Taller Literario con Pablo Montoya: «Se aprende a escribir leyendo»

  Qué propósito tiene escribir Hay quienes escriben para alabar al poder, y otros para denunciarlo. Hay unos que piensan que se escribe...

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Qué propósito tiene escribir

Hay quienes escriben para alabar al poder, y otros para denunciarlo. Hay unos que piensan que se escribe por compromiso social o político o económico o afectivo. Y otros, por mero ocio, diversión y pasar el tiempo. Yo escribo porque no conozco otro oficio en el que me sienta mejor dispuesto. Pero esta disposición no es sinónimo de comodidad y bienestar. Al contrario, mi disposición está llena de tropiezos y falencias. Escribo para definirme en ellas y acaso superarlas. Prueba temeraria esta de escribir en la que se cree decaer y volver a la lucha con fuerzas reavivadas. A veces concluyo que por formar parte de la humanidad y estar en medio de una época tan turbia, como es la nuestra, escribo por desesperación y, a la vez, por búsqueda de consuelo. Para agarrarme a esa rama asomada al precipicio. Y me aferro a ella, es decir, a la escritura, con obcecación. Lo cual no significa que esté salvado del vacío.

El demonio que llamamos «voz propia»

Ella brota de una continua y apasionada búsqueda estilística. Y hay grandes voces con estilos literarios más o menos burdos, pero con unas pesquisas tan intensas y arriesgadas que aceptamos sin problema las asperezas de sus propuestas. Pensemos en Dostoievski, que no tuvo ni tiempo ni la tranquilidad para pulir sus relatos. Pero lo que se llama voz propia también es un acumulado de voces que vienen de atrás y configuran el hoy. Tener esa voz es poder condensar la vasta tradición que nos antecede, y hacer que se provoque el espejismo de la originalidad y la renovación. Porque la escritura literaria, en tanto que es arte y vida, es uno de sus más entrañables espejismos.

El método -personal- de escritura

Lo primero son las ganas perentorias de escribir. Luego poseer un espacio y un tiempo para hacerlo. Y cualquier espacio y tiempo son posibles. La obra literaria nace en la coordenada más hostil y en la más bondadosa. Entonces cuando el tema, los personajes, los puntos de vistas narrativos o poéticos y las tramas están más menos clarificados, y se han hecho las lecturas previas y las exploraciones y conversaciones debidas, entonces hay que ir a la escritura. Escribir en la mañana, en la tarde, en la noche. Tener el cuerpo, la mente y el espíritu en función de esta actividad. De tal forma que a pesar del orden y el rigor del trabajo que nos imponemos, es la obsesión la que, finalmente, modela la escritura.

La relación ideal autor-lector

Hay un momento en que todo depende del autor. Otro en que todo depende del lector. La confabulación de estas instancias es lo que suscita el fenómeno de la literatura. Autor y lector se buscan, se sueñan, se ansían. A veces se encuentran y se funden prodigiosamente. En otras ocasiones, el contacto es conflictivo. No creo que la mejor manera en que se abrazan los dos tenga que ver con el equilibrio y la armonía. También está la alternativa de la polémica y el distanciamiento.

La literatura no sólo es encantamiento y gratitud recíprocas. También es repulsión y ofensa. Y esta relación autor-lector es la ideal, porque es la más humana y la menos perfectible o, mejor dicho, la menos alcahueta. De esta tensión y distensión, por lo demás, brota la imprescindible crítica literaria.

Mito y verdad de la inspiración

Hay instantes en que estamos como estremecidos por una fuerza maravillosa, tanto física como mental y espiritualmente. En mi caso, esos momentos de clarividencia y entusiasmo me llegan con una conversación, con una lectura, con la visión de un cuadro o un paisaje, cuando me tomo un café o una copa de vino, o en medio de mis terapias ancestrales.

Surge entonces una frase, una escena, un orden de cosas que ayuda a que se configure mejor el proyecto literario. Estos instantes, precisémoslo, son de índole epifánica. Pero lo que sucede siempre es que se batalla con las palabras, con el texto, con su forma y su contenido. Se va y se viene entre la contrariedad y la precariedad de la escritura.

Es como si uno llegara a un sitio donde nadie es amable, donde la atmósfera es pesada y, debido a que algo muy profundo nos dice que ese y no otro es nuestro lugar, nos empecináramos en forjarnos un rincón grato.

Lecturas íntimas y la angustia de las influencias

Hay autores sobre los que vuelvo siempre (Sófocles, Séneca, Montaigne, Melville, Flaubert, Tolstoi, Kafka). Y creo que en toda escritura estos autores preferidos aparecen aquí y allá. En mi caso, he tenido períodos de influencias. Unos primeros libros permeados por Carpentier y Cortázar porque lo mío era escribir sobre música y esos dos escritores son unos verdaderos maestros en tales lides. Luego aparecieron Borges, Paz, Yourcenar, Camus. La novela que acabo de terminar, que es una novela de formación, tiene como principal referente a Thomas Mann. Siempre seremos discípulos de los escritores que queremos y admiramos. Así como alguna vez alguien nos considerará, quizás, como parte de sus maestros.

El arte de titular

Libros magníficos con títulos desafortunados. O lo contrario, títulos pomposos para textos mediocres. Hay libros que nacen con un título inmediato. Pero cuando no aparece el fulgor del título, es mejor dejarlo para el final. Quizás con la decantación del texto, el título emerja como un milagro. Y cuántos títulos artificiales hechos para atraer la atención del comprador. Muchos editores, en este sentido, lo que hacen, para originar más ventas, es dar estocadas mortales con títulos de farándula.

Dirán los publicistas que un título debe llamar la atención del lector, pero aquel simplemente tiene que estar en consonancia con el libro que acompaña, y no con factores económicos.

Citas y epígrafes

Nada hay más arrogante que leer un libro atiborrado de citas y epígrafes. Es como si el autor le estuviera gritando al lector que sabe más que él. Es cierto que el autor, por lo general, sabe más que el lector en lo que tiene que ver con el tema que trata en su libro, pero no hay que decírselo a grandes voces. Se debe tener cuidado entonces con la información que utilizamos en la escritura. No hay que desconfiar de la fina erudición, pero sí del pedante enciclopedismo.

Crítica y autocrítica

La humildad en el aprendizaje literario es esencial. Cuando se es humilde las críticas, así sean copiosas y devastadoras, son bien recibidas Porque si hay algo de lo que debe desconfiar el escritor es de sus supuestas virtudes, su magnanimidad y su grandeza. Pero, así como debemos recibir las críticas de afuera con serenidad, también debemos ser contundentes con las que surgen de nosotros. Ejercer la crítica literaria, decía Baldomero Sanín Cano, es el arte sutil de hacerse enemigos. Esto no debería suceder, pero los ámbitos literarios, en todas partes, están surcados de engreídos y energúmenos, de narcisos y lambones. Esto último puede ser una desgracia para algunos. Para otros es un atractivo material para seguir escribiendo.

El concurso literario

Los concursos son un motor ineludible para el movimiento de la literatura de nuestros tiempos. Ganarse uno o varios equivale a tener un pase especial. Señalan el reconocimiento y definen una cierta notoriedad. Antes se era nadie y con un premio se es alguien. Pero en la milenaria historia de la literatura, los concursos, tal como los entendemos ahora, son algo reciente. Los autores del pasado no estuvieron tan moldeados por los concursos. Escribieron sin pensar en el bullicio que genera ganar un dinero, un diploma o una medalla. Ahora bien, muchos de los concursos, y en especial los más comerciales, están manipulados por intereses mafiosos. Y, por lo general, los atributos de calidad literaria no es lo que se premia. En todo caso, ganarse un concurso depende del azar y de algo tan inesperado como es el gusto de los jurados. Fui asiduo de los concursos durante años y solo gané uno que otro de índole regional. Cuando me entró un enorme cansancio, decidí no ocuparme más de ellos. Entonces me llegaron tres prestigiosos premios internacionales. Y fueron concursos a los que ni siquiera yo mismo envié mis trabajos. Ironías de la vida, dicen aquí. De buenas, dicen acá. Justicia literaria, consideran allá.

Enseñar a escribir literatura o la quimera del taller

Se aprende a escribir leyendo. Se aprende a escribir leyendo. Se aprende a escribir leyendo. No me cansaré de decirlo. Yo frecuenté algunos talleres y no aprendí mayor cosa. A los grandes autores los descubrí leyéndolos y hablando con amigos que no pertenecieron a ningún taller. Empero, sé que los talleres son importantes. Son como atajos. A veces, los talleristas dicen qué debes leer y qué no, y aciertan. A veces, ante lo que se escribe en los talleres, se aprende a identificar lo pernicioso para la literatura. Con los talleres, por otra parte, se presenta algo que me parece esperanzador en nuestros tiempos: aumentan los espacios de la lectura y la escritura. Se acrecienta el poder de la literatura, es decir, nos afincamos en la rebeldía, en la autonomía y la libertad Y eso es bueno, sobre todo para nuestros países latinoamericanos aplastados, desde la conquista hasta nuestros días, por el poder de las instituciones políticas, militares y religiosas. Platón expulsó a los poetas de su República porque les parecía embusteros e irracionales. Pero una República sin ellos sería un espacio opaco. Además, no olvidemos que la pretensión de Platón era amangualarse con el tirano de turno.

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Decálogo del escritor

1. Que el pilar de tu escritura sea la poesía. Una literatura ajena a ella es algo enjuto, ceniciento, propicio al gusto trivial de las masas.

2. Escribe para ti mismo. O hazlo considerando a los tuyos. Sean estos esos pocos que te acompañan, o los lectores desconocidos que se perfilan en el porvenir. Escribe buscando sus corazones. Incluso, sus inteligencias. Pero jamás vayas en pos de sus bolsillos.

3. Recuerda que al escribir habitas el espacio de la marginalidad. Así los poderosos te elogien, los periódicos y revistas te entrevisten, des conferencias en lugares venerables y ganes importantes premios. Cuando te dispones a escribir recuerda que eres el periférico. Esa dura y renovada continuación del maldito.

4. Escribir no es más que ejercer la disidencia. Y sentir que, al hacerlo, el fuego de la rebeldía te sostiene insuflando tu palabra.

5. Tu compromiso, como escritor, más que con la gente que te rodea, más que con tu tiempo y sus diversas proclamas, es con la exigencia de escribir bien. Es casi imposible lograrlo, por supuesto. Pero esa prueba de todos los días es el motor que debe lanzarte a la escritura. Por ello, si tus textos son rechazados, aquí o allá, por un motivo u otro, no desfallezcas que reveses así son cruciales para tu aprendizaje.

6. Los premios y los reconocimientos, los agentes con sus contratos y traducciones, los editores y sus recomendaciones, forman parte del engranaje de la literatura actual. Pero lo mejor es escribir sin pensar en ellos. Que el único radar que te oriente sea el de tus obsesiones, modeladas con el rigor de la disciplina. Ahora bien, si ellos te buscan o se preocupan por lo que escribes, y no se entrometen demasiado en tu proceso creativo, entonces atiéndelos cordialmente.

7. Escribir sobre el pasado no es una moda. Es una inquietud lógica de los procesos creativos. El ser humano está forjado, en gran medida, de lo que le ha sucedido a su especie. El ayer es enorme y posee al menos la certeza de lo ya ocurrido, si se compara con el hoy fugitivo y el mañana ignoto. Pero cuando confrontes ese pedazo inasible de tiempo ido, no lo reproduzcas como si fueras un arqueólogo o un historiador o un periodista. Imagínalo y reinvéntalo como un poeta.

8. Piensa que al escribir eres un artista. Por lo tanto, no ignores que lo tuyo está enraizado en el arduo conocimiento de las técnicas formales. En eso te pareces al más humilde y anónimo y persistente alfarero. Sin embargo, recuerda que el objetivo de toda literatura genuina está por encima de la utilería del oficio. Lo suyo es alcanzar y poseer la belleza. Si tú, al menos, la rozas con tu escritura, tu esfuerzo estará justificado.

9. Para escribir hay que leer. Sé curioso y hospitalario con las nuevas voces. La historia de la literatura tiene en ellas la clave de su continuidad. Pero lo fundamental es releer. Vuelve siempre a los clásicos. Muchas generaciones de lectores los validan ante el imparable paso de los años. Con ellos se aprenden esas cosas esenciales que las frivolidades del ahora apenas logran intuir. Además, si pretendes innovar, tu deber es conocer la tradición.

10. Escribe, si quieres, traspasado por ese rayo magnífico llamado inspiración. Sigue, si lo deseas, las órdenes del vértigo de hogaño. Pero no olvides que escribir es corregir. Y para ello tendrás que sosegarte, y ser amigo no de la liebre, sino de la tortuga.

Pablo Montoya 

(Colombia, 1963). Escritor y profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. Ha publicado más de veinte libros en los géneros de poesía, novela, cuento y ensayo. Con Tríptico de la infamia ganó el Premio Internacional de novela Rómulo Gallegos de Venezuela (2015) y el Premio de narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas de Cuba (2017). En 2016 obtuvo, por el conjunto de su obra, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso de Chile. Desde 2016 es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.


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