Taller Literario con Sol Linares: «Que nuestra escritura no sea complaciente»

Bordar el oficio de narrar desde nuestras propias murallas tiene cabida si partimos del principio de Saint-Exupéry, ése que dice que «cada estrella...

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Bordar el oficio de narrar desde nuestras propias murallas tiene cabida si partimos del principio de Saint-Exupéry, ése que dice que «cada estrella fija una dirección verdadera». La mía tiene la marca de una obsesión que puede resultar o no, provechosa a quienes deseen emprender el oficio de la escritura. Se llama lector. La cosa nostra. Esa figura promueve mi laboratorio de seducción (usted y yo sabemos que escribir es seducir, persuadir, conquistar). Incapaz de decir para quién escribo, al menos sé que no escribo para los inocentes, lo cual hace todavía más emocionante la conquista de un lector y toda maniobra futura. Si nota en estas fórmulas personales una tendencia medio esquizoide, créame que no podré contradecirlo:

1. Elija un lector imaginario. Hace años me inventé uno; inteligente, risueño, polifacético, pero con muy poco tiempo para leer, cosa que me obliga a luchar por cada minuto de su atención. El cuento, por ejemplo, representa la oportunidad de vencer momentáneamente la psicología de un lector que adquiere un libro justamente esperando que eso ocurra: que usted venza una sutil resistencia. Invéntese un «lector» que le genere niveles de exigencia y le ayuden a superar sus propios límites.

2. No subestime al lector. Esto es, no le ahorre sufrimientos, ni verdades, ni experiencias. ¡Mucho menos caiga en la tentación de escribir fácil para que lo entiendan! Si partimos del error de que el lector es ignorante, prejuicioso y básico, nuestro trabajo literario perderá todo ímpetu. Que nuestra escritura no sea complaciente, ni cobarde, ni cómoda, ni siquiera moralmente hablando. Escribir es un asunto de valentía y honestidad. El lector agradece cuando usted tiene la valentía de decir las cosas justamente como son. En literatura, como en la vida, escribir con miedo y sin convicción desencadena una terrible infelicidad.

3. Ignorante como soy, y autodidacta, juro que la imaginación es todo cuanto tengo. Imaginaci∫ón e intuición. Es necesario concederse la libertad de imaginar lo imposible; cada cosa imaginada nace a su vez con una forma muy particular de ser expresada.

4. El absurdo no merece ser justificado, o argumentado. Si ya la realidad tiene el defecto de estar fundada sobre soberanos absurdos que nadie se explica, el terreno de la ficción lo necesita todavía menos.

5. Evite abordar la descripción de un personaje, objeto u evento con una mirada cansada. Describir por describir entumece características realmente vivificantes que pueden estar esperándonos agazapadas en las cosas. En verdad, encuentro belleza en este recurso si uno se va a la caza de nuevas cualidades, pequeñitas pero significativas. Una narrativa viva compone diversos sustratos, informaciones sutiles y poderosas. Salir de ese estado de confort donde todo parece lo es, practicar una mirada inconforme, nos evita describir lo obvio y nos obliga a penetrar en las zonas marginadas por la luz.

6.La extensión de un cuento, o de una novela, debe ser equivalente a su latido. En otras palabras, la largueza o brevedad trabajan en función de conseguir un efecto concreto. Si se nos ocurre ser olímpicos y nos salimos de sus límites, corremos el riesgo de echar por la borda el milagro del misterio y perder la atención de un lector que, seguramente, tiene mejores cosas qué hacer.

7. Forzar una historia a contarse de una manera que no está dentro de su lógica, suele llevar a cometer toda una cadena de tristes equivocaciones. Déjese guiar por su intuición. Recuerde que una historia puede tener infinidad de abordajes. Pero sólo una es la más efectiva. Confíe en la historia, en la forma en que se ha estado organizando sin que usted tenga demasiada consciencia. Verá que la historia en sí misma posee adentro el germen de todo; la estructura, el ritmo, la tensión que la favorece, el tratamiento del tiempo interior, etc. Todo está adentro, como el árbol en la semilla.

8. Todo buen cuento proporciona una experiencia emotiva poderosa. Sea erudito o no su tratamiento, el cuento debería tener un destino sencillo: emocionarnos.

9. La narrativa funciona secretamente con el oído. Y aquí llegamos al reino del ritmo y los tonos. El oído buscará la forma de organizar todo el material de lo narrado y detectará todo lo que obstaculice su fluidez. Por eso muchas historias atascadas nos hacen chasquear los dedos y decir: «esto no me suena». «No me suena» muchas veces significa «no encuentro el tono», lo cual en el peor de los casos nos indica que «no está siendo efectivo».Es posible que el tono sea tan importante, que determina desde qué lugar será narrada una historia, o viceversa.

Contar desde el yo, por ejemplo, desencadena un ritmo, una armonía, y un tono, que lo distingue de las demás voces narrativas. Sin saberlo, el narrador es en cierta medida una suerte de músico, porque cada palabra escrita es la traducción material de un sonido.

La elección de una palabra combinada con otra produce una sonoridad muy particular. Esa sonoridad pertenece a la naturaleza del escritor, a su forma de agruparlas, pausarlas, destacarlas. Usted se preguntará: ¿Y qué relación guarda el sonido con un planteamiento, un personaje, una emoción, una trama? Pues bien, una palabra tiene qué ver con otra, en la misma medida en que se comunican Do con Re, o Mi con Fa, ¡la combinación infinita de estas ocho notas musicales producen toda clase de armonías! El alfabeto es una maravillosa escala musical, y los lenguajes del mundo, asombrosas orquestas. No es poca cosa.

Se me ha ocurrido pensar que el estilo de un escritor, eso que solemos llamar «la voz de alguien» (vemos cómo, una vez más, está relacionado al oído) es, nada más y nada menos, que esa forma particular en que suena su literatura. Visto así, el estilo resulta de esa especial elección de sonidos que destacan lo contado. Así como podemos diferenciar la música de Mozart de la de Vivaldi, por decir, también podemos diferenciar el estilo de Cortázar del de Hemingway. En cualquier caso, lo mismo que la música se comunica con nuestras emociones, también lo hace el estilo de un autor; nos conmueve, nos exalta, nos abstrae. ¿A quién no ha hecho llorar de emoción, por ejemplo, la composición musical de Gabriel García Márquez, Clarice Lispector, o Galeano, sin que sepamos por qué, exactamente, estamos vibrando tan alto?

10. ¡Contenga la urgencia de publicar un libro apenas lo termine! La corrección puede llegar a ser incluso más apasionante que su arquitectura, porque parte de una nueva libertad: la del texto terminado. Hágalo exhaustivamente, con agudeza y paciente severidad. Luego de su corrección, viene la de un tercero. Procure que se trate de un lector nada considerado. Después de todo, con los libros ocurre lo que en las relaciones amorosas: se termina muchas veces antes de terminarse realmente.


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