muy provocativa y encantadora de Bloom, que hay que tomar en cuenta.

Arte de titular
Los títulos son difíciles porque son casi siempre ejercicios de síntesis. Deben concentrar en el menor número de palabras ideas grandes y acciones amplias, universos complejos. Pero al mismo tiempo deben jugar, mostrar inteligencia o belleza, algo que permanezca en la memoria, que se diferencie de otro título, que no repita lo existente. No creo que llegue a ser un arte, pero sí al menos revele capacidad de sugerencia, de evocación o sutileza. Está por ejemplo un titulo de Borges como Ficciones, que parece simple, elemental, pero a nadie más se le va a ocurrir colocarle a un libro de cuentos un título como ése. A veces nos encontramos con títulos magníficos, mejores que el libro. Hallar la correspondencia justa entre título y contenido es lo difícil. Aunque la poesía es casi siempre lo más difícil de titular, porque la poesía necesita siempre reinventarse, conseguir un efecto de impacto en el lector, una condensación sublime.

Citas y epígrafes
Hay que tener mucho cuidado con las citas, sobre todo en el ensayo y el estudio. Si llenas de citas un ensayo ya no será ensayo; y cuídate de llenar de demasiadas citas un estudio, pues éste ya no será tuyo si no de los autores que citas, y tus ideas serán reemplazadas por aquellas: los ensayos hay que pensarlos y luego escribirlos con cuidado, sin alardes pedantería cultista, no armarlos como si fuesen rompecabezas. Armar ahora una tesis de grado es relativamente fácil con el método del corta y pega que proporciona la computadora, con lo cual puedes armar una tesis de 500 páginas en un mes. También los epígrafes pueden convertirse en un acto de pedantería intelectual.

Personalmente no utilizó epígrafes, aunque en un libro suelen ser muy sugestivos o elegantes; a menudo concentran sentidos ocultos o paralelos para una obra. La otra vez hojeaba un libro de poesía que tenía más epígrafes interesantes que poemas logrados, y esto se ve raro.

Crítica y autocrítica
Creo que éste es un aspecto crucial de este asunto, el del ejercicio de la crítica en el momento de leer o escribir algo. Cuando se lee un libro de ensayos, una obra filosófica o de ideas, la conciencia crítica aparece, digamos, en estado puro, dado que el autor del libro es a su vez un crítico y el lector otro, ejercen ambos un acto que pudiera llamarse de meta-crítica, donde el lector está de acuerdo con esto y con esto otro no, y así. En cambio cuando lees unos poemas o cuentos es diferente porque no estás leyendo un relato de ideas sino un mundo literario, un universo poético, teatral o de ficción narrativa, y entonces es si el libro «te gusta» o no, el asunto es si te conmueve, te llega o aburre, pues te está transmitiendo vida, sentimientos o pasiones a través de personajes o metáforas, de vidas de ficción que deben parecerse a las vivas, cosa todavía más difícil, y esto es maravilloso porque en este caso la literatura reemplaza a la realidad o la complementa, la hace más rica. Y entonces vemos que, en el fondo, este carácter eminentemente creativo de la literatura se convierte también en un ejercicio de la imaginación sensible, de maravilla palpable, aunque nada de esto descarte que se esté ejerciendo en ese instante un acto crítico de lectura de determinada realidad.

El concurso literario
Este es un tema delicado porque es un tema que atañe directamente a la autoestima del autor, sobre todo a un reconocimiento«social» que a la postre se vuelve emblemático, y entonces el premio se convierte en un fin, en un objetivo que cumple el ciclo edición-medio-academia-dinero-publicidad-prestigio-fama, o algo parecido. Es decir el premio se convierte en algo más importante que la obra e incluso en algo más importante que el autor, porque se institucionaliza y eso es grave, pues cuando la literatura se vuelve institucional se agota, se muere. Por eso Sartre rechazó el Premio Nobel de Literatura alegando que la obra de un escritor no requiere de instituciones para validarse, sino que la relación de la obra con el escritor debe ser directa, sin que medie ninguna empresa o institución en esta relación. Por eso el Premio Nobel es ahora una institución muy desgastada, al punto de que a muchos de los premiados han decidido retirarles el premio debido a determinadas posturas ideológicas o políticas, y vemos cómo en el Premio intervienen elementos extraliterarios y se le maneja a veces con criterios interesados de promoción política que son lamentables.

Gabriel Jiménez Emán

Caracas, 1950
Narrador, poeta y ensayista. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Es autor de varios libros de cuento entre los que mencionamos Biografías grotescas (1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (2002), El hombre de los pies perdidos (2005) La taberna de Vermeer y otras ficciones (2005). Es autor de las novelas: La isla del otro (1979), Una fiesta memorable (1991), Mercurial (1994), Sueños y guerras del Mariscal (2001) y Paisaje con ángel caído (2004) y Averno (2006). Como poeta es autor de los libros Materias de sombra (1983), Narración del doble (1978), Baladas profanas (1993) y Proso estos versos (1998), Historias de Nairama (2007)

Cuentos mínimos de Gabriel Jiménez Emán

Archivo de olvidos

A todos nos llegará el tiempo de la memoria, y cuando le llegue a Ernesto va a ser muy difícil para él.

Vive recordando que tiene que olvidar su pasado, y no piensa en el futuro porque le asusta la idea de olvidar los recuerdos que le deja el presente, su terrible presente, su archivo de olvidos.

Por eso, cuando llegue el tiempo de la memoria, Ernesto va a verse en el enigma de recordar lo que siempre ha tenido que olvidar.

Los dientes de Raquel

Raquel mordió una manzana y todos sus dientes quedaron en ella. Fue a su casa con la boca sangrando a avisarle a su mamá. La mamá vino corriendo asustada a buscar los dientes de Raquel, y cuando llegó, los dientes se habían comido la manzana.

La mamá quiso recogerlos, pero los dientes se levantaron y se comieron a Raquel y la mamá.

Después, los dientes volvieron a la boca de Raquel, quien muy hambrienta corrió a pedirle a su mamá que le comprara una manzana.

La brevedad

Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.
La prueba irrefutable

Hoy soñé que había muerto. Esa es la prueba irrefutable que dejo a los demás acerca de mi seguro paso por la tierra.

El laberinto

Al salir del primer tramo del laberinto, al hombre le esperaba lo más difícil en el segundo tramo: entrar a sí mismo.

El método deductivo

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante.

Hasta el infinito

Aquel señor pensaba tanto en el infinito, que una tarde se quedó dormido y desapareció.

Un pez arrepentido

Frank Tor lloró tanto que se convirtió en pez. Después se arrepintió tanto de haber llorado, que odió ser pez (sus lágrimas no tienen valor en las profundidades del mar), y así, de tanto llorar de ser pez, Frank Tor es hoy el único hombre-pez que existe y se cree que jamás podrá ser encontrado para preguntarle porqué ha llorado tanto.


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